

Plato con limones
Soñé que estaba en una casa. No era mi casa o ninguna casa que yo conozca, aunque en el sueño representaba la casa de la infancia y en ella aparecían mis padres. Alguien quería entrar, como en esas películas estadounidenses de terror donde la casa se vuelve un laberinto y los protagonistas huyen y se ocultan. Mis padres me decían que me escondiera. Yo corría de cuarto en cuarto y cada habitación contenía otra, como muñecas rusas de madera que se abren y nunca terminan. Me escondía en un clóset y dentro del clóset había otra puerta, y después otra, cada vez más pequeña, hasta que llegué al ático a través de portezuelas y rendijas.
En el ático encontré una última puerta diminuta, el punto final de la huida. Pero al abrirla, ya no era el escondite lo que importaba. El miedo había retrocedido y tenía la sensación de que estaba a punto de encontrar un tesoro. Cuando abrí el último portal, lo que apareció fue una luz clara, ambarina, que iluminaba un plato con cuatro limones amarillos. Un resplandor inesperado, casi sagrado.
Pienso en los limones de Eugenio Montale, cuando escribe: «Y el silencio se posa en la frente de los sentidos / y el corazón encuentra paz en ese olor, / y en el pecho suenan / las dulces canciones de la tierra». En medio del encierro, de la claustrofobia del sueño, lo que se revela no es el invasor sino esa epifanía cítrica. Los limones como salvación mínima, una fruta que me dio alivio.
Neruda también se detuvo frente a ellos: «Ácidos arcángeles, / árboles de la aurora». El cítrico como custodio de lo cotidiano, fuerza solar contenida en la piel rugosa. En mi sueño, esos cuatro limones parecían convocar la misma energía: un sol doméstico, accesible, que sin embargo se presenta con el fulgor de lo inalcanzable.
En la pintura mediterránea, los limones han sido centro secreto. Caravaggio en «Cesta de frutas» los muestra casi como cuerpos tendidos, frágiles y luminosos; Cézanne los dispone en la mesa como pequeñas geometrías amarillas que sostienen el orden del cuadro y Van Gogh crea un campo de fuerza alrededor de la fruta, una muy similar a la que soñé.

La pregunta fundamental, por supuesto, es: ¿Qué hacían allí, esperándome en el sueño? Tal vez eran la promesa de que en el fondo de los laberintos no siempre aguarda un monstruo, sino lo simple que se vuelve revelación. Los limones me miraban como si me dijeran: “aquí termina el miedo”. Pienso también en el poema El poema Wild Lemons del poeta australiano David Malouf en el que habla de la promesa del presente como un territorio abierto y habitable, un lugar que se sostiene en el tiempo gracias a la memoria de lo plantado antes —los limones, duros, ásperos, pero luminosos, con el sol contenido en su pulpa. La imagen del limón silvestre es central.
El poema oscila entre lo doméstico y lo metafísico: beber gin con limón, sentir el aire marino, mientras se piensa en el tiempo y en el tránsito inevitable de los cuerpos. Los limones, entonces, funcionan como símbolos de vida persistente: frutos que encarnan la luz, el ácido de lo real, la pureza de un olor que permanece idéntico a sí mismo “en otro país, pero siempre oliendo a sí mismos”.
Me despierto con esa imagen. Cuatro limones en un plato iluminado: el corazón amarillo de lo que todavía no comprendo.

Imagen: Paintrest

