José Manuel Meneses y Mariana Casas Rodríguez[1]

Una lectura del libro En el umbral de lo sagrado. Reflexiones teóricas de la danza desde la práctica escénica de la profesora Cecilia Lugo nos mueve a reflexionar la dimensión creativa de la danza frente a la disciplina como su aspecto normativo. Desde el prólogo encontramos un rigor teórico y una riqueza conceptual que vienen muy bien al área. Ahí, Patricia Cardona señala que para los practicantes de ballet se ofrece “La sensación victoriosa del arte en la piel”, en lo que podría llegar a ser un dictum para todo tipo de arte. De esta forma, cada día en donde la danza se presenta, es un día ganado en la convergencia de la norma y la libertad corporal. En este sentido, Cardona define el acto creativo como ese “inmenso salto para atravesar el umbral de lo sagrado.” En efecto, a lo largo del libro, Cecilia Lugo nos presenta una versión de la danza que enfatiza el acto creativo, para ayudarnos a visualizar este umbral y poder comprender a la danza “como uno de los lenguajes más íntimos de la naturaleza.”

Desde esta perspectiva, cada movimiento de los bailarines es reflejo de la naturaleza, así como el vaivén de las olas del mar o el viento rozando la piel, las flores como los tutus perfectamente ceñidos al tallo, así como las ramas y su porte adaptándose al viento, todos estos movimientos son el vivo ejemplo de la naturaleza en su convergencia con la corporeidad. Una vez más, Patricia Cardona afirma respecto del libro: “Ceci Lugo ha encontrado en la luminosidad del poeta Octavio Paz y en la lucidez del filósofo Edgar Morin a sus cómplices ideales para nutrir este hermoso recorrido por el oficio coreográfico impregnado de poética.” Así pues, se debe transmitir un sentimiento, una sensación, continuidad, de esto el coreógrafo es responsable, debe mostrarles a los bailarines lo que se busca ejecutar para después trasladarlo en el escenario.

La profesora Cecilia Lugo considera que cuando se habla sobre cierto tedio hacia la danza clásica, se debe a la confusión del aspecto técnico como todo del acto dancístico. Por el contrario, el arte de hacer danza implica la comunión de la poética con la técnica. La belleza del arte se cuela sólo ahí donde hay una trama firme, vital, iluminando con su verdad lo que sería imposible de ver si no existiera debajo el trabajo arduo, duro, tenaz y disciplinado del proceso. Ya sea como hacedor o como espectador del ballet, como profesional o amateur, la experiencia artística de la danza produce el placer de la propia cercanía, los resultados de la experiencia son diferentes, pero la experiencia es un acto compartido. Señala también que la escena es un espacio ritual donde se representa el mito, nos indica que el espacio ritual es “el lugar donde se realizan acciones simbólicas que le dan sentido a una práctica extracotidiana, es decir, donde se lleva a cabo una especie de liturgia tácita”, de acuerdo con esto, es en este espacio en donde los involucrados (directores, bailarines, coreógrafos, músicos, equipo creativo), se conectan de una manera mental, física, energética y espiritual, para darle a la función de danza un carácter único e irrepetible a través de acciones específicas.

Bajo esta misma lógica, la profesora Lugo enfatiza la densidad poética de este momento, afirmando que aquí tiene lugar una transformación, “…esta transmutación o cambio que sufre el bailarín cuando baila me parece no sólo esencial sino fundamental en el hecho escénico.” De modo que “El danzante, el bailador y el bailarín comparten una semilla que germina en la danza ritual, étnica, urbana o teatral.” De aquí que, “…el artista escénico es un creador en tanto es capaz de revelarse a sí mismo y partir de ahí para crear mundos que podrá compartir en el ritual de la escena con el testigo de un acto íntimo que es el público. De tal suerte que, “Sí la escena es sagrada porque habla del ser humano y de sus íntimos anhelos por borrar la división en la que generalmente vivimos e ir al encuentro de uno con uno mismo”. Para mí -afirma la profesora Lugo- “el bailarín escénico profesional del arte de la danza tendría que conjuntar el estado de gracia y de goce, desde una intimidad sin timidez”. Bajo esta perspectiva es inevitable pensar que “La gran paradoja del arte escénico es que, siendo un acto público, es privado al mismo tiempo.”

En esta gran comunidad que se forma a partir de la danza clásica podemos pensar que “El espectador es el testigo de un acto íntimo” y que el bailarín no le baila a los demás, sino que comparte con ellos su danza. En este sentido, se puede hablar de anagnórisis, es decir, la transformación que, a través del acto poético en la escena, nos permite acceder a otros territorios donde se trastocan las fronteras para hacer “visible lo invisible” y “presente lo ausente”, todo ello a través del acto creador. Precisamente por esto se ha afirmado durante siglos que cuando se baila somos y no somos al mismo tiempo, pues somos personajes sin dejar de ser personas. En este sentido, “mientras más íntima y genuina sea la búsqueda del bailarín-actor, el público se entregará a él con devoción, porque éste busca lo mismo debajo del escenario en su vida diaria, pero él no lo sabe.”

Uno de los principales aportes de la profesora Lugo es su consideración acerca de El escenario, ese lugar donde “Lo que es, es siempre otra cosa”. Finalmente, a partir de este libro podemos llegar a una importante conclusión que nos acerca a una versión más amplia de la danza y que nos permite aterrizar su propuesta en el campo dancístico mexicano, sobre todo, si pensamos que “El arte es técnica y poética. La técnica se enseña, la poética, no, sin embargo, sí se descubre”.

  1. Integrantes de la A.C. La casa del Tlacuilo.

La Jornada Morelos