

D.H.C. Manuel Gómez Vázquez*
El culto a la muerte era uno de los elementos más importantes en las culturas prehispánicas; cuando alguien moría, lo enterraban envuelto en un petate y se organizaba una fiesta para despedirlo en su camino al Mictlán, asimismo le colocaban la comida y bebidas que le agradaban en vida, en la creencia de que podría sentir hambre y sed durante el viaje.
La visión indígena del Día de Muertos se entendía como un retorno transitorio de las ánimas de los difuntos, quienes regresan a casa, al mundo de los vivos, para convivir con sus familiares y al mismo tiempo, para nutrirse con la esencia de los alimentos que se les ofrecían en los altares puestos en su honor. La muerte no representaba una ausencia, sino una presencia viva; para las culturas originarias mesoamericanas, la muerte no era el final sino un ciclo constante. Para ellos la muerte no era un pesar, sino un tributo a la Madre Tierra, finalmente todos vamos a morir, lo realmente importante era cómo se moría, la forma de llegar a este punto y esto se basaba en la manera en que se había vivido, lo que se había hecho durante el periodo de existencia.
Los cuatro destinos para las almas
Para nuestros ancestros, el sitio donde iban todas las almas de los muertos se encontraba muy al norte y al interior de la tierra. La cultura mexica, toma concretamente la cosmovisión de las creencias nahuas referentes al espacio y al tiempo, mediante un universo estructurado de parcelas o regiones determinadas por unas fuerzas vivas, hechas posteriormente al nacimiento de los «dioses primordiales» (Omecíhuatl y Ometecuhtli), por los llamados «dioses creadores» (Xipetótec, Tezcatlipoca, Quetzalcóatl y Huitzilopochtli). Para ellos cuando alguien moría, tenía cuatro destinos:
El primero era el Ilhuicatl Tonatiuh (Camino del Sol) o Tonatiuhichan, o también llamada como “casa del sol”, un sitio para resguardar tras su muerte, a tres tipos de difuntos: los guerreros muertos durante las batallas, los capturados para el sacrificio y las mujeres que morían en el parto. Las personas que morían por estas causas ya no iban al Mictlán, por sus acciones valerosas, iban directamente a la casa del sol.

El segundo era el Chichihuacuauhco (lugar del árbol amamantador), al que iban los bebés muertos para ser amamantados por un enorme árbol nodriza, hasta que recobraran las fuerzas suficientes para volver a nacer.
En el tercero estaba el Tlalocan, un paraíso al que llegaban todos los que morían por el agua (ahogados, tocados por un rayo o de hidropesía).
El cuarto, tal vez el más conocido por todos en la actualidad, era el Mictlán, también llamado “el reino de los muertos” destinado para todos, exceptuando como ya dijimos, a los que fallecían por causas de guerra, agua o parto y los bebés. Este tenía 9 niveles, 8 de los cuales eran retos muy extremos que las almas debían vencer, para llegar al lugar 9 y finalmente, alcanzar el descanso eterno.
Los 9 niveles que alma recorría hacia el Mictlán o Chiconauhmictlán
Primer nivel: Apanohuaia (El río del más allá).
También llamado Itzcuintlán o “lugar de perros”, este sitio estaba a la orilla del caudaloso río Apanohuaia o Apanohuacalhuia, el alma debía atravesarlo y para ello contaba con la ayuda de un xoloitzcuintle de color pardusco, pero éste solo ayuda a quienes respetaron a los perros en vida.
Mensaje: El respeto abre el camino.
Segundo Nivel: Tepectli Monamictlán (El lugar de los cerros que se juntan).
En este nivel se dice que existían dos enormes cerros que se abrían y se cerraban, chocando entre sí de manera continua. Los muertos, por lo tanto, debían buscar el momento oportuno para cruzarlos sin ser triturados.
Mensaje: El valor es avanzar aun en el peligro.
Tercer Nivel: Itztépetl (La montaña de obsidiana).
En este lugar se encontraba un cerro cubierto de filosísimos pedernales de obsidiana que desgarraban los cadáveres de los muertos cuando estos tenían que escalarlos para cumplir con su trayectoria.
Mensaje: La transformación duele, pero eleva.
Cuarto Nivel: Itzehecayan (El lugar del viento de obsidiana).
Era un sitio desolado de hielo y piedra abrupta. Se trata de una sierra con aristas cortantes compuesta de ocho collados en los que siempre caía nieve, aquí los vientos helados eran tan cortantes, que desgarraban los restos del cuerpo astral.
Mensaje: Aquí el alma se libera de lo material.
Quinto Nivel: Paniecatacoyan (El lugar donde la gente vuela y se voltea como banderas).
Se dice que este lugar se ubicaba al pie del último collado o colina del Itzehecayan, aquí los remolinos del viento arrastraban las almas sin dirección, hasta que finalmente eran liberadas para pasar al nivel siguiente.
Mensaje: Rendirse al proceso es parte del viaje.
Sexto Nivel: Timiminaloayan (El lugar donde la gente es flechada).
Aquí existía un extenso sendero a cuyos lados manos invisibles lanzaban puntiagudas saetas de todas partes, para acribillar a las almas de los muertos que lo atravesaban, no había refugio alguno. Estas eran saetas perdidas durante las batallas.
Mensaje: Enfrentar el pasado y aceptar lo vivido.
Séptimo Nivel: Teocoyohuehualoyan o Teyollocualoyan (Donde te comen el corazón).
Aquí enormes Jaguares Sagrados abrían el pecho de los muertos para devorar sus corazones.
Mensaje: El ego cae; solo queda lo esencial.
Octavo Nivel: Izmictlan Apochcalolca (Laguna de aguas negras).
Un río oscuro y profundo que representa el olvido. Aquí el muerto terminaba de descarnarse y su tonalli (su alma), se liberaba completamente del cuerpo.
Mensaje: Soltar por completo la vida pasada.
Noveno Nivel: Chicnahuimictlán (La liberación final).
Aquí el muerto debía atravesar las nueve aguas de Chiconauhhapan y, una vez superado este último obstáculo, su alma sería liberada por completo de los padecimientos del cuerpo, para ser recibida por Mictlantecuhtli y Mictecacihuatl, esencia de la muerte masculina y femenina respectivamente, para descansar en paz eterna.
Mensaje: La muerte es retorno. Todo vuelve a la Madre Tierra.

*Gobernador Superior Indígena y Pluricultural en Morelos.

