
Para que la educación transforme, debe cambiar
La educación es el cimiento más sólido para construir bienestar, cohesión social y desarrollo económico en Morelos, eso se sabe desde hace ya mucho tiempo. No se trata solo del bienestar material del que pueda gozar un individuo cultivado, sino que, este individuo goce de una visión de su sociedad en su conjunto y la comprensión de sus problemas y oportunidades, lo que a la larga redundará en una sociedad, más sólida y comprometida consigo misma.
Y, para empezar, se debe buscar que niñas, niños, adolescentes y adultos amplíen su horizonte de vida y ejerzan plenamente el acceso a la dignidad que ofrece la educación.
Más adelante publicamos dos trabajos sobre el tema educativo: “Dos desafíos de la educación en Morelos: analfabetismo y deserción”, de Antimio Cruz, y “La educación como eje de la transformación social: hacia una nueva ontología del bienestar”, de Karla Aline Herrera Alonso, la secretaria de educación del estado que abordan tanto el diagnóstico como las propuestas de solución para el problema educativo en nuestro estado.
Los datos expuestos por Antimio Cruz pueden ser incómodos. Morelos convive con dos realidades opuestas: una entidad que cuenta con estudiantes sobresalientes en concursos académicos y una alta proporción de posgraduados, pero que aún arrastra rezagos estructurales como el analfabetismo y la deserción escolar. Decenas de miles de personas sin saber leer ni escribir, y cientos de miles sin educación básica concluida revelan que el derecho humano a la educación —reconocido desde 1948— sigue siendo, para muchos, una promesa inconclusa.
El planteamiento de Karla Aline Herrera Alonso amplía la mirada y aporta profundidad ética y filosófica. Educar no es solo transmitir conocimientos, sino formar personas capaces de comprenderse a sí mismas, convivir con otros y actuar con responsabilidad social. Desde la primera infancia, el desarrollo psicoemocional, el apego seguro y el sentido de pertenencia en la escuela se convierten en condiciones indispensables para aprender, pero también para construir una moral autónoma basada en valores y no en el miedo al castigo.

Los esfuerzos del actual gobierno de Morelos para abatir el analfabetismo, rehabilitar escuelas, impulsar jornadas masivas de alfabetización y ampliar la cobertura con proyectos como la Universidad Nacional Rosario Castellanos en Chinameca, son iniciativas que necesitamos desde hace años. Sin embargo, como bien sugieren ambos textos, ningún objetivo educativo puede alcanzarse de manera aislada. Garantizar que más niñas y niños estén en la escuela y permanezcan en ella implica enfrentar otros desafíos estructurales: la precariedad de los ingresos familiares, la accesibilidad territorial a los centros educativos, la calidad de la infraestructura y, de manera central, la formación y dignificación de maestras y maestros.
La no es únicamente educativa; es social y económica. La trayectoria escolar interrumpida suele traducirse en empleos precarios, ingresos inestables y una movilidad social limitada. En contraste, una educación básica sólida, que garantice la permanencia de los estudiantes hasta niveles medio superior y profesional, multiplica las posibilidades de inserción laboral digna, innovación y crecimiento económico regional, y no solo eso también debería multiplicar el número de ciudadanos conscientes de la importancia de conceptos como legalidad, honestidad y responsabilidad social. Invertir en educación no es un gasto: es una estrategia de desarrollo.
Un Morelos incompleto
Si la primera gran tarea educativa de Morelos es garantizar el acceso, la permanencia y la calidad de la enseñanza como vía de movilidad y consolidación social, la segunda —inseparable de la anterior— es educar para el reconocimiento, la inclusión y la justicia histórica. La nota “Día Mundial de la Cultura Africana y Personas Afrodescendientes: la herencia que intentó borrarse”, de Elizabeth Mildred Maluti Lúa, demuestra que no se puede hablar de educación transformadora mientras se siga negando, minimizando o desconociendo una parte fundamental de nuestra identidad colectiva.
La persistencia del racismo y la invisibilización de los pueblos afrodescendientes no es un accidente, sino el resultado de un modelo social, cultural y político que durante décadas enseñó una historia incompleta. Un país que se narró a sí mismo únicamente desde lo indígena, lo español y lo mestizo -dependiendo de la época- borrando deliberadamente la raíz africana que también lo constituye. Ese vacío no solo empobrece el conocimiento histórico, sino que reproduce prejuicios, exclusiones y desigualdades que siguen teniendo efectos concretos en la vida cotidiana de miles de personas.
Y lo anterior a pesar de que Morelos es la segunda entidad del país con mayor porcentaje de población afrodescendiente. La percepción social sigue atrapada en la idea de que “lo afro” es ajeno, extranjero o limitado a ciertas regiones del país. Esa desconexión entre realidad y percepción es, en sí misma, un síntoma de un problema conceptual de nuestra sociedad. Una sociedad mal informada es terreno fértil para el racismo sistémico, ese que no siempre se expresa de forma abierta, pero que limita el acceso a derechos, oportunidades y limita, desde un principio, cualquier proyecto de desarrollo colectivo.
Así, reconocer la herencia africana, dignificar a los pueblos afrodescendientes y erradicar el racismo desde las aulas y otorgarles la voz que ameritan no es una concesión identitaria: es una condición básica para la cohesión social.

