

Morena: la fuerza que gobierna sin definirse
En una reunión de amigos, alguien mencionó que los verdaderos enemigos de Morena, están dentro de sus filas. Morena, en stricto sensu, no es un partido político; es un movimiento. Desde su origen, se definió como una fuerza amplia, capaz de aglutinar diferentes corrientes, desde la izquierda histórica hasta sectores sociales desencantados de los partidos tradicionales.
Su eje articulador, más que una doctrina ideológica o una plataforma política, fue el liderazgo de AMLO y el relato de la “Cuarta Transformación”. Esta amplitud le permitió ganar elecciones, pero también explica las tensiones internas que hoy le amenazan.
Dentro de Morena conviven diferentes corrientes: Los fundadores y lopezobradoristas, defensores de una narrativa nacional-popular, centralizada en la figura del líder y con una visión de transformación moral y política frente al neoliberalismo; los progresistas de izquierda social, provenientes de luchas sindicales, feministas, campesinas y ambientalistas, que buscan profundizar la justicia social, la igualdad de género y la defensa del territorio.
Por otro lado, están los pragmáticos y operadores políticos, llegados de otros partidos, enfocados en la maquinaria electoral y la negociación con poderes fácticos, en este grupo están gobernadores y liderazgos regionales, que priorizan la gobernabilidad local y la relación con empresarios y sindicatos estatales; otra corriente es la de los intelectuales y tecnócratas, que aspiran a darle institucionalidad al movimiento con propuestas de políticas públicas y deliberación interna. En esa inercia, se suman muchos chapulines y oportunistas.
El ala más radical de Morena la representan los colectivos feministas, ambientalistas, sindicatos combativos y comunidades campesinas que buscan un cambio estructural, anticapitalista y redistributivo, quienes exigen romper con los megaproyectos, replantear el modelo de desarrollo y cumplir con la utopía de justicia social.

Este mosaico de fuerzas políticas es, su mayor fortaleza y también su mayor debilidad. Cada corriente se siente depositaria legítima del proyecto, lo que alimenta rivalidades y luchas internas. Ante un vacío de visión común, proliferan las contradicciones, las tensiones y las zancadillas políticas. Hoy esas contradicciones y rivalidades son cada vez más evidentes.
La ausencia de una plataforma doctrinaria sólida, de un documento fundacional que unifique visión y misión, deja a Morena atrapado en una ambigüedad: ¿es una maquinaria de poder o un proyecto transformador?
Cada grupo, cada tribu, interpreta la Cuarta Transformación a su manera. Para unos significa decrecimiento y soberanía comunitaria; para otros, alianzas con empresarios y estabilidad macroeconómica; para algunos, igualdad de género y justicia social; para muchos otros, significa centralización del poder en nombre del pueblo. La falta de brújula convierte a Morena en un campo de tensiones que crece y explotará con el tiempo.
En el corto plazo, esta diversidad le ha permitido a Morena ganar elecciones y ampliar su base social. Sin embargo, en el largo plazo, sin una visión común, no hay proyecto compartido; sin misión clara, cada corriente jala por su lado. Hoy Morena, gravita en torno de un liderazgo presidencial; la incógnita es qué sucederá cuando esa figura deje de ocupar el centro.
Morena nació como movimiento y conquistó el poder, pero hoy enfrenta la disyuntiva de consolidarse como partido con una plataforma que le dé coherencia y rumbo, o continuar con la inercia del corto plazo. La historia de la izquierda mexicana ya mostró el destino de las organizaciones sin brújula: divisiones, desgaste y pérdida de legitimidad. ¿Este será también el destino de Morena?

