Las neuronas de la empatía

Por Luisa Santillán y Claudia Juárez

Si una madre gesticula mucho al hablar, es probable que alguno de sus hijos también lo haga, o si un padre mueve mucho las manos cuando conversa, sus hijos también tenderán a hacerlo. Esta similitud no está genéticamente determinada. Más bien parece ser resultado de un proceso de imitación facilitado por diversos grupos de células nerviosas denominadas neuronas espejo.

En 1996, los investigadores Giacomo Rizzolatti, Luciano Fadiga, Leonardo Fogassi y Vittorio Gallese, de la Universidad de Palermo, Italia, reportaron la función de las neuronas espejo en un artículo publicado en la revista Science.

Dichas neuronas se describieron primero en las zonas premotoras de la corteza cerebral, luego en la región motora suplementaria, somatosensorial primaria (responsable de integrar la información adquirida a través del tacto), en la corteza frontal y en la corteza parietal inferior.

“Básicamente lo que hacen estos conjuntos de neuronas es que si yo ejecuto alguna acción de búsqueda utilizando el sentido del tacto y otra persona me ve haciendo esta tarea, sus neuronas espejo empiezan a disparar, lo que conduce a una especie de comprensión de lo que estoy haciendo, aunque no me comunique verbalmente con ella”, explica el doctor Gabriel Gutiérrez Ospina, del Instituto de Investigaciones Biomédicas de la UNAM.

Precisa que el papel fundamental de estas neuronas es proveer un marco neurofisiológico que permita entender las acciones, los gestos, las manifestaciones conductuales del otro y por ese motivo se piensa que son las neuronas de la empatía.

Habilidades sociales

Un ejemplo de cómo se genera la empatía a través de las neuronas espejo sería cuando una persona empieza a llorar. Quizá nosotros no hacemos lo mismo desde el principio, sino que conforme vamos escuchando su historia, su llanto nos contagia.

“Seguramente, lo que pasó en el lapso desde que empezó a llorar hasta que yo lo hice fue que algunas neuronas espejearon el sentimiento de la otra persona y una vez que esto ocurre empiezan a convencer a otras de que se sumen al espejo”.

En palabras de Ospina, el grupo de neuronas espejo crece a través de un proceso de reclutamiento que, al progresar en el tiempo, va formando un ‘ensamble’ y al alcanzar un tamaño crítico, promueve la conducta: ‘ahora yo lloro contigo’, y el otro se siente empatizado por mí, juntos lloramos, nos desahogamos, nos tranquilizamos y nos sentimos mejor, nos percibimos comprendidos”.

Uno de los temas de interés en el campo de las neuronas espejo es si los sociópatas o psicópatas las tienen, ya que expresan conductas dañinas hacia otros que suponen la falta de empatía.

El doctor Gabriel Gutiérrez considera que estos individuos sí las tienen; el problema podría estar en la capacidad que tienen dichas neuronas en sus cerebros para formar los ensambles del tamaño necesario y promover la expresión de empatía por el otro.

“Las neuronas espejo podrían ser un sustrato neurobiológico interesante como mediadores de estas interacciones sociales. Seguramente no es el único, pero es un buen sustrato que podría integrar la información y llevarnos a entender al otro, incluso sin necesidad de conocerlo demasiado”.

Por su parte, los neuropsicólogos —quienes estudian la relación entre el cerebro y la conducta— sugieren que desde pequeños vamos aprendiendo a diferenciar lo que está bien de lo que está mal, según las normas de nuestra sociedad. De ahí que si miramos a un hombre llorando porque perdió a su hijo, es probable sentir empatía u otra emoción ante su sufrimiento.

Esta reacción llega acompañada de cambios fisiológicos: el corazón late más rápido y la presión sanguínea se acelera. Pero algunas personas no reaccionan. Pareciera que su cuerpo estuviera desconectado del pensamiento de que algo malo está ocurriendo.

Un estudio realizado hace unos años por integrantes del Laboratorio de Neuropsicología de la Facultad de Psicología, consistió en aplicar a individuos sin daño neurológico la técnica de potenciales evocados, la cual permite registrar la respuesta cerebral ante estímulos sensitivos.

Se les mostraron imágenes de seres abandonados, maltratados, víctimas de una guerra o de asaltos, entre otras situaciones reales. Se observó la activación de las regiones de los lóbulos frontal y temporal (responsables de la respuesta moral).

A diferencia de individuos antisociales o psicópatas, en quienes se ha registrado una respuesta diferente en estas zonas cerebrales, estos sujetos eran conscientes de que robar o asesinar es un acto reprobable, sin embargo, se manifestaban insensibles al dolor ajeno.

Sin duda, nuestra capacidad de sentir al otro revela la complejidad de nuestra naturaleza biológica y social. La ciencia de la empatía avanza no solo para comprenderla, sino para proponer opciones de atención a las personas con alteraciones en este mecanismo de implicaciones en la interacción con los demás.

La Jornada Morelos