

Lo único que puede hacer un músico es acercarse, lo más posible, a las fuentes de la naturaleza y, de esa manera, sentir que está en comunión con el mundo natural.
John Coltrane (23 de septiembre de 1926 – 17 de julio de 1967)
Imaginemos el nacimiento del mundo, son los primeros pincelazos y acordes de la naturaleza que en su mimesis despliega sonoros y coloridos destellos de sus prodigios. Desde entonces, la portentosa naturaleza se retrata a sí misma y en cada fogonazo edita sus imperfecciones y transfigura los días y las noches en sinfónicas epifanías y paisajes que marcan las pulsaciones de la vida.
De manera similar el artista, impulsado por su inventiva, trata de atrapar y transmitir lo que su sensible espíritu percibe, imitando lo que ve, lee y escucha o lo que su imaginación le dicta. En el proceso creativo, el pintor plasma imágenes y escenas en su obra, el escritor narra las acciones de sus personajes y el músico recrea los sonidos y silencios del mundo.
La mimesis es la semilla germinal de todo fruto del arte. La imitación, como la base del aprendizaje, también es el punto de partida de todo artista. El neófito primero debe conocer el lenguaje y las herramientas de su oficio o vocación, sólo tras largas jornadas de estudio y práctica puede convertirse en competente maestro. En esencia, ese es el camino transitado por todos los grandes artistas: pintores, escritores y músicos.
Este es el sendero del jazz peregrinado por Miles Davis, John Coltrane, Bill Evans, Thelonious Monk, Charles Mingus y Chet Baker. Detrás del talento de cada uno de estos virtuosos de la música, hay acumuladas abundantes expresiones miméticas, plenas de intensas horas de trabajo, experiencias y aprendizaje. Todos ellos empezaron emulando a sus ídolos o a sus antecesores más destacados y, sin duda, se nutrieron con su música. Paulatinamente, con la práctica y disciplina, adquirieron su propio estilo para interpretar, incluso para germinar nuevas armonías.

Ellos se atrevieron a romper el orden de las estructuras armónicas y a ejercer su libertad; estirando, acortando o balanceando las notas a su antojo. Miles nunca se supeditó a lo dogmático, siempre fue un arriesgado experimentador e innovador; igualmente Coltrane, quien además de extraordinario saxofonista fue un apasionado estudioso de la música del mundo; Bill Evans un reconocido pianista, compositor y referente clave en el jazz y; Chet Baker un virtuoso trompetista siempre fiel a su estilo jazzístico, intimista y lirico.
El estilo es la marca personal que se adquiere a través de un largo proceso de aprendizaje que comienza con la imitación y que gradualmente se va cimentando con el desarrollo del talento. En ese proceso, lo que en la literatura José Lezama Lima denominó “la dinámica oscura” y Guillermo Samperio “la figuración”, en el jazz es la composición y la improvisación. Estos conceptos literarios y musicales son la esencia del conocimiento que subyace en el talento de cada artista.
Los escritores y los músicos comparten el tiempo y el espacio para evocar y provocar las emociones humanas. En ese afán, las metáforas y la improvisación son recursos estéticos que subliman tales emociones. El carácter didáctico y alumbrador que Aristóteles otorga a la metáfora también es válido para la improvisación. Ambos recursos poéticos reflejan la apropiación de conocimiento en sus respectivas narrativas, a través de las cuales la literatura y el jazz resultan estimulantes y placenteras.
En su proceso creativo las diversas artes confluyen en ciertas similitudes. Si la literatura narra acciones, a partir de una circunstancia que abre un conjunto de eventos que se entrelazan en acciones significativas que llevan a un punto final, la música despierta emociones a través de una gama de escalas y armonías integradas en una pieza. Así como el escritor escribe estimulado por la inspiración y la imaginación, el músico crea e interpreta bajo la batuta de su sensibilidad y virtuosismo. Tanto la inspiración como la creación llevan al éxtasis, el paraíso en el cual todo artista se siente a sus anchas.
No obstante que la improvisación es practicada por diversas formas y géneros artísticos, es en el jazz donde adquiere su particular espíritu de libertad. Al igual que la narrativa literaria, la improvisación musical requiere del contexto y el lenguaje que conecta a todos y cada uno de los integrantes de un ensamble. Es una comunión que purifica y libera el alma de los músicos y sus audiencias.
Julio Cortázar sabía lo que es esa comunión. Como fiel amante del jazz fue seducido por su flujo y supo incorporarlo a su proceso de escritura, mediante el equilibrio mental que logró entre la abstracción y la concentración. Esa experiencia heraclitana del jazz de “estar y no estar y de ser uno mismo y ser diferente cada instante”, la resume Johnny Carter, el prodigioso saxofonista de El perseguidor, cuando al compartir con Bruno su alucine en el metro de París, sobre la extensión y condensación del tiempo, le dice: “Yo meto la música en el tiempo cuando estoy tocando”.
El escritor japones Haruki Murakami varias veces ha comentado que del jazz aprendió tres lecciones que siempre procura aplicar a sus libros: el ritmo, la armonía y la improvisación. Es así como los lectores de Tokio Blues vemos como Watanabe, el protagonista, se mueve bajo la batuta de Haruki. Con las acciones de Watanabe se entretejen las historias de los personajes de esta novela. Al igual que los músicos de jazz que retoman algunas armonías en sus improvisaciones, en esta novela Haruki retoma pasajes ya contados para improvisar la continuidad y el flujo de su narrativa. La pista sonora de Tokio Blues está impregnada de canciones que evocan los personajes. Dentro de los ecos de esta novela se escuchan melodías de los Beatles y, por supuesto, de grandes maestros del jazz.
Charles Mingus, uno de esos maestros, no sólo escribió partituras musicales también se dio tiempo para escribir sus memorias: Menos que un perro -El mundo que compuse-, una autobiografía escrita con un estilo enérgico que muestra el difícil trajinar de Mingus por los caminos del jazz.
Por cierto, Charles Mingus falleció en Cuernavaca, ese suceso dio la pauta para que el dramaturgo francés Enzo Cormann escribiera la obra de teatro Mingus en Cuernavaca, la cual aborda con intensidad literaria y cadencia jazzística los últimos momentos de la vida de este notable músico en la ciudad de la eterna primavera. Esta lluviosa noche de verano, muy cerca de la casa donde murió Mingus, termino este texto sobre jazz y literatura. Un binomio que converge en un viaje sensorial en que la música y las palabras estremecen el espíritu.

Charles Mingus. Foto: Gaceta 22

