

Cultura libre, (puro) baile libre
María Olivera*
“Cuando despertó, el video seguía ahí”. Me atrevo a pensar que, de haber nacido en el siglo XXI, Augusto Monterroso habría escrito así uno de los cuentos más breves en español. “Cuando despertó, el video se viralizó”, sería nuestra versión porque eso fue lo que nos pasó: hace un par de semanas grabamos un clip para invitar a la gente a un evento que nos entusiasmaba mucho y que, por algún fenómeno del algoritmo, llegó a lugares insospechados de internet. Se trataba de una convocatoria para la segunda edición de la Nueva Red de Bailadores (NRB) en el MMAC y la primera que se gestaba desde Cuernavaca. El reto de crear un encuentro libre de alcohol, de acoso y de juicios, la emoción de sentirnos unidxs y convocadxs por la música y el gozo de habitar nuestros cuerpos en colectivo, fueron algunos de los pilares que nos motivaron a gestionar, sostener y compartir esta sesión de baile libre en el museo.
Es común que, cuando pensamos en cultura, la relacionemos con ir a una galería o al cine, y si bien tanto el patrimonio artístico como la industria cinematográfica son dimensiones de la cultura, no son las únicas. Pensar que la cultura sucede únicamente en espacios de exhibición, que está en pedestales y que la producen especialistas, provoca una distancia entre esta y la vida cotidiana, por tanto, perdemos herramientas para entender lo que nos pasa en el día a día e incluso, para relacionarnos con el mundo, interpretarlo y transformarlo. Para acortar esta distancia, en cambio, necesitamos partir de la idea de que la cultura es una práctica social en la que hacemos comunidad y sociedad y que, como dice Raymond Williams, es algo ordinario, común y que está en cualquier lugar. Además, el cuerpo, los cuerpos, se han involucrado en acciones políticas y artísticas de manera histórica y hoy día, en una realidad marcada por la híper representación de la vida en redes sociales, volver a la consciencia del movimiento libre se siente como participar en una revolución –aunque sea durante una sesión de cuatro horas de baile con gente desconocida pero convocada por el mismo deseo de estar.
Al video de invitación le acompañaron un sinfín de comentarios de toda índole, tanto de gente interesada como de personajes que subestimaban la experiencia de bailar libremente en un espacio sin alcohol. ¿Para qué eran las habitaciones propias?, decían, ¿qué gracia tenía bailar sin emborracharse? Claro que estamos condicionados a pensar el disfrute con una cerveza en mano, pero esta vez íbamos a insistir en lo contrario; como dijo Daniel Pixel: “La búsqueda constante de comunidad puede generar proyectos hermosos que repercuten en la sociedad de manera importante. Y si lxs rarxs tenemos un espacio, bienvenidxs lxs que se sienten juzgadxs, lxs que no encajan, lxs que solo quieren bailar”. La propuesta de la NRB, que además lleva nueve años construyendo y procurando espacios para el baile libre, pone en evidencia lo supeditado que está el disfrute en una sociedad que nos exige actuar de ciertas maneras en los espacios de ocio.
Esta vez bailábamos dentro de un museo, pero también aprovechamos el espacio para sacar a la cultura de las salas de exhibición. El encuentro fue una forma de insistir en que la experiencia estética no solo se contempla, sino que se construye en comunidad. Y si bien la viralización del video fue circunstancial, el encuentro, en cambio, fue profundamente deliberado: cada persona que asistió desafió, aunque fuera por unas horas, las normas que dictan cómo y dónde debemos disfrutar y habitar los espacios. Bailar en contextos como este también puede ser una manera de leer el presente, de pensarlo críticamente y de imaginar otras formas de estar juntxs.

Muchas gracias a la NRB de la Ciudad de México y de Cuernavaca por el entusiasmo, a Daniel Pixel por sus comentarios y a todxs lxs que nos acompañaron a bailar y tocar en este encuentro que, intuyo, seguirá siendo revolucionario.
*María Olivera. Subdirectora de Investigación del MMAC y crítica de arte.


