

Postales de un viaje enviadas a mí mismo
A sabiendas de cómo es de tardado e impredecible el correo de tu país te enviaré estas postales, juntando en un solo sobre las de varios días para que no pierdas ritmo al saber de mis andanzas.
Aquí te envío el primer sobre con timbres de Madrid.
Nueva York, 18 de abril.
Te escribo desde el metro durante el trayecto de la estación Jamaica, la más cercana al aeropuerto JFK, con rumbo a Columbus Circle. Ahí haré conexión con la Línea 1, que me llevará a la parada City College, luego solamente caminaré dos cuadras para llegar en la parte oeste de Harlem a la casa de mis amigos Genaro Otero, su esposa Marian y su hijo Lucas quienes me darán hospedaje.
Mientras pensaba en las líneas con las que te mandaría un saludo, sentado y apoyado en mi maleta, subieron al vagón dos personas de mediana edad, una de ellas llevaba una guitarra, la otra portaba un pequeño sombrero gris de ala corta. Sin esperar nada más que escuchar un sonido, luego otro, y así de poco dejarme sorprender por la música, sin preámbulos, uno de ellos empezó a chasquear los dedos de ambas manos con el swing inconfundible de los músicos de color, e inmediatamente después su compañero tocó las cuerdas de su guitarra y los dos, con voces agudas, roncas y perfectamente afinadas, vocalizaron con ritmo: “Take one fresh and tender kiss. Add one stolen night of bliss. One girl, one boy. Some grief, some joy. Memories are made of this”.

Pasmado de emoción me dije internamente: “Ya llegué, estoy una vez más en esa vibrante película llamada ‘Ciudad de Nueva York’”. Y también lancé otro pensamiento, pues al oír aquella canción, hecha famosa por Dean Martin, estos señores removieron mis andanzas y travesías, todas ellas hechas de recuerdos.
Madrid, 21 de abril.
Te cuento que llegué a Madrid, cansado y sin dormir bien del viaje procedente de Nueva York; sin embargo, muy contento de volver a España y, sin duda, de pensar en lo primero que haría al llegar a donde me hospedo: dejar mis maletas en la entrada del edificio y, sin pensarlo, entrar por la puerta contigua, es decir, la del bar El Casal de Pepa, pedirle a Edu que me tire una caña como él sabe hacerlo, muy fría y con la presión exacta, y a Paco que me ponga una tapa de lo que haya preparado ese día. Después de cumplir con ese acto ritual me comuniqué con mi anfitriona para que bajase de su apartamento a acompañarme en esta bienvenida.
Úrsula Murayama bajó de inmediato del quinto piso, acompañada de su luminosa sonrisa, para recibirme una vez más en su tierra adoptiva. Mientras tomábamos nuestra cerveza decidimos ir a comer un jamón de bellota, unas morcillas de Burgos y unos callos a la madrileña en la Bodega Estebaranz, el bar que queda a cinco minutos de aquí. A la hora de los postres Úrsula me sorprendió con dos regalos: un increíble libro que Pau, su esposo, me compró en una librería que lleva un nombre redondo: “Madrid me Mata”, y cuyo contenido merecerá un día una crónica detallada. Su título lo dice todo, Tabernas y tapas en Madrid. Guía de tabernas madrileñas con historia. El otro presente, igualmente emocionante, consistió en unas entradas para el día siguiente a un espectáculo de flamenco. Eso —estarás de acuerdo, querido Biólogo— es lo que se llama ser recibido espectacularmente en España.
Sábado 22 de abril, Plaza Conde de Casal 8, Madrid.
Salgo esta mañana para acompañar a Pau al mercado del barrio. Él va en busca de lo que se preparará en casa para la comida y, para mi fortuna, en el camino me advierte que ese mercado tiene un pequeño bar donde se desayuna de puta madre, y agregó, “Antonio, el dueño, prepara unas empanadillas de atún a la gallega fantásticas”. No exageraba mi amigo, me comí tres, y además no pude resistir una ración de bacalao en salsa de pisto elaborada con pimientos, tomate, ajo y calabacín que estaba increíble, mientras Pau seleccionaba las gambas rojas, una lubina completa, algo de salmón fresco y, por recomendación del encargado de la pescadería, unos barbechos para prepararlos al vapor. Al salir del mercado, en el rostro de Pau no sólo se percibía la satisfacción de sus compras, sino la del chef que sabe que lo que guisará será un manjar para los comensales.
Debo compartirte algo importante: durante esa espléndida comida fuiste bajado drásticamente de categoría climática. Como recordarás, por años en España fuiste conocido como “Vendaval”, pero Pau Costa al verme tan cansado por los efectos del jetlag de un viaje tan largo, me rebautizó como “el Vientecillo Hernández”, apelativo que se me quedó por todo el tiempo de mi estancia en ese viaje. Ni modo, Biólogo, en esa categoría de tormenta quedaste por más esfuerzo que hiciste por recordar aquellos viejos tiempos cuando eras un remolino que mereció el sobrenombre de “el Vendaval Mexicano”.
Noche del 22 de abril, Plaza Santa Ana, Madrid.
Salimos de casa en un taxi, como a las seis y media de la tarde, con rumbo a la Plaza de San Ana. Lo hicimos con tiempo para evitar el atasco común de un sábado madrileño. El chofer nos dejó en una de las esquinas de esa plaza que conociste hace décadas, guiado por tu amigo Fallo Cordera, cuando buscaban una taberna hoy desgraciadamente desaparecida llamada Los Gabrieles.
Úrsula, Pau, Laura y yo atravesamos la emblemática plaza de esta ciudad hasta dar con el núm. 15 de la calle Plaza Santa Ana. Fuimos puntuales con el flamenco que nos esperaba. En ese momento ya estaba con nosotros Maribel, la organizadora de esa velada. Entramos todos, felices, al Tablado Flamenco 1911 donde te reciben ofreciéndote de cortesía una copa de vino o una cerveza, si así lo deseas. El lugar es pequeño y muy acogedor, con la virtud de que todos los asistentes quedamos muy cerca del tablado. El espectáculo es imposible de describírtelo en toda su intensidad, pero te lo imaginarás al saber que escuchamos a dos grandes guitarristas, y un hombre joven que tocaba el cajón de las percusiones para acompañar a dos extraordinarios cantaores que, como debe ser, cantan todas sus canciones sentados en sus sillas. Después de la primera pieza, aparecieron para completar el show dos bailaoras y un bailaor nacidos con “duende”, como se le dice a esa sensibilidad en el argot gitano.
Los conoces bien y sabes que Laura y el Biólogo se emocionaron hasta las lágrimas. Al terminar esa gran presentación y para no perder el sabor del sur de España nos fuimos a deleitar con la comida del restaurante La Alhambra donde para el gusto de todos se incorporó Javi, un gran amigo a quien conociste hace años en la boda de Ciro y Marta. Después, para cerrar la noche, fuimos a tomar como digestivos unos finos, manzanillas y amontillados de Jerez en una taberna fundada en 1920 —que también conoces porque hace años te llevó Ciro Murayama a ese lugar el cual se ubica en el núm. 17 de la calle Echegaray— y que lleva por nombre La Venencia. ¡Qué más se puede pedir para una noche redonda en Madrid!
*Bailarín tropical, apasionado de viajes, bares y cantinas, que desea que estas Vagancias semanales sean una bocanada de oxígeno, un remanso divertido de la cotidianidad.

Imagen cortesía del autor

