

* En México y en Morelos el 46% de ese grupo femenino experimenta rezago educativo
* El 59.6% de ellas reporta haber experimentado algún tipo de violencia en su vida
* El acceso a educación es la acción clave para reducir el rezago: Guadalupe Teodosio
Texto y fotos: Antimio Cruz
Las mujeres indígenas son el grupo social más discriminado, más expuesto a la violencia y con mayor pobreza en México y en el estado de Morelos.
La frase anterior no es una suposición ni una conclusión subjetiva; decenas de datos demográficos la avalan: la pobreza en mujeres indígenas es de 66.3%, en comparación con el 26.7% de pobreza en mujeres no indígenas; es decir más del doble. Estos son datos que tienen menos de un mes publicados por el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi), en su reporte sobre disminución de la pobreza y la pobreza extrema, correspondientes al periodo 2018-2024.

Además, otros datos del Instituto Nacional de las Mujeres (Inmujeres), del Instituto Nacional de Pueblos Indígenas (INPI), del desaparecido Consejo Nacional para la Evaluación de las Políticas de Desarrollo Social (Coneval) informan que el rezago educativo en mujeres indígenas es del 46%; que una de cada cinco ha experimentado violencia en el último año y que siete de cada 10 ha recibido expresiones de discriminación en el mismo periodo.
Frente a esta cascada de adversidades, la mayoría opta por invisibilizarse; no acuden a ciertos espacios que les parecen prohibidos o agresivos, como centros comerciales, malls o algunas plazas. Otras han optado por agruparse y luchar legalmente, como es el caso de las que han ganado amparos para que se respeten los derechos de sus comunidades.
Sí hay avances, no se puede negar, pero son lentos y todavía es muy largo el camino para reducir la vulnerabilidad en este grupo de la población. Una de las herramientas más importantes para mejorar su horizonte a futuro es la reciente reforma al artículo 2 constitucional, que protege los derechos de las comunidades indígenas, pero aún falta elaborar las leyes federales y reglamentos específicos para reducir las vulnerabilidades femeninas.
Vivir al día
En el patio norte del Mercado Adolfo López Mateos, en Cuernavaca, diferentes mujeres indígenas tienen puestos improvisados en el piso, donde exhiben peras criollas, escobas de vara, hierbas medicinales o para alimentación y algunas artesanías de barro. Vienen de localidades como Coajomulco y Cuentepec. Hablan náhuatl y español. La mayoría prefiere no dar entrevistas, con la frase “No. Así está bien”. Explican que no quieren que las quiten de donde están vendiendo.
Solamente una señora mayor, que es acompañada por su pequeño nieto y parece bien arropada por otros vendedores locales de verduras, acepta hablar con Plaza, de La Jornada Morelos.
“Yo me llamo, Celia Segura Campos. Yo estoy vendiendo mi Cuachalalate y las hierbas. Yo salgo a vender nada más una vez a la semana o vengo los domingos. Como somos indígenas, vendemos pipixca, pápalo, quelites, verdolagas, rotoño, chipilín: de todo. Buscamos en el campo. Vendemos escobas. Somos indígenas y hablamos dos lenguas. Siempre nos preguntan mucho cómo le hacemos para como hablamos y nos dicen “qué bonito hablan, suena como canto”, dice la señora Celia, sentada en una caja frente a un espacio, menor a un metro, donde enseña su mercancía, sobre unos periódicos,
“Yo vengo de Cuentepec. Nosotros vendemos los que haya en la temporada en los campos. Así hacemos la roncha porque nosotros no pudimos aprender todo lo que dice la gente. Nosotros desde chiquitos comenzamos a hablar el náhuatl. Ya a los tres años ya responden las niñas y los niños. Nosotros hablamos lo que nos enseñaba mi mamá a la que le decía yo Nana. Tengo cinco hermanos y como yo fui la única mujer, pero como me quedé viuda, ahora tengo que salir a vender. Vengo un día a la semana y con otros trabajos voy agarrando lo que se pueda. Ahorita no recibo ayudas porque tengo 60 años, pero ya me van a dar una ayuda, ya me va a apoyar. Mi compañerito es mi nieto, me acompaña desde Cuentepec.
“Yo hago mis artesanías, en veces, hago mis figuritas de lodo o de barro y las vendo. Trabajamos, en veces, traigo poquitos, unos cajetes, unos pajaritos, lo que sea hacemos y lo traemo. Si tu mamá sabía a hacer el barro, te lo enseña. Yo lo que vendo cada semana son estos ramitos de las hierbas frescas a 15 pesos, pero la gente los quiere pagar a 10, entonces los doy a dos por 25 pesos. A mí me gustaría apoyo de alimentación para que yo no salga tanto y tan lejos para vender. Aunque sea me gustaría apoyo para la alimentación, ya no tendría yo que salir tanto al campo”, dice doña Celia, quien espera acabar con su venta antes de las 11:30 am, para tomar el autobús Láser, de Cuernavaca a Cuentepec, que tarda una hora y media de viaje y cuesta 28 pesos por persona.
