El vado de las ranas



“… los anfibios, sufren desde hace décadas una pandemia devastadora causada por hongos infecciosos”

Se nos hizo tarde. Cerca de las diez de la noche íbamos cruzando el vado de Las Ranas, rumbo a San Luis Acatlán, Guerrero. El vado era apenas una plancha de cemento en el camino de terracería. El agua de un arroyito —uno de los muchos que desembocan en el río Marquelia— subía un poco sobre el paso y seguía corriendo. Apenas cruzamos el vado en aquel Tsuru rojo, sin radio ni aire acondicionado, cuando empezamos a oír no solo el croar de las ranas, sino también pequeñas explosiones debajo del coche. Mi esposa y yo nos miramos, interrogantes, y detuve el auto a medio vado. Con la luz del auto pude ver cientos de pequeñas ranas saltando de un lado a otro. Sobre la huella de las llantas yacían muchas de ellas, con el cuerpo colapsado, muertas. Me dio vergüenza haberlas aplastado sin querer.

Hace unos treinta años no era raro encontrar animales atropellados en las carreteras y caminos rurales del país. Serpientes, armadillos, conejos, zorrillos y miles de insectos alados estrellados en el parabrisas de los coches pasaban a ser naturaleza muerta. Hoy, esas regiones de Guerrero y de otros estados del país están mucho más pobladas y urbanizadas. Nuevas carreteras, ganadería y agricultura extensivas, industrias de alimentos, minería y el cambio climático han tenido efectos devastadores sobre muchas especies animales y vegetales. Algunas han desaparecido o son cada vez más escasas. Otras, como los anfibios, sufren desde hace décadas una pandemia devastadora causada por hongos infecciosos.

En el mundo hay poco más de 8,000 especies de anfibios, que incluyen no solo ranas y sapos, sino también ajolotes y salamandras. En México se han clasificado alrededor de 370 especies, muchas de ellas únicas en el planeta. Desde la década de los noventa, biólogos de distintos países comenzaron a notar un declive pronunciado en la abundancia de anfibios. Las poblaciones disminuían drásticamente en sus hábitats naturales. Al mismo tiempo se reportaba la inusual aparición de ranas muertas en distintos sitios del planeta. Los efectos antropogénicos y la pérdida del hábitat no explicaban del todo este fenómeno. Fue hasta 1998 cuando se descubrió que ejemplares de ranas enfermas procedentes Australia y Centroamérica, estaban infectadas por que un hongo conocido como Bd, que corresponde a su nombre científico, impronunciable para cualquiera: Batrachochytrium dendrobatidis.

El Bd es un hongo microscópico que invade la piel de los anfibios y causa la quitridiomicosis. La piel de los anfibios es un órgano exquisito: les permite respirar, regular el ritmo cardiaco y defenderse de microorganismos patógenos. El Bd interrumpe estas funciones. Provoca decoloración de la piel, deshidratación, úlceras, debilitamiento del sistema inmunológico y, finalmente, la muerte. Desde su descubrimiento, las infecciones por Bd han causado la extinción de cerca de 200 especies de anfibios.

El aumento de la temperatura del planeta ha favorecido la adaptación y virulencia del Bd en poblaciones de anfibios de todo el mundo, desde su posible origen en África y Asia. Este efecto, sumado al tráfico comercial e ilegal de ejemplares silvestres, sin controles sanitarios, ha facilitado la rápida expansión de la quitridiomicosis en todos los continentes.

Aun así, de acuerdo con la Dra. Eria Rebollar quien investiga los microbiomas de anfibios en el Centro de Ciencias Genómicas en Cuernavaca, han comenzado a aparecer poblaciones de algunas especies de ranas que muestran resistencia o tolerancia al Bd. Los mecanismos evolutivos han favorecido la selección de toxinas que dañan al Bd e impiden su establecimiento en la piel. En otros casos, la adaptación del microbioma cutáneo también contribuye a resistir la enfermedad.

Los anfibios fueron de los primeros vertebrados con cuatro extremidades en habitar la Tierra: se originaron hace unos 350 millones de años. Seguramente esta no es la primera vez que enfrentan el riesgo de extinguirse. Esta flexibilidad adaptativa sugiere que la resiliencia evolutiva de los anfibios podría permitirles superar la pandemia, siempre y cuando podamos garantizarles un hábitat —un vado, un arroyo, un espacio mínimo— donde puedan sobrevivir.

*vgonzal@live.com

Víctor Manuel González