Sapere Aude: el riesgo de crear

Cristo Contel*

El uso público de la razón es aquel que cualquier ciudadano ejerce, en tanto ser humano, para dirigirse a la comunidad entera. No es la razón al servicio de un puesto, de un cargo o de un beneficio inmediato, sino la razón como bien común, como derecho y como deber.
Immanuel Kant

(Rara vez cito; prefiero comprender y reelaborar lo que otros piensan. Mi impulso suele estar más en la acción que en la palabra, pero en este caso la cita fue —y seguirá siendo— necesaria).

En contraste, el uso privado de la razón se ajusta a funciones concretas: un militar obedece, un sacerdote adoctrina, un funcionario aplica normas. Allí el pensamiento se encuentra limitado. Pero en el espacio público la voz adquiere otra dimensión: se abre al diálogo y al cuestionamiento.

Los griegos llamaban idiotes a quienes renunciaban a participar en la vida de la polis. El “idiota” no era el carente de inteligencia, sino aquel que se confinaba a su esfera privada, que se negaba a intervenir en lo colectivo. De ahí la intuición que conviene recuperar: la incapacidad de pensar por uno mismo es dejar que alguien más te diga qué pensar.

En el terreno del arte, esta idea cobra un matiz especial. Ser artista no es únicamente producir objetos estéticos; es, sobre todo, aceptar el llamado a pensar por ti mismo y a cruzar un umbral. Es el inicio de la aventura mítica: ese momento en que el héroe abandona lo conocido para enfrentarse a lo incierto. Cada viaje creativo, cada gesto auténtico, comienza con un riesgo.

El artista que se repliega en su estudio sin abrirse al ágora se acerca a la figura del idiotes. Su obra puede ser técnicamente impecable, pero carecerá de resonancia pública si no se atreve a ponerla en juego en el espacio común, a confrontarla con otros imaginarios. Cruzar el umbral significa, entonces, exponerse: a la crítica, a la incomprensión, incluso al fracaso. Pero también implica generar la posibilidad de diálogo, de transformación, de comunidad.

En la práctica curatorial y en la vida de los museos ocurre algo semejante. El espacio expositivo no es un santuario cerrado, sino un territorio de cruce: ahí convergen artistas, públicos, discursos y memorias. Cuando un museo se limita a administrar colecciones sin abrirse al debate, se vuelve también idiota en el sentido griego: se repliega en sí mismo. La vitalidad del arte contemporáneo surge precisamente de su capacidad de resonar con los dilemas sociales.

Kant nos invitaba a sapere aude, atrévete a saber. Campbell nos recuerda que ese saber exige un umbral que cruzar. Y Jung nos advierte que los arquetipos que movilizamos no son solo personales, sino colectivos. El arte, entendido así, no es adorno ni mero entretenimiento: es un campo de pruebas donde se ensaya el uso público de la razón y donde se modelan las narrativas con las que una sociedad se piensa a sí misma.

El cruce del umbral, para el artista, es abandonar la comodidad del gesto privado y lanzarse a la intemperie del diálogo. Es arriesgarse a que la obra no guste, pero también confiar en que ese riesgo abrirá un espacio nuevo. Porque solo así se cumple el destino de la creación: no hablar para sí, sino hablar con los otros, y a veces hablar por ellos.

La Jornada Morelos