La construcción de un parque, “insuficiente y lesivo” frente al daño ambiental

 

Vladimir Bendixen/La Jornada Morelos

Derivado de que se hiciera público el ecocidio en el predio en la Calzada de los Estrada, en la colonia Reforma de Cuernavaca, donde vecinos y colectivos ambientales denunciaron que, en ese terreno, adquirido por La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días para la edificación de un templo para su congregación mormona; fueron talados alrededor de 40 árboles maduros, pese a la existencia de dictámenes que advertían su valor ambiental. La disputa vecinal y comunitaria se profundizó luego de que el Ayuntamiento de Cuernavaca avalara la cesión de la calle Santa Prisca al proyecto religioso, a cambio de la construcción de un parque público, un acuerdo que los habitantes consideran insuficiente y lesivo frente al daño ambiental causado.

Sobre este caso, fray Julián Cruzalta, con 42 años de labor en la defensa internacional de los derechos humanos y figura del activismo humanitario en Cuernavaca y en América Latina, señaló a La Jornada Morelos que la deforestación de estos predios constituye un caso de expansionismo y una violación flagrante de la ley, al advertir que la “permutación” de un bien municipal a un grupo religioso sin consulta vecinal previa representa una irregularidad grave y probablemente un acto de corrupción.

Cruzalta planteó además una reflexión ética sobre el expansionismo de las congregaciones religiosas que buscan asentarse en la ciudad y llamó a respetar la biodiversidad desde la pluralidad de culto, al subrayar que no existe razón religiosa ni institucional que justifique la destrucción de un bien común en tierras históricas de Cuernavaca, ni la devastación ambiental en nombre de ninguna doctrina.

La deforestación del poder religioso

Sobre la interrogante de considerar esta deforestación como un caso de expansionismo religioso y violación flagrante de la ley, fray Julián sostiene que las religiones son lenguajes diversos para comprender y habitar el mundo, cuya riqueza radica en la pluralidad; sin embargo, advierte que cuando una religión se asume como verdad única y pretende imponerse, cancela toda forma de biodiversidad espiritual y social. Advirtió que, en las religiones operan los sistemas patriarcales y quirarcales (sociedades de señores que concentran el poder), los cuales no son religiones en sí mismas, sino estructuras de dominación que atraviesan lo religioso, lo político y lo económico, y que históricamente han estado marcadas por visiones coloniales, excluyentes y jerárquicas.

Cruzalta afirma que el antropocentrismo y el androcentrismo llevados al extremo han legitimado la destrucción de la naturaleza y la exclusión de grupos marginados, al colocar al ser humano, y particularmente al varón, como centro absoluto. Frente a ello, plantea la “biodiversidad religiosa como una ética de humildad y convivencia, donde ninguna doctrina puede arrogarse un carácter universal ni justificar la devastación ambiental”. Cuando la religión incurre en estos excesos, afirma, “deja de ser espiritual y se convierte en política de dominación, por lo que las acciones que atentan contra la naturaleza deben ser denunciadas y combatidas”.

Ética pública y responsabilidad ambiental

Al responder si la autorización para una tala casi total de árboles, sin consulta vecinal ni estudios de impacto ambiental o vial, puede considerarse un acto de corrupción, fray Julián Cruzalta coloca el debate en una dimensión más amplia de responsabilidad. “Nuestras certezas son siempre limitadas y por eso deberían ser siempre provisionales y contextualizadas”. Desde ahí, subraya que Cuernavaca tiene un contexto, así como su clima, y que ese contexto está íntimamente ligado a sus árboles. “Talar árboles es sacar de contexto nuestra ciudad”, afirma, al señalar que la biodiversidad no alude solo a la diversidad, sino a una pauta común que debería orientar a todas las tradiciones y decisiones públicas. “Esta pauta común es el suelo básico a partir del cual nacieron y se asisten todas las religiones y creencias”, y remite a la responsabilidad colectiva de salvaguardar la naturaleza en su complejidad biológica, así como la vida de “todas, todos, todes” los grupos humanos y no humanos que conforman este “cuerpo vivo en evolución”.

Considera que el caso representa una llamada de atención directa al Ayuntamiento de Cuernavaca, “educar y educarnos en el respeto a la diferencia y su riqueza”, y a superar el antropocentrismo, el androcentrismo y la lógica consumista que han normalizado la explotación del entorno. Advierte además que las iglesias, incluida citada en cuestión, tienen una responsabilidad social: “No se trata de hablar de un Dios diferente sino de una aprehensión diferente de aquello que somos, de recuperar nuestra igual, dignidad y nuestra pertenencia común a la misma trama vital. No destruir la biodiversidad en nombre de ninguna doctrina religiosa”, una obligación ética que debe ir acompañada por autoridades que respeten y garanticen la legislación vigente, pues subraya, “tenemos legislación suficiente y los ayuntamientos están obligados a cumplirla”.

Ninguna religión justifica la destrucción de la naturaleza

Ante la pregunta sobre quiénes son los mormones y por qué pueden actuar con la impunidad que otorga un estatus financiero capaz de justificar la destrucción de la naturaleza, fray Julián Cruzalta coloca el debate en el terreno ético, no dogmático. Señala que La Iglesia de los Santos de los Últimos Días “no es una iglesia cristiana” y que su expansión responde a una lógica imperial y colonial visible a escala global. “No entro a la doctrina dogmática, sino en la base ética; la ética nos obliga a todos. Ética es dar razones y razones de peso, y no hay una razón de peso para deforestar un bien común en tierras históricas de Cuernavaca”, subraya. Para el defensor de derechos humanos, expandir lugares de culto sin consulta vecinal es un agravio, y la tala realizada en los predios “francamente, una barbarie”.

Cruzalta advierte que este expansionismo religioso no es un fenómeno aislado y recuerda prácticas colonialistas observadas, a lo largo de su trayectoria, en América Latina, donde intereses religiosos y económicos se han entrelazado para ejercer control social. Menciona además el secretismo financiero y los escándalos documentados que han rodeado a esa institución, sin que, enfatiza, exista justificación alguna para destruir la naturaleza: “No conozco dónde, en el Libro del Mormón, exista un párrafo que avale un acto depredador. Ningún principio interpretativo de ninguna religión justifica la destrucción; la naturaleza no nos pertenece”.

Desde esa perspectiva, califica lo ocurrido como un “atentado humanístico gravísimo” y, más allá de lecturas teológicas, subraya la dimensión jurídica y constitucional del caso. “La soberanía reside en la voluntad del pueblo”, recuerda, al considerar grave que el Ayuntamiento de Cuernavaca haya avalado la permuta de un bien municipal a un grupo religioso sin consulta vecinal previa. “Es una violación, un acto flagrante de irregularidad y probablemente también de corrupción”, concluye, al manifestar su indignación y llamar a que la ética común y que la ley prevalezca sobre cualquier interés privado y/o de expansión religiosa.

La Jornada Morelos