
Morelos y su rostro demográfico
La demografía no es un asunto de cifras frías. Es, en realidad, el pulso profundo de una sociedad. Cada número habla de una vida, de una historia, de una decisión individual o colectiva que, acumulada en el tiempo, modela el rostro de un estado, de una nación, del mundo. En Morelos, como en muchas regiones del planeta, ese rostro cambia de forma acelerada. En este 11 de julio, Día Mundial de la Población —fecha instaurada por la ONU desde 1990 para concientizar sobre los desafíos poblacionales—, es oportuno detenerse a mirar con atención el espejo estadístico de nuestro estado. No por afán de diagnóstico, sino para pensar en el futuro que queremos, y podemos, construir.
Morelos, entidad nacida en la agricultura y transformada por la urbanización, vive hoy una transición demográfica que lo coloca en una etapa crítica de su evolución poblacional. Según estimaciones del Conapo y el Inegi, el estado se acerca o supera ya los 2 millones de habitantes. Aunque el gobierno estatal ha elaborado su Plan de Desarrollo 2025-2030 con base en los 1.97 millones reportados en el censo de 2020, las proyecciones más actuales varían entre los 2.043 y los 2.143 millones de habitantes. Esta disparidad no es trivial ya que afecta la planeación de servicios, la infraestructura y las políticas públicas.
Uno de los cambios más significativos en este nuevo rostro morelense es la inversión de la pirámide poblacional: hay ya más personas mayores de 65 años que niñas y niños menores de 4. La tasa de fecundidad, que en 2018 era de 2.02 hijos por mujer, cayó a 1.57 en 2023 —una de las más bajas del país—, con implicaciones profundas: un envejecimiento poblacional que podría volverse irreversible.
La esperanza de vida, ese indicador que suele reflejar mejoras en salud y calidad de vida, también se ha contraído ligeramente: de 75.5 años en 2022 a 74.3 en 2024, de acuerdo con el IMCO. Aunque se trata de una baja leve, revela un estancamiento postpandémico que debe ser tomado con seriedad. La vida se alarga para unos, pero no necesariamente se vuelve más justa ni más digna para todos.
Uno de los factores que ha contribuido a mantener el crecimiento poblacional es la migración. Por cada 78 personas que emigran de Morelos, llegan 95 a establecerse. La mayoría viene de estados vecinos atraídos por la promesa de un entorno menos denso, de una calidad de vida distinta. Sin embargo, este flujo también ejerce presión sobre los servicios, la vivienda, el empleo y la cohesión social. A la par, la urbanización avanza. Si en 1970 apenas un tercio de la población era urbana, hoy lo es más del 80%. Cuernavaca, Jiutepec, Cuautla y Temixco concentran el grueso del dinamismo económico y poblacional.

Y junto con estos datos duros emerge una realidad que no puede ser soslayada: la desigualdad. En 2022, el 41.1% de la población de Morelos vivía en situación de pobreza, aunque hubo una mejora respecto a 2020, cuando el porcentaje era de 50.9%. No obstante, más de 800 mil personas continúan en condiciones de vulnerabilidad, en una economía donde las remesas, las pensiones y los programas sociales sostienen una parte importante de los hogares.
Ante este panorama, resulta imprescindible subrayar una verdad a menudo olvidada: la población es una moneda con sus dos caras. Por un lado, representa una demanda constante y creciente de servicios —salud, educación, vivienda, seguridad social, movilidad— que desafía a los gobiernos locales y nacionales. Pero por el otro, es también la fuente de dinamismo económico, de innovación, de trabajo, de resiliencia. Es la población, en su búsqueda de bienestar, la que transforma las economías y las culturas.
El Rock lejos de morir, reina en el mundo
Cada 13 de julio el mundo recuerda el eco de un grito global que, acompañado de guitarras estridentes, tambores poderosos y voces cargadas de pasión, sacudió al planeta en 1985: el concierto Live Aid. Aquella jornada épica reunió a más de 60 bandas en escenarios simultáneos en Filadelfia y Wembley con la intención de recaudar fondos para combatir la hambruna en Etiopía. Fue un evento histórico, no sólo por su escala o intención filantrópica, sino porque consolidó al rock como un fenómeno cultural global. Con más de 1,900 millones de personas sintonizando en 40 países, la música dejó claro que ya no era mera entretención juvenil, sino una fuerza cultural, política, social… e incluso económica.
