Otro encuentro con recuerdos atrapados en reuniones memorables

 

Con el jet lag cediendo poco a poco ese martes, cuarto día de nuestra llegada, Laura y yo decidimos almorzar la mejor tortilla de patatas que hemos comido en Madrid fuera de la que prepara Maribel en su casa de Torrelodones. El lugar que conocemos para probarla es el Café Santander que queda a unos pasos de nuestro hotel, tan sólo cruzando una avenida. Mientras comíamos esa delicia conversamos de nuestros planes para la jornada.

Laura tenía decidido disfrutar uno de sus placeres que en Madrid nunca se pierde, es decir, el cine, pero no solamente el cine, sino ir al cine y no perdonar comer sus palomitas. En esta ocasión la película seleccionada era de origen iraní, titulada Mi postre favorito. Yo, por mi parte, ese 16 de septiembre decidí continuar mis extravíos por las calles y esta vez fueron las del barrio de Chamberí donde, además de la búsqueda de recuerdos, tenía una cita para comer.

Al salir de tan espléndido desayuno fui a procurar imágenes de calles y paisajes urbanos que viví. Mi destino era la calle Ponzano y tomé un taxi a fin de buscar el número 48 en la esquina con Espronceda para intentar reconstruir algo del tiempo de mi estancia en esa casa y de sus bares, cuando hace ya más de 20 años viví por unos días en el departamento de mi amigo Fabrice Salamanca quien estudiaba el posgrado. Esta mañana de verano no se parecía a la mañana en la que llegué por primera vez a Chamberí, pues en aquella ocasión me recibió el gélido invierno madrileño de febrero. Lo que nunca olvidaré, además del frío, es que al recibirme Fabrice me dijo: “Sólo deja tu maleta y acompáñame”. Salimos del piso y caminamos unos metros para encontrar un bar fundado en el siglo XIX. Al llegar, sin preguntar, mi amigo le dijo al camarero “Pon dos vermús y unos pinchos de jabugo con queso brie”, lo cual agradecí, por esa manera madrileña de quitarse el frío. Al degustar la reconfortante bebida y el sabor único del jabugo mi amigo Fabrice presumió que la calle de Ponzano tenía el récord Guinness de más bares, cervecerías y tabernas en una sola cuadra. No sé si esa marca la sigue teniendo, pero dados mis estudios tabernarios me dejé ir, apoyado de mi bibliografía, la cual señalaba una ruta que seguí de manera desordenada —y, por supuesto, perdiendo mi rumbo más de una vez—, en esta ocasión no sólo por las tabernas — conté siete en esta travesía por el barrio— sino que ahora fui encontrando, sin proponérmelo, unas librerías maravillosas cuyos nombres tuve el cuidado de anotar en mi libreta y aquí se los comparto: Librería Anticuario Bellver, un acogedor lugar especializado en libros de segunda mano; Librería Gaztambide, fundada hace 30 años; otro encuentro fue con la Librería Amapolas, también con ejemplares de segunda mano; y una que me atrajo por su nombre fue la Librería Tres Rosas Amarillas la cual posee una cuidada selección, de acuerdo con su dueño, de autores independientes. Antes de mi mejor sorpresa tomé como aperitivo un coctel en Liberespacio, un espacio cultural que combina librería, café y cocteles. Feliz, después de beber mi gin tonic, mis deliberados extravíos me llevaron al encuentro con una pequeña joya escondida en el corazón del barrio, un lugar especializado en poesía y literatura española. Su nombre no podía haber sido mejor escogido, les hablo de la Librería Antonio Machado. En algunas de estas aparté varios ejemplares para adquirirlos dos días antes de regresar a México —detalle aprendido en nuestros viajes— y así no andar llevando libros a pasear por Portugal y Galicia.

Con el placer de haber estado entre libros y libreros sabios abordé un autobús que me acercó a la calle donde tendría un encuentro con afectos y otras ramificaciones del árbol genealógico de la amistad los que —me he propuesto— deben leerse como coloreados con crayolas en este texto.

