(Primera de dos partes)

 

Concluyó el llamado Mes Rosa, el mes de octubre. En muchas partes del mundo se estila que las cuatro semanas del décimo mes sean el marco anual para recordarle a las sociedades que debemos tener conciencia de que el Cáncer de Mama es uno de los enemigos principales de las mujeres en todo el mundo. (La incidencia del mal en el género masculino es tan baja que debemos omitir cualquier referencia que distraiga).

Estamos ya en noviembre y nada ocurre con los recordatorios masivos de octubre. Como que se bajó el switch. Parecería que sólo en el décimo mes estamos claros de la gravedad de un mal que prevalece todo el año y que requiere esfuerzos permanentes para combatir y aliviar en lo posible una enfermedad que azota por millones a las mujeres de todo el mundo. Este trabajo para La Jornada Morelos se realiza en noviembre para decirle a quien lo lea que la urgencia está aquí y no se va con las campañas rosas de semanas anteriores. El lunes ya es diciembre.

Tengo cita con el fundador y presidente vitalicio de la Fundación de Cáncer de Mama A.C. (FUCAM) en las instalaciones de la CDMX ubicadas en la calle Bordo # 100, su dirección en la alcaldía Coyoacán junto a la Prepa 5 de la UNAM. Es mi primera visita. De inicio me llama la atención la cantidad de gente que llena la primera sala de espera. Existen en la planta baja diversas ventanillas que canalizan a otras salas y a los consultorios a decenas de pacientes. ¡Qué bueno que se estén atendiendo a tantas mujeres! ¡Qué malo que sean muchas!

Faltan asientos para acomodar a tantas mujeres en tratamiento o en vías de valoración. Son muchas y de nuevo reflexiono: ¡Qué bueno que se atienda a tantas pacientes sin recursos económicos, y al mismo tiempo qué tristeza que haya tantas con el padecimiento declarado! ¡Quisiera ver esa sala vacía como señal de un mal menor, y una fundación que cabalmente se dé abasto para brindar una atención integral a cada vez menos mujeres!

Ni lo uno, ni lo otro. En México el Cáncer de Mama es cada vez más frecuente. Las cifras señalan que ya rebasó al cáncer Cérvico-uterino como primera causa de muerte femenina después de las enfermedades cardiacas y diabéticas. En todo el mundo ya se cuentan por millones a las pacientes. En la República Mexicana aparecen cada año 1 400 casos nuevos. Una nueva paciente cada seis horas durante los 365 días.

Me indican el camino a la oficina del fundador. Se trata del doctor Fernando Guisa Hohenstein con alta especialidad en ginecobstetricia. De sus 87 años cumplidos ha dedicado al menos sesenta a combatir el mal mamario. Probablemente sea el mayor experto en México y en muchos países del mundo. Su institución está cumpliendo 25 años de operar en beneficio de las mujeres humildes a quienes les ha sido diagnosticado o se encuentran en vías de diagnóstico el cáncer de mama. Le espero unos minutos más de la hora pactada pues el doctor está atendiendo a una paciente. Como si fuera la primera consulta de su carrera el octogenario galeno sigue ejerciendo cual chamaco en internado.

Mientras me recibe espero en otra salita también llena de pacientes que atentas escuchan las indicaciones que personal médico les brinda de manera respetuosa, incluso muy cálida. El expertix o expertise del equipo de trabajo de FUCAM esta lleno de información y de experiencias médicas, pero también a fuerza de tratar a tantas pacientes afligidas tienen también el tacto para un trato amable que transmita serenidad y paz tan requerida por la mayoría de las visitantes. Se les mira tranquilas y atentas a lo que la enfermera o el médico les comentan. Están en la ruta de la “curabilidad”.

No abuses y expresa siempre lo que piensas

El doctor Guisa es un hombre alto y sin encorvarse a sus ochenta y tantos. No tiene tiempo para sentirse viejo, intuyo. Miro sus manos grandes como su cuerpo y las imagino como de pianista ejecutando una delicada cirugía. Estrecho una de esas manos. Le recuerdo que hace 25 años antes, en el año 2000 le saludé en la que era mi oficina -él insistió en visitarme en esa ocasión- en la Secretaría de Gobernación. Tenía yo la responsabilidad de administrar los llamados “tiempos oficiales” que el gobierno recibe como contraprestación y pago fiscal de los concesionarios y permisionarios de la industria de la radio y la televisión en México. En aquella época hablamos de hacer una gran campaña que despertara la conciencia de la irrupción del Cáncer de Mama ya como un problema de salud social. No hubo entusiasmo de la autoridad y los empresarios se negaron a ceder tiempo sin pago a pesar del propósito social de la propuesta.

