

Por primera vez, en décadas, se pronuncian públicamente las palabras socialismo y oligarquía. Se ha propuesto el seguro infantil universal mediante impuestos a las corporaciones y a los millonarios. Se explica que éstos son el 1% más rico del país, se embolsan el 30.5% de la riqueza nacional, en tanto que el 50% más pobre, apenas posee el 2.5%.
Se habla de la búsqueda de una sociedad más igualitaria. No lo dicen militantes comunistas. Se trata, sencillamente, de que la lucha de clases en Estados Unidos se visibiliza de nuevo. Una vez que las cobijas de la cultura del sueño americano se desgastaron. La sacralización del libre comercio de los expresidentes Reagan, Clinton y los dos Bushes, se ha desvanecido en la realidad de lo que corporaciones monopólicas han provocado en el interior del imperio. Ha emergido, sin mediaciones, la sociedad de clases norteamericana que quedó oculta bajo la ilusión del consumo infinito.
El triunfo electoral, en noviembre pasado, de Zohran Mamdani como alcalde de Nueva York es el síntoma del cambio en la percepción de la clase trabajadora afroamericana, hispana, de comunidades sudesteasiáticas y musulmanas. Mamdani se define a sí mismo como socialista democrático. Propuso un programa electoral centrado en aumentar el salario la clase trabajadora de Nueva York a 30 USD la hora, en incrementar el gasto en salud para las infancias, toda vez que más de una cuarta parte de los niños de la ciudad están en la pobreza extrema. Se comprometió a congelar las rentas de las viviendas de la población más desfavorecida. Se pronunció abiertamente contra Israel y el genocidio en Gaza.
Estas medidas no implican el socialismo. Son medidas de política pública del Estado de Bienestar en el capitalismo. En tiempos de la hegemonía de las corporaciones militares y los recortes del gobierno de Trump a los gastos sociales esenciales, como explica Nikhil Pal Singh de la revista Dissent, es una novedad hablar de redistribución del ingreso y de políticas cívico igualitarias que habían desaparecido de la escena nacional e internacional. La mención de lo impronunciable, la igualdad social, confluye con una sociedad que se moviliza en las calles.
En Estados Unidos hubo movilizaciones significativas contra los bombardeos a Gaza. El No Kings Day contra Trump, concitó la participación de cientos de miles en más de cien de ciudades. El asesinato de Renne Good en Minneapolis el 7 de enero, por un agente del Servicio de Inmigración, provocó más movilizaciones que empalmaron, al menos en Nueva York, con las que se dieron contra el ataque a Venezuela la noche del 3 de enero.
En los últimos 40 años, las corporaciones imperialistas desindustrializaron a Estados Unidos porque cerraron sus fábricas y se llevaron la producción al sudeste asiático. Se fueron porque al dividir en múltiples localizaciones la producción de un bien de capital o de consumo, aumentaron sus ganancias. El imperio del capital, es decir, el de las corporaciones, pulverizó la vieja base industrial norteamericana. Trump vendió a la clase trabajadora blanca y, algunos otros sectores, que el viejo esquema imperial retornaría. Ello es imposible porque el cambio en la dinámica de la producción capitalista en el planeta quedó sellado al salir de Estados Unidos.

La guerra comercial contra China, la incursión militar contra Venezuela y balandronadas de Trump contra el resto del mundo evidencian la debilidad del grupo que comanda al imperialismo norteamericano. Cada acción se vuelve en su contra. La imposición de aranceles a otros países encareció los productos de consumo en Estados Unidos. Las cadenas de suministro de esas mercancías se quiebran porque todo lo que se vende en ese país, se produce en otros territorios.
Cuando esta sociedad movilizada discute, en este momento, por qué el 1% más rico es responsable de las condiciones de precariedad de la mayoría, abre la compuerta de una insurgencia social tan numerosa como la de los años sesenta en la lucha por los derechos civiles y contra la Guerra de Vietnam.
Mike Davis escribió en 1986, cuando todo esto comenzaba, que “Es necesario empezar a imaginar más proyectos audaces de acción y de cooperación política coordinada entre las izquierdas populares en todos los países de América. Finalmente, todos somos prisioneros del mismo maligno sueño americano”.

