

Aunque pocos se animan a reconocerlo, la mayoría de la gente le gusta (y mucho) ir de compras.
Más allá de la idea de estatus o rendición a las presiones sociales, los estudios psicológicos coinciden que el shopping, provoca placer, motiva; permite escape de estados de aburrimiento, tristeza, nerviosismo, estrés, ansiedad, depresión; y refuerza, además, el sentido de control personal sobre el entorno especialmente importante en estados de incertidumbre o pérdida de poder. Además, es una actividad que genera en México 5 millones 430 mil empleos directos, mueve miles de millones de pesos diariamente, dinamiza la economía al mantener activa la producción industrial, fortalece la socialización, mejora la calidad de vida.
En el lado negativo, el comercio minorista es responsable de una cuarta parte del total de emisiones globales de gases de efecto invernadero. Este aporte de contaminantes proviene de emisiones directas como las que provienen de vehículos corporativos y la refrigeración; emisiones indirectas como la electricidad y el clima artificial; aunque el 98% del aporte, especialmente en sectores como moda y productos para el hogar proviene de la cadena de suministro. A eso se tendrían que sumar la cantidad de basura que generan los materiales de empaque y el consumo energético por almacenamiento. Todas estas presiones ambientales se incrementaron a partir de la llegada del comercio digital.
Un escenario muy familiar
Las plazas comerciales, escenarios concebidos para el shopping, empezaron a aparecer en México en 1969 y se fueron popularizando como retos arquitectónicos, espacios de socialización e impulso al comercio. El modelo provenía de los malls norteamericanos, surgidos en 1959 inspirados probablemente en los antiguos mercados y pasajes comerciales europeos y del medio oriente.
Los primeros grandes centros comerciales del país abrieron en Guadalajara, Plaza del Sol, y Ciudad de México, Plaza Universidad. En Morelos tardaría más de una década en construirse Plaza Los Arcos, en los ochenta (donde ahora se ubican las oficinas de Infonavit y el módulo del Instituto Nacional Electoral en la avenida Plan de Ayala). En junio de 1990, Plaza Cuernavaca desplazó a la pionera; luego vendrían Galerías, Averanda, y Forum (ahora Grand Outlet) con lo que lograron la experiencia más integral que hoy conocemos como shopping o ir de compras y que incluye almuerzo o comida rodeado de aparadores, una eventual golosina, probablemente ir al cine y, por supuesto, visitar varias tiendas para adquirir bienes de consumo duradero.

