Botox para el autoritarismo o cuando el poder se pone la misma cara

 

Una amiga feminista y muy observadora me habló recientemente de la estética trumpista, también conocida como estética Mar-a-Lago. No lo hizo desde el mundo de la moda ni desde la cirugía plástica, sino desde donde solemos mirar las cosas quienes no creemos en las coincidencias: el control. Y mire esto no va de verse joven, va de verse poderoso.

Porque esa estética la de los rostros estirados hasta el borrado, labios inflados como símbolo de estatus, piel anaranjada tono cheetos de bronceado artificial y expresiones congeladas por el Botox no es solo una elección personal es una operación política, ya sé que sueno exagerada, pero créame cuando le digo que es también una pedagogía visual del autoritarismo. Una forma de decir quién manda y quién puede aspirar a mandar.

La estética trumpista funciona como lo ha hecho históricamente Trump en el poder: apropiándose. Toma cuerpos y los vuelve territorio; toma territorios y los vuelve mercancía, extrae petróleo, minerales y agua de la tierra con la misma lógica con la que extrae juventud del rostro, sin preguntar, sin cuidado, sin historia. Todo debe verse pulido, uniforme, rentable. Todo debe parecer exitoso, aunque por dentro esté lleno de misoginia, genocidio y pedofilia.

Desde una mirada feminista, esta estética no puede leerse como moda ni como vanidad individual. Es un dispositivo de disciplinamiento, un uniforme encarnado no declarado que circula en los círculos del trumpismo global y que produce una inquietante homogeneización de los rostros. Quien adopta esa cara adopta también una lealtad simbólica, una pertenencia ideológica.

Ahora bien, esta estética no solo se replica en mujeres, también comienza a aparecer en hombres del entorno político y mediático, reforzando una masculinidad rígida, artificial, incapaz de mostrar vulnerabilidad. Rostros congelados que acompañan discursos autoritarios. Cuando el poder impone un solo rostro posible, todo lo demás se vuelve descartable, lo humano básicamente, se eliminan del imaginario mediático del poder los rostros indígenas, los rostros racializados, los rostros pobres, los rostros que no pueden o no quieren pagar el acceso a esa estética quedan fuera del imaginario de legitimidad.

La estética trumpista es, en ese sentido, profundamente colonial. Funciona como una versión cosmetizada de la supremacía blanca: pulida, bronceada, estirada, pero intacta en su lógica. Niega el territorio, borra el origen, aplana las diferencias culturales y fabrica personas globalizadas, exportables, replicables, intercambiables. Rostros sin sur, sin lucha, sin historia colectiva que incomode.

Tal vez por eso incomodan tanto los rostros que no encajan, los que no se dejan estirar, los que no se pulen. Los que conservan marcas de historia, de clase, de lucha. Porque esos rostros recuerdan algo que el autoritarismo preferiría olvidar; la colonización no empezó ni terminó con las armas.

Estados Unidos no solo ha colonizado territorios con guerras e invasiones —Irak, Afganistán, Vietnam, entre otros países bajo distintas doctrinas del miedo y del “orden”, también ha colonizado imaginarios, deseos, cuerpos. Ha exportado modelos de éxito, de poder, de liderazgo, de belleza.

Lo terrorífico (si, ya sé sueno exagerada, pero qué le digo) es que esa estética ya no se queda allá. comienza a aparecer aquí en México. En algunos liderazgos partidistas, incluso en dirigencias estudiantiles y universitarias estatales o nacionales que, quizá sin decirlo, ensayan ese mismo rostro de autoridad importada. Un rostro que promete orden, control, modernidad, pero que borra territorio, memoria y conflicto.

En un mundo donde el autoritarismo quiere que todas las caras se vean igual, resistir también es mostrar el rostro propio. Un rostro con sur, con historia, con grietas. Incluso y sobre todo cuando el tono de piel no combina con el bronceado oficial.

Denisse B. Castañeda