
Visibilizar lo visible: el reconocimiento afrodescendiente en Morelos
Roberto Rodríguez Soriano *
El pasado 27 de enero se conmemoró en Morelos el “Día Estatal de las Personas Afromexicanas”, instituido oficialmente el año pasado por decreto del Congreso del Estado. En este marco, las autoridades firmaron en Yautepec un decálogo para reconocer y visibilizar a las comunidades afromexicanas del estado. Este acto, presentado como un avance, merece una lectura atenta y crítica ya que encierra una paradoja que suele pasar desapercibida.
Hablar de “visibilización” supone que los pueblos afromexicanos han permanecido ocultos o ausentes del espacio social. Sin embargo, como advirtió Frantz Fanon, los cuerpos racializados nunca han sido invisibles. Por el contrario, han estado históricamente expuestos: su piel y su fisionomía fueron construidas como marcas indelebles, utilizadas para señalar, clasificar y subordinar. El colonialismo occidental consolidó estas marcas dentro de un sistema de supremacía racial que continúa atravesando nuestras sociedades. De ahí la pregunta inevitable: ¿qué significa que el Estado busque visibilizar aquello que siempre ha estado visible?
La paradoja no es menor. El problema no ha sido la falta de mirada, sino el tipo de mirada que se ha impuesto. No se trata de hacer visible un cuerpo, sino de reconocer una historia sistemáticamente silenciada. Nombrar una identidad resulta insuficiente si no se transforman, al mismo tiempo, las condiciones materiales y simbólicas que sostienen la marginación. Esta tensión entre visibilización y reconocimiento revela los límites de los gestos institucionales que se presentan como avances. Conviene subrayarlo: la crítica aquí no se dirige a la población afromexicana ni a su legítimo derecho al reconocimiento, sino a la forma en que ciertas políticas de reconocimiento estatal reproducen, bajo nuevas retóricas, estructuras históricas de subordinación.
El proyecto de nación mexicano se ha construido históricamente en torno a la blanquitud: un sistema ideológico que jerarquiza lo occidental como superior y simboliza esa supremacía en la tez clara. Esta lógica ha borrado sistemáticamente la presencia negra, reemplazándola por un relato de mestizaje que favorece el blanqueamiento y la homogeneización racial. En este contexto, los gestos de reconocimiento institucional, aunque relevantes en el plano discursivo, resultan limitados frente a la profundidad de las desigualdades heredadas y del borramiento histórico de la negritud en México.

A ello se suma una pregunta crítica ineludible: ¿en qué medida el reconocimiento estatal, al definir y señalar quién es afrodescendiente o afromexicano, perpetúa la identificación somática que durante siglos ha servido para clasificar, jerarquizar y subordinar? La visibilización oficial no es un gesto neutral; puede reforzar la hipervisibilidad de los cuerpos racializados y, con ello, reproducir formas de violencia simbólica. La transformación real no pasa únicamente por el reconocimiento nominal, sino por la modificación profunda de las condiciones sociales, económicas y simbólicas que sostienen el racismo estructural.
En México, la inclusión de la categoría afromexicana en los registros oficiales es reciente. Hasta 2015, el INEGI no preguntaba por esta identidad; fue en la Encuesta Intercensal de ese año y luego en el Censo de Población y Vivienda 2020 cuando se contó formalmente a este grupo. El Censo 2020 registró alrededor del 2 % de la población nacional que se autoidentifica como afromexicana o afrodescendiente. En Morelos, se contabilizaron 38 331 personas, lo que representa 1.9 % de la población total, concentradas principalmente en Cuernavaca, Jiutepec, Cuautla y Yautepec. Estos datos confirman que la afrodescendencia existe y es cuantificable en términos oficiales, pero también evidencian que la visibilización estadística, por sí sola, no desmonta las lógicas históricas de exclusión ni los mecanismos simbólicos que han sostenido su borramiento.
* Doctor en Filosofía, posdoctorado UAEM


