

Vivimos en una era en la que Internet ya no es solo una herramienta adicional para trabajar o comunicarnos; es el tejido mismo de nuestra vida cotidiana. Desde hacer compras en línea hasta coordinar citas, desde compartir contenido con amigos hasta operar negocios, todo pasa por el ciberespacio. Este entorno digital ha traído innumerables ventajas, pero también riesgos nuevos.
Muchas personas creen que los ciberataques son cosa de grandes empresas o de hackers sofisticados. Esa es una ilusión peligrosa: la realidad es que cualquier usuario —sin importar cuán modesto sea su uso de la tecnología— puede ser víctima de riesgos que se multiplican cada día. Y hoy, con la inteligencia artificial (IA) integrada en casi todo, esos riesgos han crecido aún más.
Ataques en ascenso y vulnerabilidades persistentes en México
México enfrenta un escenario de ciberseguridad cada vez más complejo: los ataques digitales se multiplican, los grupos criminales aprovechan tecnologías emergentes como la IA y las criptomonedas, y el país continúa sin una legislación federal que articule una respuesta integral ante estas amenazas.
En 2024 se registraron más de 260 mil millones de intentos de ciberataques en América Latina, con México entre los países más vulnerados. Durante los primeros meses de 2025, los intentos de intrusión ya superaban los 35 mil millones, afectando especialmente a sectores sensibles como banca, energía, telecomunicaciones y salud.
Según análisis de portales especializados como Cyberpeace Tech, Times of Innovation y Business News, México concentró alrededor del 55 % de los ciberataques de la región en 2024, lo que provocó pérdidas económicas superiores a 40 millones de dólares.

Las proyecciones más recientes son aún más preocupantes: debido a infraestructura digital obsoleta y a la falta de protocolos uniformes, los ataques dirigidos a dependencias gubernamentales podrían crecer hasta 260 % durante 2025, de acuerdo con especialistas del sector.
IA y criptomonedas potencian delitos cometidos por delincuencia organizada
Las organizaciones criminales, incluidos cárteles como el CJNG y el Cártel de Sinaloa, han incorporado herramientas de inteligencia artificial generativa para perfeccionar campañas de phishing, crear deepfakes y ejecutar estafas altamente sofisticadas que afectan tanto a empresas como a ciudadanos.
Estas redes también han incrementado el uso de criptomonedas para lavar recursos de manera más rápida y discreta, dificultando la trazabilidad y debilitando la capacidad de reacción de las autoridades.
Incluso agencias de seguridad nacional han sido blanco de intrusiones. Investigaciones recientes revelaron intentos de hackeo contra instituciones estratégicas, entre ellas Pemex y dependencias de seguridad del Estado mexicano.
Respuesta institucional: avances parciales entre recortes presupuestales
El gobierno federal ha anunciado algunas medidas para reforzar su capacidad defensiva:
- Creación de la Dirección General de Ciberseguridad, dependiente de la Agencia de Transformación Digital y Telecomunicaciones (ATDT).
- Inversiones superiores a 20 millones de dólares por parte de la Comisión Federal de Electricidad (CFE) en protección digital e infraestructura crítica.
- Operación de CERT-MX, INAI y más de 40 unidades de Policía Cibernética, encargadas de prevención y atención de incidentes.
No obstante, el presupuesto federal de 2025 registró un recorte del 1.6 %, y en años recientes tanto la seguridad como la actualización informática han sido de los rubros más castigados. Esto incrementa la preocupación sobre la capacidad del Estado para enfrentar amenazas crecientes y proteger a la ciudadanía.
Un país sin ley federal de ciberseguridad
A pesar del aumento de ataques y del perfeccionamiento de los grupos criminales, México sigue sin una Ley Federal de Ciberseguridad. Aunque existe regulación dispersa en el Código Penal y se presentó una iniciativa legislativa en 2024, esta no avanzó en el Congreso.
Expertos coinciden en que esta ausencia provoca:
- Respuestas institucionales aisladas y poco eficientes.
- Incoherencia en los esfuerzos entre gobierno, empresas y ciudadanía.
