

Gonzalo Lira
Hablar de Darren Aronofsky es adentrarse en una filmografía que oscila entre lo íntimo y lo cósmico, entre la fragilidad del cuerpo y lo vasto de la trascendencia. Un cineasta obsesivo, lleno de inquietudes y preguntas.
Desde su debut con Pi (1998) hasta su más reciente trabajo, Atrapado Robando, Aronofsky ha explorado una constante: la lucha del ser humano contra sus propias obsesiones, la degradación física y espiritual, y la búsqueda de un sentido absoluto, aun a costa de la autodestrucción.
En Pi, un joven matemático cree haber encontrado el patrón secreto que organiza el universo, marcando la entrada a uno de los grandes temas de Aronofsky: el conocimiento como maldición. La revelación conduce a la locura y sus personajes suelen ser consumidos por la búsqueda de respuestas o absolución.
Pasaron 27 años para llegar a Atrapado Robando, que Aronofsky sitúa en el mismo Nueva York de 1998 que su ópera prima, previo a la caída de las Torres Gemelas. Ahí conocemos a Hank, el personaje principal interpretado por Austin Butler, un ex beisbolista con problemas de alcoholismo, cuya vida da un giro al aceptar hacerse cargo del gato de su vecino, un punk que le pide apoyo para cuidar a su adorable mascota mientras él viaja a despedir a su madre recién fallecida. Como espectadores sabemos que la vida de Hank, como la ciudad que enmarca su arco dramático, están al borde de un colapso.
No es casualidad que Aronofsky regrese desde la ficción al año en el que estrenó su primera película. Con Atrapado Robando, el director explora un nuevo género, la comedia de acción, hiperbolizando desde una vena más humorística que de costumbre los temas que enmarcaron sus primeras películas.

“Los años ’90 son un momento muy especial en la historia del mundo que me interesaba recrear”, comenta Aronofsky. “Hace más de 25 años empecé mi carrera con Pi: El Orden del Caos. Para mí fue un año muy mágico. El mundo era distinto de muchas maneras. Y esta historia tenía más sentido en ese mundo”, explica.
Al igual que en Pi, donde su protagonista sufre de migrañas incontrolables provocadas por un avistamiento directo de los rayos del sol a muy temprana edad, en Atrapado Robando cuenta con un personaje principal que nos remite al mito de Ícaro.
Al igual que el personaje mitológico que quemó sus alas por volar demasiado cerca del sol, el protagonista de Atrapado Robando representa una promesa que perdió la oportunidad de su vida a causa de sus malas decisiones. Si esto suena a un paralelismo con El Luchador (2008) es porque Aronofsky reconoce entre sus obsesiones la exploración de personajes que tomaron la decisión incorrecta en los momentos más cruciales de sus vidas.
“Me atraen mucho las personas que toman riesgos. Me hacen pensar en todas las cosas que casi no logramos en la juventud”, expresa. “Todo lo que pudo salir mal y cómo todo sería distinto. Es algo muy atemorizante. Son personajes a los cuales algo les ha salido mal. Y eso es algo en lo que pienso mucho.”
A diferencia de Requiem por un Sueño (2000), esta vez Aronofsky no recurre a la adicción como el vehículo del protagonista hacia la ruina. El personaje de Hank no busca saciar una necesidad ni llenar un vacío con el alcohol. La adicción es un puente hacia la búsqueda de la autodestrucción. La culpa es el motivo.
En 2006, con La Fuente de la Vida, Aronofsky se adentró en una fábula mística que entrelazaba tres líneas temporales. El amor, la muerte y la inmortalidad se convierten en un solo relato donde la culpa también sirve de motivación con un solo objetivo: la lucha por vencer al tiempo.
En La Fuente de la Vida la obsesión ya no es destructiva sino una vía hacia lo eterno. No en vano es la película más ambiciosa y divisiva de Aronofsky, pero también la que mejor condensa su interés en lo espiritual y lo corporal como dos caras de la misma moneda. El tiempo es el lienzo en el que plasma su exploración. Y es en un lienzo similar que dibuja la historia de Atrapado Robando, donde los días y las noches se amalgaman.
“Me interesaba hacer algo en la tradición de películas como After Hours de Martin Scorsese, donde las cosas se van enloqueciendo conforme avanza el tiempo”, explica Aronofsky. “También quería contar la historia de un joven pueblerino en la gran ciudad. Me parecía una historia interesante. Porque así es Nueva York. Todos hemos tenido una noche de esas, en donde una cosa lleva a la otra y todo se enloquece. Es el tipo de película que quería hacer”.
En todos sus filmes, Aronofsky enfrenta a sus personajes con una pregunta radical: ¿qué estás dispuesto a sacrificar para encontrar la verdad, la belleza o el amor? La respuesta, invariablemente, pasa por la renuncia al cuerpo, a la cordura o incluso a la vida misma. Su cine es un espejo incómodo de nuestras ansias por un absoluto: muestra que el deseo de sentido puede ser sublime, pero también devastador.
Darren Aronofsky no filma héroes; filma mártires modernos que, como Ícaro, se consumen al rozar el sol. Su filmografía es, en última instancia, una meditación sobre los límites -del cuerpo, de la mente, de la fe- y sobre la belleza oscura que habita en esa frontera.


