

Frankenstein, un apunte personal
Quien haya leído un mismo libro dos veces ha leído dos libros distintos. He leído dos veces Frankenstein o el moderno Prometeo y en cada ocasión me provocó emociones diferentes. En mi adolescencia me atrajo la anécdota de su creación: la historia que nació una noche fría y lluviosa en Ginebra, a principios del siglo XIX, cuando Mary Shelley y su esposo pasaban unos días en la residencia de Lord Byron. Para entretenerse, los invitados propusieron escribir el cuento más aterrador. Está de más decir que Mary ganó, imaginando la frenética obsesión científica del Dr. Victor Frankenstein y el destino trágico de la criatura que él mismo concibió.
Años más tarde, en uno de esos regresos fugaces a casa de mis padres, mi papá me dijo: “leí Frankenstein… el monstruo era bueno, pero nadie lo entendía”. Yo ya no recordaba bien la narración, así que lo volví a leer. Era otro libro. Uno que me hizo reflexionar sobre la moral y la bondad humanas, sin llegar a una conclusión definitiva.
Hace pocos días mi hija me comentó que había visto la película Frankenstein de Guillermo del Toro. No sé qué impresión le causó, pero sospecho que la película y la novela son dos artes distintos. En todo caso, me quedo con la segunda. Aun así, una tarde me senté a ver la película. La primera parte me pareció incluso aburrida, salvo algunos pasajes. En uno de ellos, William le pregunta a su hermano Víctor: “De todas las partes que forman a ese hombre, ¿cuál de ellas contiene su alma? ¿Cuál es la chispa que anima su inteligencia?”.
La ingenuidad del experimento del Dr. Frankenstein —construir un nuevo ser cosiendo órganos de distintos individuos y esperar que un impulso eléctrico le brinde vida— parece insuficiente para explicar su misteriosa animación. Detrás de huesos y músculos parece ocultarse un soplo vital. Era una idea acorde con lo que se pensaba en aquella época sobre la diferencia entre lo vivo y lo no vivo. Pero a lo largo del relato también aparecen señales del cambio intelectual que estaba ocurriendo: referencias constantes a la fuerza de la electricidad y a la física de lo inanimado, conceptos en plena efervescencia dentro de los círculos científicos.
En aquel entonces poco se sabía sobre las moléculas de la vida. La teoría celular apenas comenzaba a gestarse. La síntesis de urea por Friedrich Wöhler en 1828 mostró que era posible producir un compuesto orgánico sin necesidad de un principio vital, solo con sustancias simples y calor. Fue un golpe profundo al vitalismo.

Desde entonces hasta hoy, los descubrimientos sobre la naturaleza química y molecular de la vida han sido tantos que el vitalismo parece cosa del pasado. Pero tampoco la idea de que las células son máquinas perfectas alcanza a explicar la vida en toda su complejidad.
Recientemente, llamó la atención de la prensa mundial la obtención de una célula artificial a partir de un cromosoma sintetizado por Craig Venter y su equipo. Construyeron un cromosoma con 473 genes y lo trasplantaron al citoplasma de una bacteria, sustituyendo al cromosoma original. Las nuevas células viven, se alimentan y evolucionan como cualquier otra. Siguen las reglas de la vida tal como las conocemos. Pero, ¿estamos ante vida creada? ¿Hasta dónde llegará la idea de fabricar vida artificial? ¿Existen límites conceptuales o solo técnicos? ¿Podremos, algún día, crear organismos con motivaciones, emociones o conciencia? ¿cyborgs?
La imaginación no tiene límites, como lo demostraron Mary Shelley y, más tarde, Philip K. Dick. Pero la ciencia tampoco. Solo necesita que corramos un poco el velo de nuestras limitaciones. Shelley lo hizo. Por eso, sus innumerables lecturas y adaptaciones resuenan mucho más allá de la historia de Frankenstein que cada lector —o espectador— prefiera.

Imagen BBC