El rock, desde su nacimiento en los años 50 como una amalgama vibrante de blues, country y R&B, ha sido mucho más que un género musical. Ha sido espejo y martillo: refleja la sociedad en la que nace y, al mismo tiempo, rompe los moldes de esa misma sociedad. Con guitarras eléctricas, líricas irreverentes y una expresividad que sacude, el rock ha representado a generaciones enteras de jóvenes en Estados Unidos, Reino Unido, México, Argentina, Japón, Alemania, Chile, y más allá. Ha desafiado dogmas religiosos, estructuras familiares, gobiernos autoritarios, códigos morales y comerciales. Y ha conquistado todos los idiomas.
Su capacidad de identificación no ha tenido fronteras. Aunque nació en escenarios anglosajones, muy pronto se vio replicado, reinterpretado y reinventado en otras latitudes. El rock se volvió una lengua común de las juventudes, un vehículo para el descontento, el deseo de libertad, la rebelión estética y política, sin importar si se hablaba inglés, español, portugués o alemán. En ese sentido, el rock es la única revolución que logró una exportación global verdaderamente masiva.
Desde Elvis Presley hasta La Maldita Vecindad, pasando por Black Sabbath y Las Mary Jets, el rock ha mantenido su carga simbólica, estética y política que, en un inicio incomodó a conservadores de todos los colores.
El rock, como otros espacios sociales, también ha sido campo de lucha para las mujeres. Desde Memphis Minnie y Bessie Smith, pioneras en el blues que alimentó al rock, hasta Janis Joplin, Wanda Jackson, Las Mary Jets en México y Cecilia Pantoja en Chile, la historia de las mujeres en el rock es una historia de resistencia, de creación, de transgresión y de conquista. Ellas no sólo desafiaron los códigos musicales: enfrentaron los estereotipos de género, las censuras del cuerpo, la sexualidad y la voz.
En nuestro estado, Cuernavaca tuvo sus Hound Boys en los años 50, con un joven Rodolfo Becerril al piano, futuro senador de la República. La historia del rock morelense se nutrió en las sombras: en sótanos de carpinterías donde bandas como Tush tocaban covers de ZZ Top, o en pizzerías donde el rock convivía con la salsa de tomate y el queso fundido. En los ochenta, Gente Simple marcó época en la escena local. En los noventa, el talento creció en diversidad. Zoé, probablemente el grupo morelense más importante del país, llevó su sonido al Grammy, pero no ha sido la única propuesta destacada: bandas como La Bolonchona, Meteora, Sangre María, Guante Blanco, Capital Sur, Los Pápalos y Monodram mantienen viva la llama del género en un estado que no ha dejado de rockear, aunque a veces en voz baja.
No es posible hablar del rock sin mencionar su impacto monumental en la industria musical global. El rock no sólo definió estilos y modas, también revolucionó la forma de hacer negocios. Desde las grandes disqueras que apostaron a capitalizar el fenómeno juvenil desde los 50, hasta las plataformas digitales que hoy monetizan streams y contenidos visuales, el rock ha sido un catalizador económico. Ha modelado el show business, ha profesionalizado la figura del productor, ha impulsado festivales multimillonarios como Woodstock, Coachella o Glastonbury, y ha inspirado modelos de distribución independientes que dieron pie a sellos alternativos y hasta canales de televisión y consorcios trasnacionales.
Hoy, cuando otras músicas dominan las listas de reproducción, el rock puede parecer ausente. Pero no lo está. Ha mutado, ha evolucionado, se ha mezclado con el rap, el pop, la electrónica, el folk. Vive en los algoritmos, en los podcasts, en los vinilos de colección y en los festivales que aún reúnen multitudes. Vive también en cada adolescente que encuentra en una canción su primer grito de libertad.
En un mundo donde todo parece desechable, el rock sigue sonando eterno. Es mucho más que un género musical: es una actitud ante la vida.