Un familiar nos presentó a distancia en aquellos años. No volvimos a vernos si no hasta ahora 25 años después. Justo 25 años de que fundó FUCAM. Me invita a sentarme e iniciar la charla. Recuerda con dificultad nuestro encuentro hasta que le menciono a mi prima Luz María (+) y a su esposo Leopoldo Garnica (+). En aquellos tiempos ya habían muerto mi madrina “Choma” (+) y mi padrino Joaquín (+), sus pacientes en los sesentas. Todos ya partieron. Se acordó el doctor de quienes eran cuando le mencioné la panadería “La Fama” en un poblado cercano a Córdoba, Veracruz. Recordó el deceso del tío Joaquín, a quien le colocó un muy moderno marcapaso -entonces- para pasarla mejor sus últimos días. Se acordó perfecto de esa cirugía entonces muy arriesgada. Eran los primeros años setentas.

Me cuenta el doctor Guisa que es hijo de otro doctor, don Jesús Guisa y Acevedo y la señora Virginia Hohenstein. Su padre también fue doctor, pero no en medicina, lo fue en filosofía por la Universidad de Lovaina en Bélgica. Lo recuerda como un político y escritor incómodo. Colaboró en El Diario Novedades; en el Universal y el Periódico Excélsior durante los años treintas, cuarentas y cincuentas. “Lo corrían sólo por decir la verdad”. Fue editor, profesor universitario y político fundador del Partido Acción Nacional con Manuel Gómez Morín. Polemista directo de Vicente Lombardo Toledano y cercano a Miguel Alemán combatió severos defectos del cardenismo en boga. “Mi primera lección paterna: decir lo que se piensa”, me dice Don Fernando.

“Soy el quinto de doce hijos, ocho de ellos mujeres”. Tuve una infancia y una adolescencia espléndida, divina. El futuro médico encontró su vocación cuando cursaba la secundaria. Estudiaba en la ciudad veracruzana de Córdoba. Fue enviado con un tío “por buen comportamiento”, ironiza. Su tío Jacobo, médico, asistía a las colonias y comunidades cercanas a esa ciudad a dar consulta y a atender emergencias. Cobraba nada por su trabajo y asistía a quien se lo demandaba. “Segunda lección: nunca abusaba del más débil”. “Si se podía, ni siquiera cobraba por esas consultas. Ayudaba a los paisanos y paisanas y sólo aceptaba recibir lo justo. Me encantaban sus charlas después de pasar tiempo asomados al microscopio. Fui su asistente en mi primer parto. Lo hicimos en la zona de Zongolica, la región más pobre de Veracruz”.

Recuerda el caso de un jovencito como él que fue mordido por una culebra. Después de la atención urgente su tío le pide que lave la herida. “Me daba mucho asco. Me sobrepuse y lo hice una primera vez. Una tras otra curación fui perdiendo el malestar y acabó por gustarme. Veía la mejoría del jovencito -como yo- y creo que ahí decidí mi futuro en la medicina”.

“Estudié la carrera en la Universidad Nacional Autónoma de México. Mi matrícula es 5912165 dice orgulloso de su buena memoria. Me le pegaba a mis maestros. El mejor cardiólogo de la época, el Dr. Demetrio Sodi Pallares me invitaba a asistirle en sus cirugías. También me le pegaba al Dr. Cárdenas, neurólogo y al doctor Quiroz Acosta”. “Participé en el movimiento estudiantil en apoyo a los médicos en los años sesenta. Por ese motivo un amigo de mi padre el inspector Ventura de la Interpol le advierte que me buscan para detenerme. El mismo agente me lleva con apuro al aeropuerto. Me enviaron a Houston, Texas. Me matriculé en la Universidad de Baylor. Atendíamos en el Hospital Saint Joshep que era propiedad de la congregación de religiosas “Del verbo encarnado”. La especialidad eran los temas ginecológicos. Además de las consultas y cirugías normales convencí a las monjas de brindarle servicio gratuito a la comunidad de migrantes mexicanas que no disponían de seguro ni servicios médicos de ninguna especie. Sensibles las monjas aceptaron esa idea”. (No lo menciona, pero gracias a esa iniciativa fue condecorado como vicecónsul honorario por la ayuda brindada a sus paisanas; me entero por Google). Lo que si me confiesa es su deseo entonces de reclutarse para ir a Vietnam. Quería incorporarse a los hospitales de campaña “donde aprendería en la mejor escuela de cirugía que son los heridos de guerra” revela. Con ello también descubre su carácter de acero desde jovencito. Sus padres y amigos impidieron el reclutamiento a toda costa.

