

(Primera parte)
Los famosos y polémicos estímulos fiscales para las artes en México, los EFIs, parecen estar llegando a su punto máximo de incompetencia, de imposibilidad. Este estímulo que nació, hace ya más de una década pretendía incentivar las producciones teatrales y cinematográficas del país a través del aporte de una fracción del Impuesto Sobre la Renta de las empresas también como una manera de que la iniciativa privada entendiera la importancia de contribuir en el sector cultura. Al paso de los años los EFIs se ampliaron a la plástica, la danza, la música y los libros propiciando, en apariencia, un mayor desarrollo de las artes en México. Sin embargo, las reglas de operación y diversos vicios de origen (y otros que nacieron a lo largo de los años) han hecho que las buenas noticias no fueran tales. Y para los creadores que hacemos cultura fuera de la Ciudad de México y las grandes capitales industriales, los EFIs se han convertido en un espejismo en lugar de un oasis.
Entre la capacidad limitada o nula de los artistas de establecer vínculos efectivos con las empresas, hacerles comprender que destinar parte de su ISR a su patrocinio como parte de su responsabilidad social y realmente conseguirlos como aportantes para los proyectos que un comité y jurado han aprobado previamente, crece monstruosamente un nudo gordiano. Las instituciones encargadas de operar el estímulo fiscal, Secretaría de Hacienda y Secretaría de Cultura, a través del Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura (INBAL), se desentendieron de la parte quizá más importante para que esta iniciativa fuese exitosa para el bien de nuestros conciudadanos que son, a fin de cuentas, los destinatarios y beneficiarios de toda acción cultural realizada desde la sociedad civil organizada, las instituciones culturales o bien, como es el caso, a través de una deducción de impuestos.
Y ese lavarse las manos de la institucionalidad para captar contribuyentes de los EFIs ha redundado en una carnicería y lucha desigual. Primero al convertir a los artistas, en peticionarios y gestores de recursos de la iniciativa privada, cuando en su mayoría carecen de la expertise porque son profesionales de sus particulares disciplinas más no de ésta. Algunos cuentan en su equipo con algún productor-gestor capaz no sólo de realizar las carpetas absurdamente kilométricas de requisitos y exigencias innecesarias, sino que también logran encontrar los caminos para que los ejecutivos de las empresas les abran la puerta para escucharlos y, muy eventualmente, acepten otorgar a los proyectos artísticos el impuesto que deberán pagar a gobierno. Lo cierto, en la práctica, es que la gran mayoría de los artistas no cuentan o con las habilidades o con la persona idónea en sus equipos para armar las carpetas imposibles por los mil requisitos (que en teatro parecen aún más exigentes), cotizar mil y una veces costos, contactar empresas y hacer el lobby en una lengua ajena.
Así que, ante la impotencia por no lograr aquello a lo que la institucionalidad obliga (y que nunca ha querido asumir como una responsabilidad dentro del proceso que es conseguir directamente de los grandes contribuyentes el dinero), los artistas se ven obligados a aceptar los servicios de un bróker (se les llamaba cabilderos en otras épocas) que ya tiene los contactos con las grandes empresas y puede allanar -en apariencia- el camino para conseguir el dinero que cristalice los proyectos artísticos. Estos personajes, los brókers, han sido al mismo tiempo el cielo y el infierno para los artistas no sólo porque no en todas las ocasiones consiguen a las empresas aportantes sino porque amén de un porcentaje alto de lo conseguido y hasta taquilla, hacen tratos leoninos que incluso atentan contra los derechos autorales y se tornan en una especie de dueños del proyecto artístico al que pueden exigir, también, modificaciones al contenido. ¡Pácatelas! Estos indeseados personajes se convierten en los intermediarios entre los artistas generadores primigenios del proyecto y las empresas y establecen no pocas veces relaciones de opacidad. Incluso, los brókers aceptan representar proyectos por una módica suma cuando saben que el contenido de los mismos no va a ser acogido por ninguna de las empresas que tienen en cartera.
En ese infierno para unos, otros gozan del cielo: los que no fallan en el proceso son los proyectos que abordan temas inocuos, el teatro comercial y el que en sus elencos suman a alguna(s) estrella(s) de televisión que pueden asegurar no sólo éxito de taquilla sino visibilidad para la empresa. En general, esos proyectos, a veces más cercanos a lo que entendemos como teatro comercial, logran sin dificultades conseguir los aportantes. Así, tanto brókers como ejecutivos de las empresas se convierten de la noche a la mañana en censores del arte: no han de apoyar nada que trate temas sociales o políticamente incorrectos. Amén de que lo que les interesa es que su marca sea vista y reconocida en las grandes capitales, principalmente CDMX, y que los proyectos de programación de espacios independientes o de grupos artísticos relevantes pero provincianos nunca van a ser objeto de su interés.

Esta perversión del estímulo fiscal, de los EFIs, de lo que pretendían ser, tendría que terminar de una buena vez a partir de la figura de la Bolsa Ciega en donde los aportantes reciban su justo reconocimiento de apoyo a las artes mexicanas, pero sin intervenir en contenidos. De esa manera se eliminaría la figura del bróker que tanto daño ha hecho a este programa. En la próxima entrega hablaremos de la inequidad de los EFIs en relación con los grupos artísticos de los Estados.

Arte de Cristóbal Schmal. medium.com