Indígenas en Morelos
Según el Censo Nacional de Población 2020, hace cinco años había en Morelos 245 mil personas, mayores de tres años, que se autodescribían como indígenas, aunque ya solamente 38 mil declararon saber hablar náhuatl.
El mismo censo señala que en Morelos hay más mujeres indígenas que hombres indígenas; siendo ellas el 51.2% de la población; es decir, al menos 125 mil mujeres que se reconocen a sí mismas como indígenas, en Morelos, de las cuales 19 mil 500 habla náhuatl.
Hay que subrayar que no todas las mujeres indígenas que habitan en Morelos nacieron en esta entidad, hay una gran población que es migrante, llegaron de otros estados con sus familias para buscar oportunidades como jornaleras en los campos cañeros, arroceros o jitomateros, o algunas otras para buscar trabajo en casas o comercios o como artesanas en los centros urbanos morelenses.
Un informe de 2014 del Gobierno de Morelos identificaba a 67 localidades morelenses con más del 40% de su población que se reconocía como indígena, y a 464 poblaciones con menos de 40% de población indígena. Algunas de esas localidades, con fuerte arraigo a su raíz indígena, como Xoxocotla, Ocotepec y Tetelcingo, comenzaban a ser desdibujadas por el avance de la mancha urbana. Otras, como Cuentepec, Hueyapan o Coatetelco, mantenían su raíz, pero eran consideradas todavía como núcleos poco poblados.
En cuanto a las mujeres indígenas migrantes, que decidieron arraigarse en Morelos, el estudio de 2014 del Gobierno estatal e Inmujeres señala:
“Algunas de las causas de la migración indígena son la falta de empleo, la disminución de ingresos, el deterioro ecológico de sus comunidades, el crecimiento poblacional y la inexistencia de servicios básicos. Llama la atención que en ese estudio, de hace 11 años, todavía no se documentaba la migración forzada por inseguridad y violencia.
Las etnias con mayor índice de migración a Morelos son los purépechas, mayas, zapotecos y mixtecos de Guerrero, Oaxaca y Puebla”. El mismo estudio también reporta presencia de migrantes mazatecos, otomíes, nahuas, chinantecos, kanjobales, totonacas, mazahuas, choles y mixes, procedentes de nueve estados diferentes de la República mexicana.
Además, el estudio agrega: “Los migrantes indígenas, además de enfrentar la xenofobia y exclusión racial son discriminados por su edad y las mujeres lo son, además, por su sexo”.
De aquí para allá
En el centro histórico de Cuernavaca, varias mujeres indígenas ofrecen artesanías de barro, palma, papel amate o chaquira de colores, y se mueven de lugar por temor a inspectores o vigilantes. Caminan durante horas. No les gusta hablar y no aceptan entrevistas ni fotografías. Dicen “mañana”, cuando se les pide platicar sobre sus necesidades. Finalmente, una de ellas acepta conversar, pero sin fotografías. Nunca levanta la mirada, se concentra en acomodar sus collares de cuentas de colores mientras se presenta, sin apellidos, porque “así está bien”.
“Yo me llamo Francisca, y soy de Guerrero y hablo Náhuatl. Soy de Ameyaltepec, en la región de la Montaña. Nosotras de chiquitas aprendemos la lengua hablando con mis papás. La mayoría allá trabaja el campo y la artesanía, pintamos el barro y hacemos los collares y pulseras”, dice la señora, madre de cuatro niñas que ya se acercan a la adolescencia.
“Nos gustaría que haya apoyo para las mamás porque no pueden estudiar los niños y las niñas por lo mismo, porque tienen que ayudar en la casa a trabajar. No alcanza el dinero si no trabajamos todas desde niñas y desde niños. Es muy duro para las niñas, pero también es muy duro cuando esas niñas se convierten en mamás porque muchas se quedan solas con los niños. Yo me vine para Morelos porque allá no había ya nada que hacer. Es muy poquito lo que nos pagan. A lo más, te da trabajo otra persona y trabajas para ella, pero te paga muy poquito. Entonces, salimos a buscar acá a Cuernavaca y me conviene más hacer mi artesanía y venderla acá”, comenta la artesana, quien dice que ellas no se acercan a las plazas comerciales, ni para pasear, “porque usted no sabe cómo nos miran muy feo”.
Cuando se le pregunta qué cosa podría mejorar su vida, pide acceso a la educación para sus hijas: “Yo tengo cuatro niñas y sí quisiera que hubiera becas para las niñas, para estudiar, y que se les de becas a las indígenas más grandes porque muchas se quedaron solas en el pueblo y ya no hay ni quien les mande, cuando los hijos se van”, concluye la señora Francisca.
Discriminación cotidiana