Las plazas comerciales no reemplazaron totalmente a los pasajes comerciales, o a los comercios establecidos en zonas como los centros de las ciudades; pero pronto se convirtieron en los favoritos de los consumidores por la facilidad para encontrar mercancías diversas en un solo espacio cerrado y seguro.
Las plazas comerciales, escribe Julieta García González en la Revista de la Universidad de México logran lo que se conoce como Efecto Gruen: “esa sensación que posee a los visitantes de una plaza comercial de grandes dimensiones: no se sabe bien si es de día o de noche, si se está andando en círculos o cuántas horas han pasado desde el arribo. Hay una disociación con la realidad que dura mientras las personas se entregan al consumo y que se debe a una serie de factores planeados… y perfeccionados con el paso del tiempo… son lugares cerrados, con clima controlado; hay música de fondo o ruido blanco; la iluminación artificial se mantiene estable, sin que la afecten los cambios externos; hay lugares para comer e instalaciones sanitarias. Se bastan a sí mismos, pues”.
Y funciona, el frenesí de consumo existe y puede resultar adictivo o altamente irresponsable. La experiencia del shopping es placentera, paradójicamente hasta en las condiciones más molestas, cuando las plazas comerciales se abarrotan por temporadas de alto consumo como el Día de las Madres, el Buen Fin, o la época navideña; el martirio de la aglomeración, la espera, la búsqueda, se ve recompensado con la adquisición final, un ticket que representa una o varias mercancías adquiridas después de un enorme y autoimpuesto sacrificio.
¿La plaza trasladada al móvil?
La pandemia por Covid-19 aceleró la transición del shopping a las plataformas digitales. Las grandes plazas comerciales acataron el cierre por pandemia y muchos locales, particularmente los pequeños fueron a la quiebra. La salvación para las grandes tiendas fueron las ventas en línea. Los medianos y pequeños negocios encontraron en las plataformas de distribución, Amazon y Mercado Libre, principalmente, formas de continuar su actividad comercial durante el año y meses que las plazas no operaron a su capacidad.
Curiosamente, la rápida transición obligada por la pandemia permitió formar un sentimiento de nostalgia por ir de compras. Cuando la pandemia lo permitió, la reapertura de las plazas y centros comerciales con estrictas medidas de seguridad concentró a miles de personas que aguardaban pacientes en largas filas poder entrar a sus tiendas favoritas o solo dar un recorrido por los pasillos frente a los enormes aparadores; creando una memoria que miles de consumidores aquilatan en algún rincón. Lejos de extinguirlas, las plazas comerciales han empezado a aprender a convivir con el comercio en línea; algunas cadenas de tiendas han optado por modelos híbridos que permiten hacer compras digitales en el local comercial o recogerlas en el sitio (pickup).
De acuerdo con la Asociación Mexicana de Ventas Online (AMVO), en el 2024, el comercio electrónico logró un valor de 789 mil 700 millones de pesos en el país, una cifra 20% mayor a la del año anterior; la disponibilidad (24 horas los siete días de la semana) de las plataformas de ventas digitales. Las proyecciones indican que el comercio en línea crecerá hasta 24% por lo menos hasta el año entrante, en que se estima un valor de casi 1.23 billones de pesos.
A pesar de sus sólidos intentos que combinan algoritmos para fortalecer las opciones de compra con la comodidad de estar disponibles siempre en los teléfonos móviles, las compras digitales no han logrado desplazar la experiencia social del shopping.
Un sólido generador de empleos… informales
El comercio retail (al menudeo) genera en México 5.43 millones de empleos en establecimientos. De acuerdo con Data México el 55.9% de los trabajadores del sector son informales que trabajan cinco y medio días de la semana por un sueldo mensual promedio de 4 mil 570 pesos. El 3.26 por ciento de los trabajadores tienen un segundo empleo para mejorar sus ingresos.
La misma plataforma reporta que en el 2025, en Morelos hay 96 mil empleados en el sector comercial, un 10% más de los registrados en el 2024; pero el tiempo de ocupación y el salario han caído en 40.7% para el sector, al pasar de 2 mil 190 a mil 300 pesos mensuales; además, el estado registra una tasa mayor de empleos informales en el sector comercio con 57.8%, que equivale a 55 mil 488 personas.
El costo ambiental del placer culposo
Es cierto que el shopping sea en plazas, corredores comerciales abiertos o plataformas digitales es uno de los placeres y experiencias de socialización más importantes generados por la sociedad de consumo, pero también debe reconocerse el daño ambiental que provoca para intentar reducirlo al mínimo. La huella de carbono del comercio es alta y se ha incrementado con las plataformas digitales que requieren alto consumo eléctrico en centros de distribución, refrigeración en cadenas de frío, manejo de residuos y procesamiento de datos en servidores; además de transporte de mercancías internacional, nacional y de última milla en los envíos.
Hay un costo ambiental también en las devoluciones, que en México representan el 23% de las compras online, y significan reempaque, manejo en los centros de distribución y reexpedición. De hecho, casi uno de cada cuatro productos vendidos en línea pudo haberse ahorrado su procesamiento y con ello su impacto ambiental. En el caso de la moda, uno de los departamentos con mayor impacto ambiental, la tasa de devolución es mayor al 30%.
