Omar Alcántara Islas *

El año anterior se conmemoraron cien años de la muerte de Franz Kafka (1883-1924). En este celebramos el centenario de la publicación de su novela El proceso. Novela publicada por su amigo Max Brod. Se trata de un texto inconcluso en el sentido de que algunos de sus capítulos no están completos, pero sí cuenta con un cierre donde se da por finiquitada la extraordinaria aventura de su personaje Josef K.

La historia de este comienza una mañana, cuando al despertar, descubre a dos extraños en su habitación que están ahí para informarle que está bajo arresto, pero no saben decirle el porqué; por otra parte, le piden que no se preocupe, porque puede seguir realizando su vida de manera normal y en libertad hasta que le lleguen instrucciones sobre su proceso. Pero ya nada volverá a ser igual, pronto se descubrirá que los jueces y los juzgados están por todas partes.

La novela de Kafka seguirá siendo actual mientras existan injusticias en el mundo atribuidas a fuerzas que son superiores a los individuos. Un ejemplo de lo anterior son los Estados Unidos de Donald Trump y su cruzada anti-inmigrante puesta en práctica por el ICEImmigration and Customs Enforcement (Servicio de Inmigración y Control de Aduanas)–, cuyos agentes, en más de una ocasión, han actuado como redivivos elementos de la Gestapo Geheime Staatspolizei (Policía Estatal Secreta) del régimen nazi– para vergüenza de todos nosotros. «Como si la vergüenza fuera a sobrevivirle», son las últimas palabras de la novela que aquí se comenta.

Sin embargo, la interpretación política de este texto es solo una entre otras tantas que se pueden realizar de la obra de un escritor que, tal vez, sea el más debatido, estudiado e interpretado del siglo XX. Y es que Kafka suele recordarnos en su literatura que todos, tarde o temprano, nos podemos llegar a sentir perdidos en la vida, pero que eso no es motivo para abandonar el juego. Luego, queda actuar como si entendiéramos de qué van las reglas de la existencia, así sea que estas se nos antojen más incomprensibles cuando en apariencia son más claras.

Kafka escribe en El proceso una obra maestra del absurdo en ese sentido lúdico, pues su protagonista, a pesar de toda su angustia –angustia que puede contagiarse a los lectores–, siempre vacila, entre ser una pieza más de la maquinaria que se ha echado a andar con su caso u oponer resistencia mediante una búsqueda incesante de sentido, aunque esa busca parezca interminable e infructuosa.

Pero quien quiera leer a Kafka y empiece por El proceso u otra de sus novelas, puede llegar a creer que Kafka es solo un testimonio de la angustia, la soledad, la tristeza o la impotencia que experimentamos frente a lo que nos rebasa en el mundo, y nada más lejos que lo anterior. En varios de sus relatos breves, tales como «Las preocupaciones de un padre de familia», «Blumfeld, un solterón» o «El jinete del cubo», podemos encontrar muestras de la capacidad de Kafka para concebir mundos que son puro divertimento. Sus cuentos son la mejor puerta de entrada a una obra inagotable y que, probablemente, seguirá siendo un desafío para sus lectores en el siglo XXI.

Dicho así, la vigencia de Kafka es humana en el más amplio sentido, nos incumbe a todos, no solo porque plantea preguntas que siempre están abiertas acerca de los límites de la realidad social e individual, sino porque parece ser uno de los pocos escritores sobre los cuales nunca se acabará de decirlo todo, ya que uno entra en sus páginas, pero difícilmente puede salir de ellas.

*Maestro en letras alemanas

La Jornada Morelos