

Colectivizar la curaduría
*María Olivera
A casi un año de colaboración en el Museo Morelense de Arte Contemporáneo y con la sensación de las últimas lluvias del verano, se acerca un tiempo de reflexión y recuento para encaminar los siguientes pasos del proyecto. ¿Cómo hemos cuidado nuestras intenciones iniciales a lo largo de estos meses y qué cosas se han transformado con el paso del tiempo? ¿Con quiénes seguimos dialogando y hacia dónde debemos y queremos movernos? Hace unos días tuvimos la oportunidad de dialogar con alumnxs de la Facultad de Arte de la UAEM y este encuentro fue un detonante para revisar las formas en que hemos estado desarrollando ejercicios curatoriales desde el MMAC. Bajo el entendido de que este oficio no tiene una manera preconcebida de producirse pues cada exposición, artista, obra y público tienen necesidades distintas y como gestores culturales hemos de atenderlas, surge esta suerte de decálogo que seguirá transformándose con el paso del tiempo.
- De entre las posibilidades, elegir la duda, la pregunta o, en todo caso, una respuesta abierta y cambiante.
La curaduría no pretende decir verdades absolutas ni imponer interpretaciones definitivas. El arte contemporáneo se alimenta de incertidumbres, contradicciones y múltiples lecturas y curar una exposición desde la pregunta significa abrir un espacio para que la obra dialogue con el público, los públicos. El mundo del arte se construye de especulaciones y la curaduría de posibilidades.
- Acercarse a las obras como nos acercamos a los objetos sagrados, como si todo fuera un archivo personal.
La raíz etimológica de curaduría viene del latín cura que significa “cuidado”. De ahí la necesidad de insistir en transformar las maneras en que nos relacionamos con las obras de arte desde el museo. No se trata de una serie de “cosas” para decorar las salas sino de testimonios de procesos creativos en los que lxs artistas han volcado una parte de su vida. Una curaduría sensible implica acercarse a las piezas desde los afectos y, aunque esto devele los intereses personales de lxs curadores de pronto, nos permite establecer un compromiso con ellas, trabajarlas desde la empatía y la responsabilidad.
- Cuando todo falla, confiar en la economía de la amistad.
La amistad como red de apoyo y complicidad es una forma indispensable y genuina de sostener proyectos culturales. En contextos donde faltan recursos, estructuras o reconocimiento institucional, la colaboración se siente como una forma de resistencia y sostenibilidad.

- Partir de la descentralización para atrevernos a hacer otras cosas.
Fuera de los grandes centros culturales también se piensa, se crea y se transforma. Curar desde la «periferia» nos permite desmarcarnos de las lógicas del espectáculo, el mercado y las tendencias globales, aunque estemos conscientes de ellas. Trabajar de manera descentralizada nos da la oportunidad para inventar nuevas formas, narrativas, ritmos y relaciones. Aquí aparece constantemente la pregunta, ¿qué es o puede ser el arte contemporáneo de y en Morelos? ¿Cómo se integran estos diálogos e inquietudes a las comunidades?
- Coleccionamos para darle sentido a nuestras vidas. Lo mismo sucede con la curaduría.
Curar puede ser una forma de ordenar el caos, de vincular ideas, afectos y experiencias. La curaduría es un gesto de interpretación, de edición del mundo: hacer una exposición implica, en cierto modo, construir una constelación y ofrecerla a otrxs.
- Estar siempre un paso o dos o cinco atrás. Dejar a lxs artistas y sobre todo a las obras, ser, estar y comunicar.
El ego curatorial debe ceder ante la fuerza de las obras. Ser curadorx significa también ser mediadorx y acompañante desde la generosidad y el reconocimiento del valor estético, teórico y sensible de las piezas.
- No olvidar a los públicos.
Las exposiciones existen para los públicos: sólo en el encuentro con ellos es que adquieren sentido. Esto implica pensar en accesibilidad, mediación, educación, pero también en empatía hacia quienes va dirigido el proyecto para construir puentes entre las obra y lxs espectadorxs.
- Convivir con las ideas y las piezas día y noche, soñarlas, sentarse a comer con ellas, colectivizarlas.
La curaduría nos habita de modos insospechados de pronto, se cuela en lo cotidiano, se instala en el imaginario aún fuera del horario de oficina. Las ideas nos habitan y para reconocer las posibilidades de las piezas en el espacio expositivo es necesario que aparezcan en conversaciones y momentos íntimos. Curar implica compartir estas obsesiones, abrirlas a otrxs, dejar que se transformen en colectivo como los procesos vivos que son.
- Evitar, en medida de lo posible, repetir fórmulas. Adentrarse en las necesidades de cada exposición.
En tanto acciones vivas y sensibles, cada proyecto expositivo requiere de un pulso particular y de una lógica interna. Repetir fórmulas como la aproximación narrativa, espacial o discursiva puede hacer que la curaduría se vuelva burocrática o predecible. Escuchar lo que pide cada muestra implica apertura, investigación y flexibilidad. La creatividad curatorial está en inventar formas específicas para cada contexto y conjunto de obras.
- Salir del cubo blanco, aunque sea de manera mental.
La idea del “cubo blanco” a veces ocupa más espacio en nuestro imaginario que en el espacio físico. Tomar distancia de esta idea nos permite desafiar las convenciones de neutralidad, distancia y elitismo que muchas veces se impone el arte en el contexto institucional.
*María Olivera. Subdirectora de Investigación del MMAC y crítica de arte.