En el caso de Morelos, datos de la Secretaría de Desarrollo Ambiental reportan que la basura generada diariamente por empaques (plásticos, papel y cartón) alcanza el 20% de las mil 72 toneladas de desechos que se generan diariamente. Es decir, los morelenses tiran diariamente poco más de 214 toneladas de empaques de mercancías adquiridas. En Cuernavaca, la capital del estado y la ciudad más poblada y con mayor aporte en generación de desperdicios, la basura de empaques casi llegaría a las 94 toneladas diarias.
El aporte de carbono de los centros de distribución de comercio digital, sin embargo, sigue siendo menor que el de las tiendas físicas hasta en un 40%.
El crecimiento exponencial que ha tenido en México el comercio digital en la última década agrava los daños ambientales con un aporte relevante en emisiones del transporte de mercancías, la generación de residuos por empaques y un altísimo consumo energético. En regiones como Morelos donde el destino final de los residuos es un problema no resuelto, el aporte de contaminantes del shopping digital se ha sumado al que ya representaban las experiencias de compras físicas.
La moda, el gran contaminante
Esos jeans que Lupita piensa comprarse para ir a la fiesta de la oficina consumieron alrededor de 7 mil 500 litros de agua en su fabricación; la camiseta de algodón de Miguel usó 2 mil 700 litros. La industria de la moda es responsable del 20% de la contaminación mundial del agua potable según la Organización de las Naciones Unidas; utiliza 93 millones de metros cúbicos de agua, lo que satisfaría las necesidades de 5 millones de personas. Además, la industria textil es responsable del 10% de la emisión de gases de efecto invernadero, más que el transporte aéreo y marítimo juntos.
En contraste, el mundo genera 92 millones de toneladas de residuos sólidos textiles, de los que se recicla apenas el 1%. El fenómeno del fast fashion ha provocado además que se reduzca el número de veces que se utiliza una prenda a solo 7 o 10, lo que provocó que entre 2000 y 2014 la producción de ropa se haya duplicado. Estas tendencias aumentan la cantidad de basura textil con lo que medio millón de toneladas de microfibras industriales van a dar a los océanos.
El impacto ambiental de la moda ha empezado a controlarse a partir de acciones emergentes, como el tránsito a la economía circulas que implica reducir el consumo de recursos; el uso de materiales sostenibles; la incorporación del slow fashion que incentiva la adquisición de menos prendas pero de mayos calidad y duración; la reutilización de las prendas que ha provocado el auge de los mercados de segunda mano y el supra reciclaje que supone transformar los materiales de desecho en otros de mayor calidad, utilidad o valor.
La usabilidad contra la obsolescencia programada
La usabilidad es un concepto relativamente nuevo que se define como la forma en que un producto puede ser usado para conseguir objetivos específicos con efectividad, eficiencia y satisfacción, hay una norma internacional la ISO 9241 11 que establece los parámetros que se deben cumplir para considerar un producto como usable a cabalidad.
La usabilidad se incluye cinco pilares independientes: facilidad de aprendizaje, eficiencia, memorabilidad, prevención de errores y satisfacción todos aplicables a la experiencia en el uso del producto.
Los hábitos de consumo de la gente han variado de forma profunda de la compra por impulso a la adquisición por propósito. Los compradores priorizan la durabilidad y eficiencia, investigan y comparan de forma intensiva, prefieren los productos locales y los auténticos, buscan la personalización y adaptabilidad de los productos. Además, privilegian las opciones rápidas, accesibles, flexibles, sin renunciar a la calidad ni la experiencia.
El concepto en sí mismo, y las preferencias del consumidor está reñido con la obsolescencia programada o prematura, que imponen algunos fabricantes desde el diseño de su producto y a la que estamos familiarizados desde que los teléfonos móviles y las computadoras personales se convirtieron en parte de nuestra vida.
La obsolescencia programada es una práctica que permite generar mayores ingresos por compras más frecuentes provocando una demanda acelerada que no considera al consumidor ni las consecuencias ambientales. Aunque el concepto es antiguo (data de los fabricantes de focos de filamento) se ha vuelto una constante y extendida molestia para los consumidores actuales especialmente en las industrias de cómputo, telefonía móvil y electrodomésticos.
La práctica ha generado una acelerada acumulación de basura electrónica, que pasó de 41 a 62 millones de toneladas entre 2014 y 2022, según un reporte de Iberdrola. La Procuraduría Federal del Consumidor reportó que en México se generan 1.2 millones de toneladas de basura electrónica cada año.
Frente a esas prácticas, el concepto de usabilidad se ha convertido en un imperativo económico, ambiental y social que los consumidores han entendido de forma emergente. Hoy se valora la durabilidad, reparabilidad, transparencia y sostenibilidad ambiental en las decisiones de compra, lo que empieza a obligar a las empresas a repensar el diseño, fabricación y comercialización de sus productos.

El shopping es una experiencia psicológica, social y económica positiva. La concurrencia a plazas comerciales favorece la convivencia y mejora el estado de ánimo. En la imagen Plaza Averanda en Cuernavaca. Foto: Cortesía

La industria textil es una de las más contaminantes, no solo por su actividad, sino por la alta generación de residuos, sólo el 1% de las prendas se reciclan. Foto: Gaceta UNAM

La basura de empaques es uno de los aportes contaminantes que han aumentado exponencialmente con el comercio electrónico. Foto: Smurfit Westrock

El movimiento por el derecho a reparar los productos que se adquieren surgió a partir de la ampliación de prácticas de obsolescencia programada, una forma de obligar a la adquisición de productos nuevos sin considerar al consumidor ni al medio ambiente. Foto: Cortesía