- Debilidades notorias para investigar y sancionar delitos digitales.
Mientras tanto, programas como Internet para Todos y el impulso a la conectividad pública continúan ampliando el acceso digital, pero sin acompañarse de una estrategia sólida que proteja a usuarios e infraestructura crítica.
Un reto que alcanza a todos los niveles
El panorama nacional evidencia que el riesgo cibernético ya no solo afecta a empresas o entidades gubernamentales: cualquier persona está expuesta a prácticas como usurpación de identidad, secuestros virtuales, extorsión digital, secuestro de dispositivos (ransomware) y robo de información.
Especialistas recomiendan fortalecer la cultura de protección digital, adoptar buenas prácticas de seguridad y mantenerse informados ante la evolución constante de las amenazas.
Empecemos por cuidarnos a nosotros mismos
El sueño dorado de cualquier criminal es operar sin salir de casa, lejos de la policía y sin arriesgar un solo cabello. Con el conocimiento y adiestramiento adecuados, algunos lo logran: solo necesitan acceso a la red y un par de líneas telefónicas. En lugar de asaltar a una persona en la esquina, pueden hacerlo desde el celular. No hablamos de hackers de película, sino de estafadores que se aprovechan de la buena fe o del miedo de quienes están del otro lado de la línea, ya sea una ama de casa o un estudiante.
El Foro Económico Mundial (WEF) publicó el informe The Intervention Journey: A Roadmap to Effective Digital Safety Measures, pensado no solo para gigantes tecnológicos, sino también para ciudadanos comunes y pequeñas organizaciones.
La propuesta del WEF consiste en cinco etapas para fortalecer la seguridad digital:
- Identificar riesgos: reconocer qué amenazas existen en tu vida digital (phishing, desinformación, violación de privacidad).
- Diseñar con seguridad desde el origen (Safety by Design): no esperar a que suceda algo para reaccionar; incorporar prácticas seguras desde el inicio.
- Implementar controles proporcionales: desde medidas básicas como cifrado, autenticación y monitoreo.
- Medir y ajustar: evaluar continuamente si las medidas funcionan y corregir a tiempo.
- Colaborar: compartir información, buenas prácticas y aprender de otros para reforzar la seguridad digital.
Estas recomendaciones no son solo para empresas: cualquier persona puede adoptarlas para proteger su vida digital.
Además, conviene sumar otras sugerencias prácticas:
- Educa tu “yo digital”: aprende a reconocer phishing, enlaces maliciosos y correos sospechosos.
- Sé escéptico con los asistentes de IA: supervisa siempre sus acciones; no les concedas permisos sensibles como transferencias bancarias.
- Monitorea tus dispositivos: revisa periódicamente configuraciones de privacidad y seguridad.
- Exige seguridad a las empresas: prioriza apps y servicios con políticas claras de privacidad y protocolos antiabuso.
Aún no tocamos fondo
Si ya somos pocos los que caemos en cuentos como los sorteos falsos, los secuestros virtuales improvisados o los mensajes bancarios fraudulentos, no hemos visto aún todo lo que las mentes criminales pueden hacer. Con la IA, el panorama se complica aún más.
No solo se usa la IA para robar: también existen malwares impulsados por IA. Un caso reciente es el ransomware PromptLock, que utiliza modelos de lenguaje ejecutados localmente para generar scripts maliciosos capaces de evadir detección.
Además, han surgido ataques más sofisticados que emplean IA con autonomía creciente para espiar o manipular sistemas sin intervención humana significativa.
Ese es un llamado claro: la seguridad digital ya no puede ser pasiva. Todos —individuos, empresas y gobiernos— compartimos el mismo tablero, y las reglas cambian constantemente.
La seguridad digital ya no es opcional. Internet, el comercio digital, la banca en línea y la inteligencia artificial llegaron para quedarse. La tecnología ya no es un lujo, y la IA se ha convertido en una herramienta transformadora. Todos debemos colaborar para que estas posibilidades se utilicen como lo que deben ser: instrumentos para hacer la vida más cómoda y segura, no al revés.