La más reciente Encuesta Nacional sobre Discriminación (ENADIS), que elabora el Inegi, muestra que todavía en el año 2022 los prejuicios y actitudes discriminatorias hacia las mujeres indígenas son muy frecuentes en México. Aunque hay una pequeña contracción, persisten pensamientos y opiniones dolorosas como el hecho de que todavía hay familias que rechazarían que sus hijos se casaran con una mujer indígena o que preferirían que una mujer indígena no viviera dentro de su hogar. También hay quienes tienen la idea arraigada de que los indígenas no salen de la pobreza porque no quieren.
La ENADIS 2022, que puede consultar cualquier persona en internet documentó que 61% de las mujeres indígenas siente que sus derechos son muy vulnerados. De ellas 13.5% siente que en México no tienen ningún derecho.
Casi todas piensan que sería importante que hubiera mujeres indígenas en cargos de autoridad, pero esta creencia es más arraigada entre las menores de 30 años y disminuye conforme avanza la edad.
Entre los estigmas que otros grupos sociales les atribuyen: 33.5% de los mexicanos afirma que las mujeres indígenas valoran poco el estudiar; 33.9% piensa que se esfuerzan poco por salir de la pobreza; 7.5% todavía piensa que no hay problema en hacer bromas o chistes asociados con el color de piel o grupo étnico; 5.7% todavía dice que hay condiciones que justifican que un hombre le pegue a una mujer, 18% no le rentaría un cuarto de su casa a una mujer indígena y 6.4% se opondría a que algún hijo se casara con una mujer indígena.
Son datos de Inegi de la encuesta ENADIS 2022.
Educar para cambiar
Guadalupe Teodosio Guerrero es una luchadora social indígena, de Xoxocotla. Tiene 50 años y en 2017 fue elegida por su comunidad para dialogar con autoridades estatales y federales en defensa de los derechos y autonomía de su comunidad. A lo largo de ocho años ha tenido que promover más de 300 amparos para defender a hombres y mujeres indígenas de Xoxocotla contra diferentes abusos.
“Yo le apuesto a la educación. A partir de las reformas que se hicieron a las leyes de educación y de algunos apoyos que se entregaron en su momento, como Prospera y Progresa, pues se apoyó un poco la economía familiar parar poder mandar a las niñas a la escuela. A lo mejor no era un apoyo tan grande, pero sí se les entregaba a las familias un estímulo económico a cambio de que los niños y las niñas fuera a la escuela. Sí fue algo importante porque aquí, en Xoxocotla, la mayoría de las familias son campesinas, trabajan el campo, labran sus tierras y la mano de obra que se utiliza es la de la familia, incluyendo a los niños, para poder levantar las cosechas”, detalla la líder que actualmente sigue estudiando Derecho para fortalecer sus tareas.
“Entonces, los apoyos a cambio de que las niñas fueran a la escuela sí generaron un cambio para poder tener menor analfabetismo en la sociedad. Hay mucho camino por recorrer, pero el camino que han tomado hasta ahora la presidenta Claudia Sheinbaum y la gobernadora Margarita González, han sido acertados porque veo que también están apostando por la educación. Y en Xoxocotla ya empezamos a ver que tenemos campeones panamericanos. Si ponemos más interés y recursos para la educación se estaría hallanando un terreno que ha sido muy difícil de cruzar para muchas familias, precisamente por los gastos que implica mandar a las niñas y a los niños a la escuela”, añade.
Hay mucho trabajo por hacer y mucho por mejorar. Ahora ya hay algunas condiciones que mejoran la defensa de los indígenas, pero la realidad es que hace algunos años esto se tenía que hacer de manera clandestina. Siempre hemos querido organizarnos de manera autónoma, y apegados a derecho, pero antes no podía hablarse abiertamente de este tema”, concluye Guadalupe Teodosio.

El porcentaje de mujeres indígenas en situación de pobreza en es más del doble que en la población general, según datos de Inegi de 2024.

Desde pequeñas, muchas niñas indígenas deben trabajar para contribuir al ingreso familiar.

Las labores agrícolas o forestales son comunes entre mujeres indígenas aunque pocas son propietarias de parcelas.

El comercio de plantas y artesanías es otra de las fuentes de ingreso para estas mujeres, que prefieren invisibilizarse.

Las representaciones idealizadas del indigenismo en México no corresponden al trato y respeto que les otorgan muchos grupos sociales.

El comercio de artesanías es una fuente de ingreso adicional para las mujeres indígenas, pero está expuesto a acoso de inspectores y otras autoridades.

En temporadas de trabajo en campo, las mujeres deben laborar con la misma intensidad que los hombres.

Como todas las mujeres, las madres indígenas expresan que su mayor preocupación es el futuro de sus hijas e hijos.

