
Marginación, resistencia y esperanza, la realidad de las mujeres indígenas
En Morelos, como en todo México, las mujeres indígenas representan uno de los grupos sociales más vulnerables: son las más pobres, las más discriminadas y las más expuestas a la violencia. Los datos del INEGI revelan que actualmente 66.3% de ellas vive en pobreza, más del doble que las mujeres no indígenas, es la evidencia de una desigualdad estructural que atraviesa generaciones.
Durante siglos, el papel de la mujer se ha relegado a un lugar secundario frente al hombre y las mujeres indígenas están aún peor pues son la mitad más vulnerable de un sector de la población que se ha marginado históricamente.
Esta posición de subordinación se ha reforzado por prácticas culturales que les restan valor, que las confinan al trabajo doméstico, al silencio y a la invisibilidad. Pero -como se aprecia en el reportaje de Antimio Cruz que usted encontrará más adelante- el testimonio de mujeres que venden sus hierbas, artesanías o frutas en los mercados de Cuernavaca y Cuentepec es muestra viva de esa resistencia callada frente a un entorno hostil. Son mujeres que, con su esfuerzo diario, sostienen a familias enteras y conservan tradiciones ancestrales, aun cuando la sociedad insista en negarles reconocimientos y apoyos.
No obstante, su trabajo productivo es innegable. doña Celia Segura, con sus hierbas medicinales y figuritas de barro, o Francisca, que viaja desde Guerrero para vender collares de chaquira en las calles del centro histórico, son ejemplo de la capacidad de las mujeres indígenas para generar sustento. Pero el precio que pagan es alto: largas horas de camino, discriminación cotidiana y un mercado que devalúa su esfuerzo, regateando lo poco que tienen para ofrecer.
El rezago educativo es otro de los rostros de esta exclusión. Según Inmujeres y el INPI, 46% de las mujeres indígenas enfrenta atraso escolar, lo que perpetúa la pobreza y la marginación. A ello se suma una realidad lacerante: siete de cada diez sufren discriminación, y una de cada cinco fue víctima de la violencia tan solo en el último año. Mientras tanto, persisten prejuicios absurdos: mexicanos que creen que “las mujeres indígenas no valoran la educación” o que justifican la violencia contra ellas. Son genuinos estigmas sociales que revelan cuánto falta por erradicar concepciones culturales que degradan y lastiman a buena parte de la comunidad.

Sin embargo, también hay avances. La reforma al artículo 2º constitucional reconoce los derechos de los pueblos indígenas y abre camino a leyes que deben traducirse en una verdadera protección de las mujeres. Líderes como Guadalupe Teodosio, de Xoxocotla, muestran que es posible defender la autonomía y la educación como herramientas de transformación. Su lucha, promoviendo amparos y apostando por la formación escolar, confirma que el cambio comienza cuando las mujeres se organizan, alzan la voz y se abren paso en terrenos antes negados.
Ya en la cuarta parte del siglo XXI, no hay mucho que debatir: es necesario fortalecer la independencia económica de las mujeres indígenas, abrirles acceso real a la educación y garantizar políticas públicas que no sean asistenciales ni de corto plazo, sino sostenibles y con perspectiva de género. Ellas no son sujetos pasivos de la historia, son protagonistas que pueden encabezar un nuevo horizonte de justicia social.
También resulta urgente desmantelar los prejuicios que han sostenido su invisibilización. Cada escoba de vara, cada ramito de hierbas, cada pieza de barro que llega a los mercados de Cuernavaca o Jiutepec no es un simple producto: es símbolo de resistencia, dignidad y creatividad. El reto de la sociedad morelense y mexicana es reconocer ese valor, fortalecerlo y convertirlo en motor de igualdad.
Las mujeres indígenas no solo transmiten lengua y cultura, también siembran futuro. Darles un papel central en nuestra sociedad no es una concesión: es un acto de justicia histórica. Porque mientras ellas sigan cargando con la desventaja marcada con “A” -letra que orgullosamente muchos reivindican para la presidenta o la gobernadora- México seguirá negándose a sí mismo la posibilidad de ser una nación realmente igualitaria.

