

Gonzalo Lira Galván
Hay películas que se anuncian como promesas y otras que se sienten como destinos. El Frankenstein de Guillermo del Toro pertenece a esta última categoría: no una historia más dentro de su filmografía, sino el punto de convergencia de todas ellas. Desde Cronos hasta La forma del agua, Del Toro había caminado hacia esta criatura, delineando su rostro en cada sombra, en cada ser incomprendido, en cada abrazo que la humanidad se negó a dar.
“Mi primer cruce con la criatura de Frankenstein fue a una edad muy temprana”, me narró Guillermo del Toro hace siete años, durante una entrevista sobre La Forma del Agua. “Vi una figura hermosísima, fragilísima y de gran empatía. Porque Karloff lo interpreta así. Eso me llevó a hacer un santoral de monstruos y desde los once años supe que tenía que adaptar esta historia”, concluyó aquella vez.
Durante años, Del Toro habló de Frankenstein como un sueño infantil. En entrevistas, como la citada, mencionaba su fascinación por las ilustraciones de Boris Karloff y las páginas del libro de Mary Shelley. Pero más allá del mito literario o del imaginario cinematográfico, lo que lo atrae es la herida. Shelley escribió su novela con apenas dieciocho años, tras haber perdido a un hijo y vivir bajo la tormenta de un amor imposible. En ese contexto, Frankenstein no fue una advertencia sobre la ciencia, sino un grito de dolor. El acto de crear vida era, para ella, una súplica. Y Del Toro lo entiende así: el monstruo no nace del laboratorio, sino del abandono. Y es en esa intuición donde su lectura se vuelve necesaria.
“Para mí la hermosura del libro es que es una autobiografía de Shelley. O sea, tiene un montón de cosas que si tú conoces su vida, las ves” comenta Del Toro en entrevista durante su reciente visita a México para promocionar finalmente su versión de Frankenstein. “Con la película incluso buscaba zanjar huecos biográficos que no se han usado activamente. La imagen del padre como villano. Eso no está en Frankenstein de Shelley, no, pero está en el resto de su trabajo”, explica apasionado.
En casi todas las historias de Del Toro hay un padre ausente, un niño que se enfrenta al horror del mundo sin la guía de quien debía protegerlo. Es una constante emocional que se repite —a veces explícita, a veces simbólica—: el orfanato en El espinazo del diablo, el padre torturado en Cronos, la niña que inventa refugios imaginarios en El laberinto del fauno. Incluso en obras como Blade 2 y Hellboy hay figuras paternas erráticas. Y en Frankenstein, ese vacío adquiere forma física. El doctor crea vida y, al verla moverse, huye. Es un dios que renuncia al milagro.

Y la criatura, abandonada al frío y al hambre, aprende la crueldad del mundo antes que el lenguaje. En esa primera mirada —ese momento en que el ser recién nacido se ve reflejado en los ojos horrorizados de su creador— está contenida toda la tragedia del siglo XIX, pero también del XXI: el hijo que busca amor en una época incapaz de ofrecerlo.
En el universo visual de Del Toro, la belleza no reside en la perfección, sino en la textura de las cicatrices. Los cuerpos deformes, los insectos, los engranajes, las heridas abiertas: todos participan de una estética que no busca disimular la fealdad, sino convertirla en poesía.
Para Del Toro, “la biografía de la humanidad es una biografía de familias rotas”. Así se refiere a todos los grandes movimientos artísticos: “Como bien lo describe la tragedia shakespeariana, el análisis de la historia está lleno de ausencias de afecto en la edad temprana. La guerra napoleónica o la corrupción política, todo viene de las ausencias de figuras que completan el yo en la infancia. Mi cine habla siempre de la infancia y el horror”, reflexiona el mexicano.
Lo monstruoso, para Del Toro, nunca es antinatural: es lo que la sociedad niega. En ese sentido, su Frankenstein no es una historia de horror, sino de redención y de ternura en la ruina.
Hay algo profundamente autobiográfico en esta elección. Del Toro siempre ha dicho que sus monstruos son extensiones de sí mismo. Los dibuja desde niño, los colecciona, los sueña. No los teme; los cuida. Son sus interlocutores. En Frankenstein, el creador y la criatura son la misma persona. Ambos son artistas: el primero intenta fabricar belleza desde la razón, el segundo desde el sufrimiento.
Del Toro ha construido su carrera en torno a esa mirada: la de quien observa la fealdad y descubre humanidad. Por eso, cuando se apropia de Frankenstein, no lo hace como un homenaje gótico, sino como una confesión. Frankenstein es Del Toro. Y su criatura, su cine.
“Tú fusionas tu identidad con la de algo que quieres hacer. Date cuenta; cuando una canción se renueva con la voz de otro cantante o un arreglo diferente, cambia su peso. ¿Me entiendes? Yo nací para cantar una canción y es esta, como le quieras llamar”, confiesa el tapatío. “Mi canción está compuesta en partes iguales de Ismael Rodríguez y Mary Shelley. También hay algo de mi biografía, del movimiento romántico y ve tú a saber cuánta pedacera formó este monstruo. Porque para mí son tan importantes películas como La Oveja Negra o No Desearás La Mujer De Tu Hijo, como la novela de Shelley”, continúa el director.
Esa es la lección de Del Toro: el monstruo que sobrevive al rechazo es el que aprende a amar a pesar de todo. En un mundo que teme lo distinto, su Frankenstein es un acto de resistencia emocional. Un recordatorio de que la belleza no se fabrica: se encuentra en la herida. Y si el cine sirve para algo, quizá sea para eso: para mirar al monstruo, reconocerlo, y decirle que no está solo.
“El romanticismo para mí son los ingleses mexicanizándose, entrando en el melodrama con gusto”, dice Del Toro con humor. “Y no es accidental que muchísimo del movimiento del romance gótico sucediera en países cálidos como Italia y España. ¿Entiendes? Hay ahí algo de la pasión latina. Por eso para mí el melodrama mexicano es como el romanticismo desatado, ¿no? ‘Pégame, mátame, pero no me dejes’ Ay, cabrón”.

El director y sus actores en la premier de Frankenstein en la Ciudad de México. Foto: Netflix

Guillermo del Toro. Foto: Netflix

