

José Manuel Meneses Ramírez[1]
Como era de esperarse el terrorismo también adquiere en nuestro país características propias. Para descontento de nuestras autoridades, esta conducta criminal se encuadra en el texto del artículo 139, fracción I del Código Penal Federal.
“A quien utilizando sustancias tóxicas, armas químicas, biológicas o similares, material radioactivo, material nuclear, combustible nuclear, mineral radiactivo, fuente de radiación o instrumentos que emitan radiaciones, explosivos, o armas de fuego, o por incendio, inundación o por cualquier otro medio violento, intencionalmente realice actos en contra de bienes o servicios, ya sea públicos o privados, o bien, en contra de la integridad física, emocional, o la vida de personas, que produzcan alarma, temor o terror en la población o en un grupo o sector de ella, para atentar contra la seguridad nacional o presionar a la autoridad o a un particular, u obligar a éste para que tome una determinación.”
De acuerdo con lo establecido por este precepto, los componentes del tipo penal pueden ser descritos de la siguiente manera siguiendo el caso específico de Coahuayana:
- Uso de un material (explosivos).
- Actos en contra de bienes o servicios, públicos o privados (comandancia de policía comunitaria).
- Integridad física, emocional o la vida de las personas (seis personas muertas).
- Producir alarma, temor o terror en la población o en un grupo (Coahuayana, Michoacán y México).
- Atentar contra la seguridad nacional, presionar a una autoridad o a un particular para tomar una determinación (Policía comunitaria).
En los hechos del 7 de diciembre de 2025 se cumplen punto a punto los elementos que integran el tipo penal, de ahí el titubeo de las autoridades en la clasificación de los hechos. De lo cual también se deriva el desconocimiento de quien públicamente afirma que no puede alegarse terrorismo debido a la falta de un fin político, social, religioso o ideológico, elementos que ni siquiera son mencionados por el Código Penal Federal.
Una vez más, las declaraciones oficiales no han logrado minimizar el hecho de que un carro bomba estalló llevándose la vida de seis personas e hiriendo a otras diez. Por el contrario, han dejado de manifiesto una voluntad sistemática por negar las dimensiones de la violencia en nuestro país. En una especie de anti-semántica política que ya ha sido identificada por otros medios, debido a que ya puede hablarse de una constante en este tipo de acontecimientos, es decir, una voluntad clara por negar, arrebatar o vaciar los acontecimientos de su significado.

La magnitud del hecho, aunada al bodrio terminológico, además de la falta de precisión en una materia en la que los supuestos especialistas (políticos o hijos de personajes de peso en la farándula mexicana que ocupan un cargo por dedazo) son algunos de los elementos más representativos del estado de naturaleza que parasita a nuestro país desde hace más de veinte años. El bodrio lingüístico-jurídico presentado públicamente para menguar la onda expansiva que barría los medios desde Michoacán nos hace sospechar que ignoran, el Código Penal entre muchas otras cosas, además del significado de lo social, lo religioso y de lo ideológico-político, reduciéndolo a la miasma electoral que reclama sus esfuerzos y en la que habitan desde hace más de siete años.
Sin embargo, si seguimos la línea de esta anti-semántica política los resultados son todavía más impactantes, ya que sus intentos por minimizar el hecho dan como resultado dos objetos de análisis; cada uno de ellos preciosa materia prima para el análisis académico y periodístico. Nos queda claro, en México el terrorismo no se dice, es incómodo. Lo que aquí ocurre es otra cosa: el carro si explotó, la explosión si reventó los cuerpos, la explosión si generó terror, miedo y confusión, las autoridades, una vez más, no pudieron hacer nada, ya no digamos para prever o rastrear el hecho, sino apenas capturar a los perpetradores; obviamente, no para capturar a los líderes que orquestaron este acontecimiento. Así, tenemos un carro que explota, tenemos cuerpos destrozados, tenemos terror y pánico, tenemos un grupo criminal que lesiona la seguridad nacional; pero, además tenemos el eufemismo del gobierno mexicano que le da la espalda al hecho y al tipo penal, para respaldarse en la ausencia de puntos sociales, religiosos, político e ideológicos.
Una vez más, ante la evidencia de los acontecimientos, no podemos pensar en México a partir del modelo del Leviathan europeo, ya que aquél era un monstruo absoluto, unidireccional dueño de su terreno, soberano. Pero sí pensamos en un monstruo diferente, deforme, sí autoritario, pero NO soberano absoluto en su territorio, digamos medio moribundo, minado por infinidad de parásitos que le arrebatan su territorio, que comprometen la seguridad que ofrece, que corrompen a sus funcionarios como un cáncer en los intestinos. Claro, no es el terrorismo de Manhattan, tampoco el terrorismo europeo, pero si un narcoterrorismo, una forma diferente y muy a la mexicana que, en lugar de eximir de preocupaciones a nuestras endebles autoridades, debería ponerlos en estado de alerta, dejar de lado los abrazos y una vez más para los ciudadanos gritar con sinceridad un sálvese quien pueda.

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Filósofo y politólogo. ↑