En esta ocasión bajé en la parada correcta, muy cerca del restaurante Nájera, donde tuve una gran comida con Salvador Arriola y Ciro Murayama. Frente a unos huevos rellenos y unos boquerones fritos— mientras de segundo compartíamos un increíble solomillo con pimientos del padrón y patatas fritas— los tres construimos una deliciosa tertulia tan sabrosa como los platillos. Ciro nos emocionó al describir los importantes e interesantes proyectos y acciones que realiza la UNAM en España —él es el responsable de la oficina de esta casa de estudios en España—. En la conversación de Salvador aparecieron dos ramificaciones enlazadas de afectos, una viene de que Salvador, como ya sabíamos, es padre de mi entrañable amigo Mikel Arriola a cuya costa, con gusto y humor, esa tarde reconstruimos anécdotas y algunas aventuras. La segunda rama entrecruzada es que Salvador conoció a la familia de Julia Carabias, ya que desde la niñez fue amigo de su hermano, Ramón Carabias, pues ambos estudiaron la primaria en la Academia Hispano-Mexicana. Pero no sólo ahí llegó la relación, también sus padres eran amigos, o sea que Salvador conoció a mi querida amiga Julia desde que ella era una niña.

Más tarde, al estar dando cuenta de una botella de vino Ramón Bilbao, la conversación entre “El Biólogo” y segunda base y Salvador Arriola dio un giro: como una maravillosa alteración del tiempo nos fuimos a nuestros recuerdos beisboleros, específicamente a los que vivimos por separado y sin conocernos aún, en el Parque del Seguro Social, cuando veíamos jugar a nuestro equipo, los Diablos Rojos del México. Ahí, en un restaurante de Chamberí, en el corazón de Madrid, surgieron los nombres de los grandes peloteros de esas épocas —me refiero a los años cincuenta y sesenta—. Ante la mirada atenta de Ciro recordamos a Alonso Perry y a Alfred Pinkston de quien evité presumir algo nuevo para ellos, que ese tremendo jonronero era el padre de un famoso portero profesional, Adrián Chávez; esa historia la reservé para nuestra próxima comida. Hablamos también de otros de nuestros ídolos, Miguel Becerril Fernández y Jorge Fitch, sin faltar en esta lista las hazañas del “Toche” Peláez y el “Abulón” Hernández. Felices como niños recorrimos otros sonoros nombres y equipos de esos tiempos.

Con mucho cariño, los tres amigos nos despedimos; Salvador y yo sorprendidos de que ese deporte y esa época fueran una de nuestras pasiones. A fin de seguir gozando de esta conversación se programó una próxima comida para varias semanas después, tres días antes de mi regreso a México.

Para cerrar este magnífico día, el último de nuestra primera parada en Madrid y antes de volar a tierras desconocidas, fuimos a tapear y charlar con Paloma Díez Mora a quien sentimos como una sobrina, debido a nuestra muy antigua y feliz amistad con su madre, Paloma Mora. El sitio escogido por ella, que ahora es conocedora después de su estancia en la ciudad, fue el Kybey II, una terraza de la arbolada y preciosa Plaza Olavide. Fue un gran final del día conversar con Paloma quien ahora es una joven chispeante e inteligente que nos divirtió con sus andanzas laborales y amorosas. En algún momento de la plática Paloma le propuso a Laura que, mientras yo terminaba de beber mi licor de orujo con hierbas, ellas fueran a conocer una librería ubicada en una de las esquinas de la plaza y me pidieron que las alcanzara al terminar mi bebida.

Me despedí del mesero con quien había intercambiado algunas palabras beisboleras ya que era de origen dominicano. Al llegar al sitio leí el nombre: Olavide, Bar de Libros y cuando veo salir a Laura cargando una bolsa mi rostro no fue de sorpresa sino de desacuerdo, pues habíamos quedado en no comprar más libros hasta los días previos al fin del viaje. Laura esbozó esa sonrisa pícara que conozco… yo no sabía que en esa bolsa llevaba los primeros regalos de mi cumpleaños, que celebraríamos dos días después. Sigan con nosotros en este viaje interminable, Lisboa nos espera.

*Bailarín tropical, apasionado de viajes, bares y cantinas, que desea que estas Vagancias semanales sean una bocanada de oxígeno, un remanso divertido de la cotidianidad.

Un hombre en frente de un local comercial

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Jorge “El Biólogo” Hernández