Itzel Hernández Lara*

La implementación del Programa Sembrando Vida (PSV) ha implicado un cambio significativo en la política agrícola en México, que se ha traducido en notables resultados a nivel nacional en la producción agrícola a partir de la implementación de los sistemas de Milpa Intercalada con Árboles Frutales (MIAF) y Sistemas Agroforestales (SAF).

Un grupo de árboles

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Parcela en Quechultenango. Fuente: Itzel Hernández.

En décadas previas, las políticas basadas en transferencias monetarias por superficie como Procampo o aquellas dirigidas a la población en situación de pobreza promovieron una imagen de las personas campesinas como destinatarias de “ayudas”, con un marcado carácter asistencialista y carentes de un enfoque productivo. El PSV también incluye transferencias monetarias pero su continuidad está sujeta a la participación en actividades productivas dentro de las Comunidades de Aprendizaje Campesino (CAC) con metas establecidas, organización interna y reglas de operación que determinan la dinámica productiva y la permanencia en el programa.

Bocashi en la biofábrica de la CAC El Aguaje. Fuente: Itzel Hernández

En Guerrero, el PSV fue implementado en 2020 y a partir de entonces, ha crecido el alcance del programa. Los informes disponibles señalan que el PSV está presente en 71 municipios de la entidad con 32,985 personas beneficiarias a finales de 2024, con un reporte de 83,657 hectáreas dedicadas a la producción de árboles frutales, forestales, agroindustriales y cultivos anuales. Mango, limón, aguacate, guayaba, guanábana café, cacao, maguey, nopal, Caobilla, Roble Rosa, Tepeguaje, Tepemezquite y Cedro Rojo forman parte de los cultivos reportados.

Vista de cerca de un campo cercado

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Vivero de la CAC Nueva Vida, en Mochitlán. Fuente: Itzel Hernández.

En los municipios de Mochitlán y Quechultenango, al igual que ha sucedido en otras regiones y entidades, la desconfianza inicial hacia el programa y el miedo al engaño dieron paso a una dinámica de organización y trabajo colectivo en las CAC’s para lograr las metas productivas en los viveros y parcelas, la elaboración de productos agroecológicos en las biofábricas y mantener así la producción agrícola. En este proceso, el papel del personal operativo del PSV ha sido fundamental para mantener los procesos de capacitación, seguimiento, acompañamiento y asesoría.

El camino no ha sido fácil, pues no sólo ha implicado la construcción de lazos de confianza y un interesante diálogo de saberes, sino también superar conflictos y dificultades, e incluso, dar de baja a quienes no se comprometen con el trabajo de la CAC. Así pues, el sentido de pertenencia a un grupo, el compromiso con el trabajo colectivo y por qué no, el amor por la tierra y el campo han configurado la experiencia de quienes integran las CACs, superando la visión asistencialista que anteriormente implicaba recibir un apoyo social para la gente del campo.

Un tren en las vías junto a un jardín

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Vivero de la CAC San Isidro, en Mochitlán. Fuente: Itzel Hernández

Sin duda, todavía quedan tareas pendientes en el marco del programa, como fortalecer los procesos de comercialización de los productos agrícolas y la elaboración de productos de valor agregado, la constitución de cooperativas o revisar las condiciones laborales del personal operativo. Sin embargo, es de hacer notar la orientación productiva y agroecológica del programa, las mejoras en las condiciones de vida de las personas y la manera en que el PSV contribuye a procesos de autosuficiencia alimentaria en Guerrero y otros lugares del país.

*Universidad Autónoma del Estado de México

La Jornada Morelos