

El tiempo en Morelos no solo pasa: se queda. Permanece en las piedras talladas por pueblos antiguos, en las paredes encaladas de los conventos, en las fotografías sepia de los ferrocarriles, en las máscaras de Tlaltenango, en la danza del chinelo y en el eco de Emiliano Zapata que aún resuena entre los cañaverales. En medio de ese panorama histórico —palpable, vivo— nació hace varios años el Centro INAH Morelos. No como solo como una oficina más, sino con el objetivo de ser un umbral: un puente donde el pasado, el presente y la memoria convergen en el camino.
El nacimiento del Centro INAH Morelos
Corría el año de 1974. México vivía un tiempo de reformas culturales e institucionales. El INAH, con tres décadas de existencia y una labor creciente en todo el país, emprendía un proceso de descentralización que buscaba atender las particularidades de cada región. Así, como ramas de un mismo tronco, comenzaron a abrirse centros regionales en distintas entidades. En Morelos, el recién creado centro encontró una tarea vasta: explorar, proteger y divulgar uno de los patrimonios más ricos y complejos del país.
Morelos no es grande en extensión, pero es profundo en historia. En sus 4 mil 879 kilómetros cuadrados conviven civilizaciones milenarias y gestas modernas. Está el arte rupestre de los primeros asentamientos humanos; la traza olmeca de Chalcatzingo; las plazas solares de Xochicalco; las huellas náhuatl y tlahuica que aún vibran en nombres como Tepoztlán o Hueyapan. Pero también están los siglos coloniales que construyeron templos, portales, retablos y leyendas; los insurgentes que recorrieron sus caminos; los caudillos del sur que sembraron la semilla de la tierra para quien la trabaja. Cada capa del tiempo dejó aquí su testimonio, y el Centro INAH Morelos se convirtió en su cuidador.
Desde sus inicios, la labor fue múltiple y paciente: excavar, restaurar, catalogar, documentar, enseñar, escuchar. El equipo del centro —formado por arqueólogos, historiadores, arquitectos, fotógrafos, restauradores, archivistas, antropólogos físicos y sociales— fue delineando una cartografía del patrimonio morelense. A cada paso, se enfrentaban no solo a la riqueza del legado material, sino también a la fragilidad que lo rodea: el saqueo, la omisión, el deterioro, la indiferencia.
La labor del centro ha abarcado múltiples frentes: desde la investigación científica, protección legal del patrimonio, restauración de lugares históricos, catalogación de bienes arquitectónicos, salvamento arqueológico, educación no formal, exposiciones museográficas, publicaciones periódicas y colaboración interinstitucional. En todos los casos, el objetivo ha sido claro: reconocer el valor cultural de los bienes patrimoniales no como objetos estáticos del pasado, sino como elementos vivos, cargados de sentido, disputas e identidad. Es así como en la tarde del pasado jueves 24 de julio se realizó la publicación especial del suplemento cultural “El Tlacuache”, en presencia del director del INAH Morelos, Víctor Hugo Valencia Valera, en el marco del 50 aniversario de esta institución.

A lo largo de este medio siglo, el Centro INAH Morelos ha tejido una red compleja, paciente y profunda de conocimiento, resguardo y divulgación de los bienes patrimoniales que conforman la historia viva del estado Este centro se ha consolidado como una de las representaciones regionales más activas del país, articulando el trabajo de arqueólogos, historiadores, restauradores, antropólogos, arquitectos, fotógrafos, archivistas y educadores patrimoniales en una tarea común: proteger y reinterpretar la riqueza cultural morelense.
El Centro INAH Morelos ha tenido bajo su resguardo zonas arqueológicas de gran relevancia como Xochicalco —declarada Patrimonio Mundial por la UNESCO en 1999—, Chalcatzingo, Las Pilas y Teopanzolco, entre otras. Pero también ha estado presente en el seguimiento y restauración de monumentos históricos clave como el Palacio de Cortés, el Ex Convento de Tepoztlán, y decenas de iglesias, puentes, acueductos, panteones y casonas que aún marcan el paisaje urbano y rural de Morelos.
La Memoria viva del patrimonio
Un aspecto fundamental ha sido el trabajo realizado tras los sismos que han afectado al estado, en especial los de 1985 y 2017. En ambos casos, los equipos del INAH Morelos desempeñaron un papel crucial en la evaluación de daños, la recuperación de piezas y la reconstrucción de templos históricos, en estrecha colaboración con comunidades, autoridades locales, artesanos y arquitectos. Esa capacidad de reacción y acompañamiento ha reafirmado su papel no solo como institución científica, sino como actor social con profundo compromiso territorial.
Pero el INAH no solo actúa en la emergencia. Su trabajo más poderoso es el invisible: ese que se cuece a fuego lento, como las ollas de barro cocido en el campo morelense. Es el que habita en los archivos, en los planos arquitectónicos, en las cédulas museográficas, en los recorridos escolares, en las publicaciones que van de mano en mano. Entre ellas destaca El Tlacuache, suplemento cultural que, como su animal homónimo, es curioso, escurridizo y protector. Desde hace más de 20 años, ha sido un espacio donde las historias locales, los hallazgos arqueológicos, los testimonios comunitarios y las reflexiones patrimoniales encuentran voz y resonancia. No habla desde el centro, sino desde los márgenes. No pontifica, dialoga.
Suplemento El Tlacuache
El INAH en Morelos también ha apostado por la educación patrimonial. Desde los talleres escolares y las visitas guiadas hasta sus publicaciones periódicas, ha procurado hacer del patrimonio una herramienta de reflexión, orgullo y resistencia. Uno de sus proyectos más emblemáticos es el suplemento cultural El Tlacuache, publicación semanal que desde hace más de dos décadas ha difundido investigaciones, crónicas, testimonios y análisis sobre el patrimonio cultural del estado. Con un enfoque accesible y plural, ha logrado acercar a públicos amplios temas que van desde la arqueología hasta la memoria oral, pasando por la historia del arte, la fotografía histórica y las fiestas populares.
Esta edición del suplemento —para celebrar el aniversario— habla sobre el proceso de recuperación y resignificación del patrimonio inmueble de Morelos por parte del Centro INAH. Podemos encontrar cómo, a lo largo de los años, se han realizado propuestas de rescate y nuevas formas de uso social para edificios históricos, como el Ex Convento de Tepoztlán. En 1991, la historiadora Marcela Tostado propuso convertir ese recinto —ya protegido por el INAH desde 1939— en un espacio multifuncional con museo de sitio, sala de exposiciones temporales y un centro de actividades culturales, con el objetivo de promover la apropiación comunitaria del patrimonio. Este proyecto fue impulsado oficialmente en 1993.
También podemos encontrar más información sobre el INAH Morelos cuenta con seis museos emblemáticos: el Museo y Ex Convento de Tepoztlán, el Jardín Etnobotánico y Museo de Medicina Tradicional, el Museo Regional de los Pueblos de Morelos, el Museo de sitio de Coatetelco, el Museo de Sitio de Xochicalco y la Casa de Morelos. Esta última fue declarada monumento histórico en 1933 y después transferida al INAH para su restauración. Actualmente, es un ejemplo del trabajo que realiza el Instituto en torno a la conservación del patrimonio y la divulgación de la historia regional, con énfasis en la participación ciudadana como pilar para garantizar su preservación y sentido social.

