Alaíde Vences Estudillo

Soy originaria de Jojutla, Morelos. Reivindico mis raíces nahuas. Mi trabajo ha estado marcado por la investigación sobre violencias, guerras no convencionales, procesos de paz y gestión de conflictos. Doctora en Estudios sobre Paz y Conflictos, por la Universidad de Manitoba, en Canadá. A partir del mes de julio, cada mes, estaré colaborando en la sección de opinión con una columna especializada en temas sobre construcción de paz en México, con el objetivo de aportar reflexiones que sirvan para ubicar las causas y las soluciones pacíficas a la conflictividad violenta que prevalece en el país.

Desde hace cinco años, Maritza Álvarez, maestra danzante de la tradición azteca, originaria de Jojutla, al sur de Morelos, se propuso revitalizar la ceremonia del huentle, un pedimento a la lluvia para que traiga buen temporal, derivado de huentli (ofrenda en nahuatl), cuyo anclaje en el pensamiento místico mesoamericano se rige por la búsqueda constante del equilibrio en la vida, para lo cual es importante el principio de reciprocidad de dar y recibir. La ceremonia ancestral, se lleva a cabo en la cima del cerro del Higuerón, cada tercer domingo de mayo. El guardatierra que acompañó a la maestra Maritza en la ceremonia pasada expresó con lágrimas la emoción que le generaba que Maritza se ocupara de darle nuevamente ímpetu a la ceremonia. Él paso su infancia, adolescencia y juventud subiendo al cerro cada año a dejar ofrenda, pero recuerda que en algún momento el ritual dejó de ser algo importante para los aldeanos. Ya nadie subía. Cuentan las personas de la localidad que antes la asistencia era nutrida, llegaba mucha gente, incluso de otras colonias conurbadas.

Quiero destacar la importancia simbólica de esta ceremonia en un momento en el que la violencia y la inseguridad amenaza con apoderarse de la cotidianidad de los pueblos del sur de Morelos. Me puso a pensar en lo que implica poner en el centro la vida en un territorio afectado por la devastación no solo ambiental a causa de los monocultivos de caña y azúcar, sino por las implicaciones sociales que tiene en términos de la violencia y la ilegalidad que prolifera en la zona.

A las faldas de ese mismo cerro del Higuerón, en donde se realiza la ceremonia del huentle, se encuentra en el panteón municipal, la tumba del luchador social Ignacio Suárez Huape, quien falleció en un accidente carretero en el 2015. Nacho, como le decíamos sus allegados, fue uno de los activistas que se sumaron activamente al Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad en el 2011, quien no escatimó su vitalidad para exigir verdad y justica para los desaparecidos de la guerra de Calderón. Nacho nunca hubiera imaginado que en el mismo panteón en el que él iba a ser enterrado, a unos metros de su tumba, en el 2017, varios grupos de madres de desaparecidos a quienes él mismo acompañó en vida, encontrarían hallazgos de una de una fosa clandestina en donde la fiscalía estatal de Morelos había enterrado cuerpos de forma irregular. En esa misma fosa, hace un mes, nuevamente los grupos de madres de desaparecidos denunciaron que, durante los trabajos de exhumación de cuerpos que fue organizada por el gobierno federal, encontraron hallazgos de 85 restos de personas, de los cuales, aseguran que 10 de ellos pertenecían a bebes. El esclarecimiento de la verdad es fundamental para el resarcimiento de la dignidad de las personas sin vida encontradas en las fosas clandestinas. Bebes o jóvenes, hombres o mujeres, tenían un nombre. Investigar quienes eran, por qué murieron y terminaron en una fosa común, es una problemática de interés público. Mientras la desaparición de personas exista nadie está a salvo en México.

Sin embargo, el tratamiento de la administración de Sheinbaum, a las demandas de las familias de las personas desaparecidas, al mediatizar la problemática como un arma que sirve a la derecha para descalificar su gobierno, sella la posibilidad tanto de regresar a todas las personas desaparecidas a sus familias como de prevenir que más personas desaparezcan. Pensando en soluciones integrales y desde la lógica de las tramas que sostienen y hacen posible la vida en sociedad, una estrategia de seguridad en materia de desaparición de personas tendría que considerar el punto de vista de las familias afectadas por la problemática, no solo en términos de las tareas de búsqueda sino también en términos de resarcimiento y prevención.

Es necesario contemplar estrategias en paralelo que subsanen el tejido social roto, proclive a la violencia criminal, lo que hasta el momento no parece mejorar con el despliegue de la guardia nacional y la ampliación de atribuciones al ejército que son de carácter público. Interpelando a la concepción militarizada de la seguridad, la antropóloga feminista Laura Rita Segato argumenta que la verdadera seguridad no es la que llega de arriba hacia abajo, sino la que se construye continuamente a través de los actos cotidianos. Volviendo al punto inicial sobre la ceremonia del huentle, considero que hoy más que nunca es urgente poner en el centro el cuidado de la vida y en ese dar y recibir reaprender a hacer comunidad. Las madres buscadoras nos enseñan a través de su amor indignado lo que implica construir redes de apoyo desde cero en contextos en los que el terror instalado por el crimen organizado parecía haber aniquilado toda trama comunitaria, imprimen dignidad a un país desgarrado.

La Jornada Morelos