

Cuando la política secuestra el lenguaje
Desde el sexenio pasado nos acostumbraron a calificativos tales como chairo, fifí, aspiracioncita, conservador, neoliberal y otras “linduras” que se volvieron parte del lenguaje político. Algunos calificativos, incluso, nos confundieron, como el de intelectual orgánico, expresión que se volvió cotidiana en el vocabulario oficial.
En la política, el uso de las palabras nunca es inocente. Durante el sexenio pasado, el presidente utilizó reiteradamente el calificativo de intelectuales orgánicos con tono despectivo, para referirse a pensadores y académicos que (desde sus datos) están alineados con los intereses de élite. De acuerdo con su narrativa, lo orgánico es casi sinónimo de subordinado, vendido o servil.
El concepto, intelectual orgánico, lo acuñó el pensador marxista Antonio Gramsci, para explicar que, todo grupo social que busca consolidar su hegemonía genera sus intelectuales orgánicos, para construir, articular e interpretar su visión del mundo. El uso del término revela una paradoja, ya que, quienes hoy detentan el poder, y descalifican a los intelectuales orgánicos, tienen también sus propios “intelectuales orgánicos”, que construyen su relato legitimador.
Para Gramsci, intelectual Orgánico significa que no es externo ni ajeno a la clase que representa, sino que está integrado a ella como un órgano lo está al organismo. En este sentido, lo orgánico nos remite a los órganos que componen un cuerpo vivo, a la armonía donde cada parte cumple una función en relación con el todo.
Bajo esta lógica, lo orgánico no encaja en una connotación negativa. Por el contrario, evoca integración, coherencia y vitalidad. El problema está en el secuestro que los políticos hacen del lenguaje, que no se limita a un tecnicismo, sino que tiene consecuencias profundas en varios ámbitos:

En lo cultural, empobrece el debate público, pues convierte conceptos complejos en etiquetas desechables. En el terreno simbólico, erosiona significados compartidos. Palabras que antes iluminaban realidades complejas quedan reducidas a dardos retóricos. Y en el ámbito de la violencia, el deterioro del lenguaje prepara su terreno.
Cuando los términos se usan para descalificar al otro, se normaliza la exclusión y se justifica la agresión. La historia está llena de ejemplos donde la manipulación de las palabras antecedió a la violencia física.
La “cuota de género” es otro ejemplo. Bajo la bandera de la equidad, los políticos crean un concepto mecánico para el reparto de cargos públicos con “cuotas” específicas para las mujeres. La equidad de género es mucho más que cifras y repartos. Al reducir la equidad a una “cuota”, se distorsiona el sentido y se banaliza una lucha social de siglos.
El secuestro del lenguaje alcanza su máxima ironía cuando un político, célebre por sus desplantes y contradicciones, defiende su vida de lujos con una pirueta semántica, sosteniendo que la austeridad republicana es de las políticas públicas, por tanto, yo no tengo ninguna obligación personal de ser austero. Así, lo que fue estandarte moral contra los excesos del poder se convierte en coartada personal para justificar mansiones y privilegios. Los políticos no solo manipulan las leyes; también prostituyen las palabras para ponerlas a su servicio.
La reflexión es clara, cuando la política secuestra conceptos. No solo se vacía el lenguaje de significado, también se empobrece la cultura, se desfiguran los símbolos y se abre la puerta a nuevas formas de violencia. Frente a esta tendencia, el desafío para una sociedad democrática consiste en recuperar el sentido de las palabras, porque en ellas se juega no solo la calidad del debate público, sino la posibilidad misma de convivir en un mundo con significados compartidos. ¿Usted qué piensa?