En el evento estuvieron presentes El director del Centro INAH Morelos Víctor Hugo Valencia Valera; Jorge Alberto Reyes Sotelo; el titular del Centro de Información y Documentación del CINAH Morelos, Jorge Alberto Reyes Sotelo; el «pilar» de la antropología en Morelos, Luis Miguel Morayta Mendoza; y como moderador, el titular del proyecto Fototeca Juan Dubernard, Erick Alvarado Tenorio. Foto: Especial.

Este evento se realizó en el Auditorio Juan Dubernard, ubicado dentro del Museo Regional de los Pueblos de Morelos, Palacio de Cortés, ubicado en el corazón de Cuernavaca. Foto: Especial.
El papel del INAH Morelos en la actualidad
A cincuenta años de su fundación, el Centro INAH Morelos no solo celebra una trayectoria institucional, sino una memoria colectiva construida junto a pueblos, barrios, comunidades académicas y generaciones de trabajadores que han hecho de la defensa del patrimonio su vocación. No es casual que en este aniversario se reconozca la labor de quienes han documentado y protegido las huellas de figuras como Emiliano Zapata, Genovevo de la O, Antonio Barona o Mariano Matamoros, al mismo tiempo que se custodian los archivos de viajeros, cronistas, arquitectos y personajes emblemáticos que habitaron o estudiaron el estado, como Alexander von Humboldt, Maximiliano de Habsburgo, Fray Juan de Zumárraga o los hermanos Cortés.
En un contexto donde los bienes culturales enfrentan amenazas crecientes —desde la urbanización acelerada hasta el abandono institucional—, la permanencia y renovación del Centro INAH Morelos es un acto de resistencia y de esperanza. Más allá del resguardo técnico de objetos, su existencia representa una postura ética ante la historia: la convicción de que los pueblos tienen derecho a conocer, interpretar y cuidar su memoria.
Hoy, el INAH Morelos se reafirma como una institución viva, en constante diálogo con el presente, consciente de que el patrimonio no es una herencia inmóvil, sino una construcción social, política y cultural en permanente disputa. Celebrar sus 50 años es también mirar hacia adelante: imaginar nuevas formas de cuidado comunitario, promover el acceso libre y plural al conocimiento histórico, y seguir sembrando futuro en las raíces profundas de nuestro pasado.
A través de sus páginas se ha hablado de Emiliano Zapata, claro, pero también de las manos anónimas que labraron las estelas de piedra; de los cronistas que caminaron pueblos enteros para entrevistar a ancianos; de los fotógrafos que congelaron fiestas patronales; de los restauradores que pasan semanas enteras limpiando un ángel dorado. El Tlacuache es, quizás, el relato más íntimo y extenso de la historia cultural de Morelos.
Y si se tratara de dar un rostro al INAH Morelos, sería difícil elegir uno solo. Tal vez sería el de una arqueóloga bajo el sol de Las Pilas, sudando tierra y asombro. O el de un historiador hurgando entre legajos del siglo XVII. O el de una restauradora que acaricia con pincel el ala rota de un querubín. O el de un arquitecto que toma medidas exactas para entender cómo se abren las bóvedas de una iglesia colonial. O el de una niña de secundaria que recorre por primera vez Xochicalco y decide que algún día quiere trabajar ahí.
Porque el INAH no solo ha formado patrimonio. Ha formado personas. Algunas que encontraron ahí su vocación; otras que, desde fuera, encontraron en sus libros, en sus visitas guiadas, en sus charlas, un puente hacia la historia. Y muchas que, desde los pueblos, han defendido junto al INAH sus capillas, sus cruces atriales, sus danzas, sus archivos, sabiendo que la cultura no se protege desde un escritorio, sino desde la vida cotidiana.

