
Restaurar la vida en Morelos
En Morelos, las 8 mil 500 hectáreas de bosque dañadas por los incendios forestales de este año son más que una cifra ambiental: son un termómetro del futuro que nos aguarda. Como podrá leer más adelante en el reportaje de Daniel Martínez Castellanos, Tepoztlán, Huitzilac y Tlalnepantla no solo han perdido árboles; han visto vulnerado un sistema vital que regula el clima, recarga los mantos acuíferos y sostiene la biodiversidad y eso es un problema que va mucho más allá de los límites municipales pues nos afecta a todos.
Con la llegada de las lluvias inicia la temporada de reforestaciones, pero, como señala Jaramillo Monroy, investigador en sustentabilidad y director de la Comisión Estatal de Biodiversidad, el verdadero reto no está en plantar árboles por la foto, sino en devolverle al bosque la capacidad de vivir y protegernos. La evidencia es contundente: las reforestaciones improvisadas —con especies inadecuadas, sin seguimiento y con densidades mal planeadas— se convierten en cementerios verdes donde apenas sobrevive un 10% de lo sembrado. Peor aún, a veces se transforman en un riesgo para futuros incendios, al generar “cajas de cerillos” de vegetación mal dispuesta.
El especialista lo subraya: cuando las condiciones lo permiten, la restauración natural —dejar que el ecosistema se regenere por sí mismo— es más eficiente y menos costosa que cualquier intervención humana. Un bosque que aún guarda semillas, raíces vivas y árboles adultos tiene la fuerza para regenerarse solo, siempre que se le proteja de nuevas agresiones: ganado, tala clandestina, invasiones y fuegos provocados. Esto último es quizá la mayor urgencia: frenar la criminal práctica de incendiar zonas para cambiar su uso de suelo y urbanizarlas. Es un fraude ambiental que, además de ilegal, amenaza directamente la seguridad hídrica del estado.
Proteger los bosques de Morelos no es un lujo ecológico, es una necesidad social. Cada metro cuadrado de suelo forestal que se pierde es un golpe al sistema de recarga de acuíferos que abastece a la población. De ahí que, como advierte Jaramillo Monroy, sea urgente reforzar la vigilancia en Áreas Naturales Protegidas, detener las invasiones y aplicar sin titubeos la veda de cambios de uso de suelo en zonas siniestradas.
No podemos permitir que la historia de cada incendio se repita como tragedia: un fuego que se apaga en días es un bosque que tarda décadas en recuperarse. Restaurar los bosques de Morelos es restaurar nuestra seguridad, nuestra salud y nuestro futuro. Cualquier otra estrategia es, simplemente, seguir echando leña al fuego.

Fotografía: arte, memoria y conciencia
En el Día Mundial de la Fotografía, vale la pena detenernos a pensar en esta disciplina que, como coinciden Pedro Valtierra, Maricela Figueroa Zamilpa y Óscar Menéndez, es al mismo tiempo un arte y una herramienta social. La fotografía no es solo un acto técnico de captura de una imagen, sino una construcción sensible que combina luz, encuadre y oportunidad para revelar toda una historia.
Pedro Valtierra, testigo incansable de medio siglo de reportería gráfica, recuerda que el oficio se aprende en la calle, con paciencia, respeto y un ojo entrenado para reconocer lo irrepetible. Su testimonio no solo revela la exigencia técnica —dominar la luz, conocer el territorio, anticipar el instante—, sino la ética del fotógrafo: no ser protagonista, sino mediador entre la realidad y el público.
Por su parte, Maricela Figueroa Zamilpa describe la fotografía como “memoria iluminada”, un espejo múltiple que va más allá de lo estético para indagar en la esencia de lo que se retrata. Cita a Ansel Adams, Cartier-Bresson y Sebastião Salgado para recordarnos que el valor de una imagen no radica únicamente en su belleza, sino en su capacidad de conmover, interpelar y dialogar con quien la observa. La cámara, en manos sensibles, se convierte en un instrumento de empatía y de narración íntima.
Óscar Menéndez, al evocar a Nacho López, Manuel Álvarez Bravo, Tina Modotti y otros grandes nombres de la fotografía mexicana, subraya su dimensión histórica: la imagen como registro de un país, sus luchas, su cultura y su gente. Desde los fotógrafos de la Revolución hasta las obras que retratan con honestidad y crudeza nuestra realidad contemporánea, la fotografía ha sido testigo y memoria de nuestra identidad colectiva.
La fuerza de este arte reside en su doble naturaleza: es técnica depurada y sensibilidad creativa; es documento y poesía. Una buena fotografía exige rigor —dominio de la luz, precisión en el encuadre, composición equilibrada—, pero también un compromiso social: asumir, como dijo Nacho López, la “urgente necesidad de comunicar ideas y hechos” con honestidad.

