MÉXICO EN LA ENCRUCIJADA

 

El mundo vive un momento de búsqueda y transición hacia formas aún no claras de hacer economía y de hacer política. Formas bajo las cuales se deben organizar las sociedades nacionales y la sociedad internacional, asumiendo que aún prevalece la idea de la paz y de la creación de bienestar colectivo como eje y razón de ser de estar en el mundo.

Sociedades intermedias y dependientes del exterior, más allá de lo deseable y necesario, como es el caso de México, están sumergidas en una doble problemática. Por una parte, son víctimas de un modelo de desarrollo económico y social impuesto, sobre todo después de la segunda guerra mundial (1939-1945), el cual no ha podido, ni podrá resolver a satisfacción necesidades sociales vitales como la salud, la alimentación, la vivienda, la educación, ni tampoco la seguridad humana en sus múltiples dimensiones.

Por otra parte, para agravar más su situación, esos países son víctimas de las indiscriminadas decisiones de política internacional del gobierno de Estados Unidos que hasta ahora ha sido el poder hegemónico con influencia en prácticamente todo el mundo, y especialmente en el hemisferio Occidental.

Resolver los retos y las incógnitas que configura este escenario no es una tarea fácil para esos países ahora sometidos a formas más sutiles de neocolonialismo que impiden ejercer su soberanía y su capacidad de autodeterminación.

¿Qué hacer entonces? ¿Qué salidas tienen las sociedades y sus gobiernos para sortear, al menos con dignidad, las circunstancias adversas de este momento de la historia? ¿Qué podemos hacer en México?

Todo empieza por tener la mayor conciencia posible de qué es lo que está pasando, y por qué está pasando. No me refiero a tratar de entender las causas y el papel de los actores de las noticias del día de ayer o de la semana anterior, sino de cómo a lo largo de la historia se conformó nuestro país, sobre todo, a partir de la conquista y la colonización española, y de todo lo que ha sucedido después. Sin ese conocimiento, no se puede entender a plenitud lo que pasó el día de ayer. Sin conocimiento de la historia no es posible el entendimiento de los fenómenos sociales, ni tampoco puede haber identidad colectiva, condición básica para construir un país. De aquí que hay que ser muy cautelosos con aquellos que nos invitan a ignorar la historia y a pensar sólo en términos del futuro colectivo, argumentando exclusivamente que debemos sumarnos a las tendencias y rutas de progreso y desarrollo definidas por los poderes fácticos mundiales.

La hoja de ruta de ordenamiento y conducción de México, en momentos como los actuales, debe tener claridad sobre cómo lograr la autonomía económica y la soberanía productiva, así como el fortalecimiento de los mecanismos de generación, distribución y ejercicio del poder político e institucional.

Para saber si vamos por el camino correcto, habría que analizar a profundidad, entre otras cosas, si nuestra legislación y políticas públicas actuales nos conducen a una diversificación económica, en relación a lo que importamos y exportamos; si tenemos una regulación de inversiones extranjeras que fortalece nuestra soberanía y capacidad científica/tecnológica para atender necesidades sociales con nuestro propios recursos; si estamos avanzando en la autosuficiencia alimentaria y energética; y si estamos dispuestos a hacer una auditoria de nuestra deuda externa para saber en qué proporción es una deuda de origen injusto y actuar en consecuencia.

En cuanto a la resignificación y ejercicio democrático del poder, habría que debatir los límites de la democracia liberal representativa. En este sentido, las actuales propuestas de reforma electoral que están a debate deben ponerse a prueba, revisando si responden básicamente a los intereses de las cúpulas de la partidocracia, o si están dirigidas a construir una mayor corresponsabilidad ciudadana en el quehacer nacional.

Aspecto esencial del fortalecimiento democrático es analizar la postura de nuestro país en cuanto a la problemática internacional actual. Hay que saber, que, si tenemos políticas soberanas en nuestras relaciones exteriores, seremos respetados; de lo contrario, si respaldamos, obligados y chantajeados, las decisiones de política exterior de Estados Unidos, del cual dependemos económicamente en gran medida, seremos simplemente un país comparsa y sometido. Por otra parte, un camino para reforzar nuestra identidad y dignidad nacional es apoyar por la vía diplomática a todos los organismos multilaterales existentes o futuros que promuevan la dignidad de las naciones y su derecho a organizarse conforme a sus necesidades.

Hay una condición indispensable para que el gran emprendimiento de definir nuestro papel como país en este tránsito hacia un nuevo orden mundial pueda realizarse a cabalidad: Emancipar nuestra mente de modelos y valores gestados desde los países anglosajones y sus adláteres que tienen otra historias y esquemas de valores, y que por desgracia han influido grandemente en el modo de vida actual.

Tenemos que tomar distancia de esos modelos y deconstruirlos, para abrir nuestra mente, antes que nada, a lo que la historia nos dice de nosotros mismos, para encontrar lo que naturalmente nos une como mexicanos y fortalecerlo. Al mismo tiempo debemos abrirnos a otras culturas, hasta ahora poco difundidas como las orientales, ya que en ellas sin duda encontraremos claves de nuestra propia identidad.

Debemos encontrar la síntesis y compatibilidad, entre una sociedad creada sobre la base de los valores individuales, y una creada sobre los valores colectivos.

*Interesado en temas de construcción de ciudadanía.

Imagen: Getty Images

Vicente Arredondo Ramírez