

Como para desagravarlas más que clasificarlas, el Poder ha dado en colocarles adjetivos a las violencias. Así se les ha apellidado física, económica, psicológica, sexual, de género, estructural, simbólica, laboral, patrimonial, en una larguísima clasificación que probablemente ayude a entender la forma final, y hasta a tipificar diversas conductas criminales, pero que a final de cuentas parecieran diluir la dureza de la conducta y su fin común: la negación instrumental de la otredad.
Todas las formas de violencia contra las mujeres por su género tienen la intención velada o manifiesta de negar su existencia, porque así es posible negarles derechos, libertades, propiedades, personalidades, acciones, conductas, sentimientos y dolores. Aunque es obvio que se presentan en diferentes grados, todas poseen ese mismo origen mucho más notorio cuando el agresor justifica la negación de la existencia de su víctima con la exageración de la existencia de otras mujeres: “tengo madre, hermanas, hijas, amigas” suelen decir para negar su intención como si ello borrara la conducta.
En términos mucho más elementales, la violencia es violencia siempre pese a cualquiera de sus posibles adjetivos, tendientes a disfrazar o hasta a confundir para volver inexistentes las faltas, los delitos, y con ello cualquiera de las formas de castigo.
Ayer dos mujeres sobrevivientes de la violencia (como la mayoría de las mujeres de Morelos), y protagonistas de la construcción de una vida de paz a través de su activismo: Andrea Acevedo García y Ariadna Urbina Ayala, fueron reconocidas con la Presea Xochiquetzalli 2025, un reconocimiento a las mujeres que impulsan los derechos y la igualdad de género en el estado.
Esta fue la primera vez que lo confirió a dos personas con trayectorias diversas pero convergentes, y aunque eso podría ser un símbolo de avance, como cada año, la ceremonia de entrega hizo a los presentes oír discursos llenos de durísimas realidades, de históricos pendientes, de heridas que permanecen abiertas en las vidas de miles de víctimas y familiares de víctimas de las más diversas formas de agresión en contra de mujeres.
Los innegables avances en materia de reconocimiento a los derechos de las mujeres llegan a parecer una mentira frente al aumento de las víctimas y al incremento exponencial de los casos de violencia.

No son falsos. Hay mujeres en puestos de toma de decisiones, otras se preparan en las escuelas y universidades o crean microemprendimientos para construir sus futuros de forma autónoma y con ello reducir el riesgo de violencia; hay mujeres, cada vez más en cargos de elección popular y muchas de ellas han incorporado la agenda feminista, o por lo menos una parte de ella en sus programas de gobierno o legislativos.
Pero resultan insuficientes, las normas legislativas por la paridad son siempre combatidas en los tribunales; las resoluciones de juzgadores en materia penal, civil y familiar suelen darse sin perspectiva de género y con daño a las mujeres; las violaciones, acosos sexuales, delitos contra la libertad, lesiones y feminicidios continúan aumentando dramáticamente y la mayoría de ellos siguen impunes. La violencia, esa que solo es violencia, se sigue imponiendo y busca la forma, el adjetivo, para presentarse y cobrar nuevas víctimas.
Y aunque lo necesario es cambiar el modelo de Estado para, como pide el feminismo, derribar al patriarcado; lo urgente es empezar a modificar profunda, total y realmente las estructuras de protección a las mujeres en Morelos para garantizarles el acceso real, permanente y total a una vida libre de violencia. Probablemente esos pasos puedan ser los iniciales para desmantelar el modelo patriarcal y crear una realidad en la que todas y todos quepan; en donde no sea concebible negar la existencia de nadie.


