¿Y si el comienzo no es enero?

 

Cada vez que empieza enero, el mundo se pone en modo “reinicio”. Como si una página se borrara de golpe y todo lo anterior quedara atrás, bien ordenadito en un archivo llamado “año pasado”. Se activa la maquinaria de los propósitos, las listas, las metas. Se celebran los nuevos comienzos como si fueran universales.

Pero este año me hizo ruido. Mucho.

Porque si observamos con atención, la vida no empieza el 1 de enero.

De manera natural, no hay conteo regresivo. Las estaciones no consultan calendarios exactos. No existe un ciclo único que lo determine todo. Hay floraciones tardías, lluvias tempranas, migraciones que se adelantan por el cambio climático, árboles que se “equivocan” de estación. Los ritmos de la vida son muy diversos y yo diría que caóticos… como la humanidad misma.

Los colibríes no marcan en su agenda “polinizar a partir del lunes”. Las semillas no germinan por decreto, sino cuando hay humedad, temperatura y condiciones que nadie puede predecir con exactitud. Para muchas culturas originarias, el año no comienza en enero. Comienza con la temporada de lluvias, con la siembra, con el retorno de una constelación. Con algo que tiene sentido en el territorio, no en el reloj impuesto.

Entonces, ¿de dónde viene esta obsesión con el 1 de enero?

De un calendario impuesto, claro. El calendario gregoriano, el que usamos en casi todo el mundo, fue una decisión política, religiosa y colonial. Porque lo que se mide, se controla. Y lo que se impone como único tiempo posible, borra los otros ritmos. Los del cuerpo, los del territorio, los del duelo, los de la alegría sin aviso.

La ciencia también ha vivido bajo este molde. Por mucho tiempo se consideró que un ciclo natural tenía que ser “predecible”. Pero eso ha cambiado. Hoy sabemos que los ecosistemas funcionan más como una sinfonía que como un metrónomo. Las lluvias ya no caen cuando “deberían” y esto marca muchos cambios que no obedecen a nadie. La misma ciencia está teniendo que repensar cómo medir los ciclos de vida en un planeta alterado.

Entonces me pregunto: ¿por qué seguimos creyendo que el comienzo de un ciclo personal o colectivo debe suceder en una fecha exacta? ¿Y si no todas las personas queremos comenzar ahora? ¿Y si algunas seguimos en pausa? ¿Y si, en lugar de empujarnos a empezar, nos escuchamos un poquito más? ¿Qué pasa si en lugar de proponernos tanto, nos permitimos simplemente estar?

Tal vez comenzar el año no es tachar diciembre. Tal vez es una conversación pendiente. Una decisión postergada. Una idea que apenas empieza a tomar forma. Un brote que aún no se ve, pero ya se mueve bajo tierra.

Lo nuevo no siempre es ruidoso ni viene acompañado de cohetones. A veces empieza en silencio. Como esa semilla que no grita “¡feliz año!”, pero rompe suavemente la cáscara, cuando está lista. Y no antes.

Este año no quiero comenzar por obligación. No necesito un “año nuevo”, necesito un ritmo propio. 2025 me enseñó que no todo se fuerza y que no todo comienza o termina cuando el calendario lo dice.

Porque no es enero el que marca el comienzo. Eres tú.

Y aunque no sienta que todo empieza justo ahora… aunque mi lista de propósitos siga en borrador, aunque algunas partes de mí sigan en pausa, aunque todavía no haya estrenado cuaderno nuevo, quiero desearte algo sincero:

Que este ciclo te trate bonito. Con tus tiempos, tus ritmos, tus formas.

Así que sí…

feliz año (si quieres que lo sea).

O feliz comienzo cuando tú digas: ahora sí.

Karime Díaz