A su regreso a México se incorporó al equipo del Arq. Pedro Ramírez Vázquez. Presidente del Comité Olímpico Mexicano. Fue nombrado director de Hospedaje primero, y más tarde Director de Ceremonias y Protocolo de los XIX Juegos Olímpicos México 68. Confiesa que gozó mucho la experiencia del evento deportivo mas global, y prácticamente conoció 120 culturas de los países participantes. Le sedujeron culturas tan diferentes como la etíope y la soviética, ejemplifica. Una muy pobre y digna y otra de un enorme país padeciendo una hambruna generalizada a costa de la carrera armamentista. Diseñó las ceremonias de apertura y clausura haciendo desfilar a todas las delegaciones entre miles de globos, cientos de palomas y una “orquesta” de más de mil mariachis y decenas de tehuanas.

Nadie lo atendía porque nadie le entendía

Colaboré en el Hospital de México durante 22 años. Para entrar a ese nosocomio debí juntar mis ahorros y los de mi esposa para adquirir unas pocas acciones -me alcanzó para 25 acciones- para poder operar y atender consultas. Esa clínica era como el santuario de la ginecología en México. Ahí atendían los maestros de la materia. Las “vacas sagradas”. Los mejores.

Realicé cirugías y consultas por muchos años. Dirigí esa institución y desde ahí se me confirió la responsabilidad de presidir a los hospitales privados en la Ciudad de México. El Hospital de México fue vendido “por abajo del agua -dice desencantado- por el doctor Javier Soberón, hermano del que fuera Rector y Secretario de Salud Guillermo Soberón Acevedo, guerrerenses de Iguala, paisanos de mi mujer Doña María Luisa Ortega Peimbert. Javier Soberón tenía muchas deudas y se deshizo de la clínica sin consultar a los socios. Lo compró la familia Vázquez Raña que empezaba a construir su emporio hospitalario Ángeles”. “Renuncié a lucrar con la medicina cuando un directivo nuevo me reclamó por no llevar pacientes a cirugía que era la fuente principal de ingresos. Decidí retirarme y atender mi consulta privada. Meses antes habíamos organizado un congreso. Fue el detonante de futuras decisiones”

“Es común que el personal médico asista a convenciones y congresos que permiten al gremio actualizarse en temas de tecnología, nuevos tratamientos y nuevos medicamentos. La medicina como otros campos del conocimiento dependen mucho de la actualización así que organizar congresos es de lo más común”.

Aun activo en el Hospital de México, el doctor Guisa y otros colegas convocaron a un congreso que tuvo lugar en un crucero. Al amparo de la tarjeta empresarial de American Express se financió el contrato con una línea de cruceros. Cada médico fue pagando el curso-congreso hasta saldarle al hospital el último centavo.

“También en los cruceros se trabaja, a veces con mayor rendimiento por un grupo literalmente encerrado en muros de agua”. Se dictan conferencias y se hacen prácticas y consultas a un público cautivo que durante tres o cuatro días conviven y aprenden literalmente en el agua. “Sesionábamos de 7.00 a.m. a 9:00 de la mañana. Desayunábamos antes de bajar a algunos de los puertos del recorrido. Al regreso sesionábamos otra vez de 15.00 a 20.00. Fueron centenares de especialistas analizando temas médicos muy relevantes”. Así nació la idea de crear una fundación que atendiera de manera privada el creciente problema de salud de las mujeres mexicanas en condición de pobreza. En un barco, en la mar caribeña se creó la FUCAM para coadyuvar con el sistema público de salud. Concluidos los trabajos tanto el Presidente Ernesto Zedillo, como el señor Secretario de Salud, Juan Ramón de la Fuente, ambos invitados a la travesía marina pidieron informes, aunque estaban ya por concluir su responsabilidad constitucional. Una de las conclusiones más relevante era que se debía atender urgentemente y con mayor eficacia al Cáncer de Mama.

*Director General de Factor D Consultores

Fernando González Domínguez