Donde el mercado se habita

Paola Méndez*


Y su verdad más profunda yace en la autenticidad de las niñas y los niños que lo sostienen con su andar

En los pasillos del mercado Adolfo López Mateos no solo circulan frutas frescas, hierbas medicinales y canastas llenas de historia. También transitan saberes antiguos, miradas atentas y pasos pequeños que han aprendido a moverse entre puestos, voces y madrugadas. Ahí, en ese latir de Cuernavaca, los niños y las niñas comerciantes crecen acompañando el trabajo de sus familias, aprendiendo del intercambio cotidiano, del valor del esfuerzo y de la dignidad del oficio.

Este año, el Centro Cultural Infantil La Vecindad inicia un trabajo conjunto con este espacio emblemático del estado, entendiendo al mercado no solo como un sitio de intercambio comercial, sino como un territorio vivo de aprendizaje. Para La Vecindad, es central acompañar a públicos específicos: niñas, niños y adolescentes cuya vida cotidiana está atravesada por el trabajo y en la que el acceso al juego, la cultura y el esparcimiento adquiere dinámicas distintas.

Creemos que la cultura se vive mejor cuando es de todas y todos. Que las hijas e hijos de comerciantes también merecen tiempo para jugar, crear e imaginar, y espacios donde puedan expresarse y sentirse escuchados. Son niñas y niños con una mirada propia del mundo, con aprendizajes que la vida les ha regalado desde muy temprano y con sueños tan amplios y variados como los colores, los olores y las formas del mercado que habitan cada día.

Por eso, esta colaboración surge como un trueque de saberes. No llegamos a “llevar” cultura, sino a aprender del día a día de quienes hacen del mercado su escuela de vida. Aquí hay mucho que escuchar y compartir: la cocina, la herbolaria, la cestería, los oficios y los productos que niñas y niños conocen desde siempre, porque han crecido entre ellos, los han tocado, nombrado y cuidado como parte de lo que son.

Este proceso comienza en enero, con la celebración del Día de Reyes. La actividad no se realiza en la fecha tradicional, ya que para las familias comerciantes es una jornada de trabajo intenso, en la que niñas y niños también participan. Reprogramarla permitió reconocer esa realidad y abrir un espacio donde el festejo y el trabajo pudieran convivir sin imponerse uno sobre otro.

Así, entre juegos que esperan su turno y saberes que se comparten sin prisa, se va abriendo un espacio para que niñas y niños ejerzan sus derechos y, al mismo tiempo, nos enseñen a mirar el mundo desde otro lugar: el mercado, donde el trabajo y la vida caminan juntos y la cultura se construye todos los días.

Porque el mercado se vive de verdad ahí: en los sueños que nacen entre los puestos, en la mirada de niñas y niños que resguardan saberes esenciales y la memoria más profunda de lo que somos como comunidad.

*Directora General de Formación a las Artes y la Cultura
de la Secretaría de Cultura del Estado de Morelos

La Jornada Morelos