La inundación

 

En la madrugada del viernes 10 de octubre, los habitantes de los márgenes del Río Cazones en Poza Rica, Veracruz, despertaron con el agua bajo sus pies. Lo que comenzó como una filtración mínima y silenciosa, al cabo de unos minutos se convirtió en un alud de agua ruidosa mezclada con la agitación de la gente que agarraba cuanto podía de sus pertenencias para irse a refugiar con un familiar, amigo o a donde fuera, pero lejos del caudal de agua. Algunos se quedaron, aferrados a su patrimonio y subieron a las azoteas de sus casas para protegerse. Otros no pudieron salir de sus casas y quedaron atrapados. Fue un despertar angustioso y desesperante. Inimaginable.

Apenas el día anterior el clima se mostró sereno y prácticamente sin lluvia. En minutos el agua subió de nivel –de 3 a 6 metros en algunas zonas. La prensa y redes sociales mostraron imágenes de casas de dos plantas apenas sobresaliendo del agua, tiendas departamentales anegadas hasta el tope, un niño agarrándose con todas sus fuerzas a la parte alta de un árbol, autos –y personas– arrastrados por la corriente. Escenas ya vistas en otras ocasiones y en otros lugares, pero no por eso menos dramáticas.

El Río Cazones se forma en lo alto de la Sierra Madre Oriental con las corrientes de ríos y arroyos de Hidalgo y Puebla. Tiene un gran significado cultural y económico para los habitantes de la región, una cuenca de casi 3,000 km2 que abarca varios municipios hasta su desembocadura en la Barra de Cazones, en el Golfo de México. Ha sido una fuente de alimentación importante desde los antiguos pueblos totonacas que construyeron a poca distancia la ciudad del Tajín (600-1200 D. C.) y los huastecos en Castillo de Teayo (1000-1200 D.C.). Varias generaciones posteriores se han beneficiado de la fertilidad de esta tierra y de la pesca abundante.

A principios del siglo XX las compañías extranjeras El Águila y La Huasteca Petroleum explotaron el petróleo de la región, hasta que el Presidente Lázaro Cárdenas decreto la expropiación petrolera el 18 de marzo de 1938. Para el pueblo de Poza Rica, esta fecha es un día de celebración y fiesta. Pero hay otras efemérides que conmemoran tragedias. La ciudad ha vivido la zozobra de accidentes derivados de la actividad petrolera. Escape de gases e incendios en el complejo petroquímico y el azote inclemente de feroces ciclones. El último de ellos, el Grace (2021) afectó miles de viviendas y habitantes.

La reciente inundación hizo rememorar a los habitantes de la ciudad aquella ocurrida en 1999, hasta hace unos días la más grande que se recordaba. Una lluvia continua por más de 72 horas desbordó el río arrasando casas y personas.

Ayer como hoy, se buscan culpables de una situación repetida en la historia de la ciudad. Sin embargo, en las catástrofes naturales no se trata de buscar culpables sino de responsables. Las cuencas hidrológicas del país están perfectamente descritas y las zonas de alto riesgo de desastres están señaladas en el Atlas de Riesgos municipio por municipio. A pesar de conocerlos y de la modernidad tecnológica y satelital existente hoy en día, todavía dependemos de un plan de contingencias obsoleto y dependiente de decretos y censos posteriores al desastre. Esta vez las advertencias meteorológicas de la CONAGUA, basadas en consideraciones científicas, fueron ignoradas. Quienes debieron tomar decisiones de previsión no lo hicieron. Las lluvias y otros fenómenos naturales son inevitables pero la prevención y mitigación de riesgos son responsabilidad de quienes fueron elegidos para gobernar.

Víctor Manuel González