Morir como un anónimo

Carlos García Alpízar

Era 2013 y yo estaba en sexto de primaria. Era la hora del receso: niñxs corrían por los pasillos, otros comían, y yo jugaba una partida de ajedrez con un niño un año menor que yo. Era moreno, pequeño, de mirada tímida, y tenía la manía de chuparse el dedo pulgar, cual recién nacido. Me parecía extraño —y hasta gracioso— que a nuestra edad siguiera haciéndolo. Ese gesto haría que la colonia lo bautizara como “el Chupes”.
Lo único que sabía de él era que vivía junto a una barranca; su familia era extensa pese a la pequeña casa que habitaban. Perdí la partida, pero ese día fue el primero y último en que interactué con él. Nunca supe el nombre que le dieron sus padres, sino hasta once años después. Cuando el ambiente de la colonia está enrarecido. A inicios de noviembre de 2024 asesinaron a dos personas en un radio de quinientos metros; la Guardia Nacional instaló un retén permanente cerca de un fraccionamiento distinguido de la ciudad.
Una semana después, en una tienda de abarrotes, escuché a una señora decir mataron al Chupes Qué bueno, se lo merece por andar metido en chingaderas, respondió otra. ¿Será quien creo que es?, pensé. La respuesta me la dio una cartulina fosforescente en la reja de su casa, cubierta por lonas de partidos políticos. Como una ironía brutal, una prometía más seguridad, más empleo y bienestar. La cartulina anunciaba su velorio. Ahí conocí su nombre. Ese mismo día supe que su cuerpo fue hallado cerca de una mina, con el rostro irreconocible por laceraciones extremas. Me detuve frente a la cartulina. Hice un repaso del tiempo: lo vi crecer, como a tantos niños de la colonia. Mientras unos vestían uniforme de secundaria, él hacía trabajos informales. Mientras regresamos de la prepa, él permanecía fijo en una esquina, observando el paso de la gente. Se volvió halcón. Parece que el destino de muchos jóvenes en el mundo del delito está escrito con tinta trágica: creció, se amañó y se murió. Frente a su invitación al velorio pensé en lo cruel que es el destino de las infancias y adolescencias abandonadas en México. Aunque una narrativa revictimizadora insiste en que las personas “se buscan” su muerte, diversos estudios muestran que su incorporación a la violencia responde a un sistema que niega oportunidades y reproduce la desigualdad. Su muerte apareció en un periódico local como una nota pequeña. Un reflejo de cómo la muerte de jóvenes ya no es novedad, solo otro número anónimo que oculta una vida con nombre, historia y sueños destruidos por problemas estructurales que atraviesan a niñas, niños y adolescencias, ya sea en la sierra de Guerrero, en Sinaloa o muy cerca de nuestra colonia.

Imagen que contiene exterior, colgando, nieve, calle

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Foto: Cortesía del autor.

La Jornada Morelos