

La colección de arte de Griselda Hurtado
Griselda proviene del México profundo. De ese México que ha sabido sobrevivir cruzando límites y fronteras, y que a ella le dio sapiencia para extraer de su morral ancestral las herramientas que necesita para construir su propio territorio: pericia, astucia, bravura, mirada aguda y una poderosa intuición.
La travesía de Griselda la ha llevado a construirse un múltiple espacio no solo físico, sino emocional, cultural, artístico, de reconocimiento entre los distintos estratos de la sociedad de Cuernavaca, que es donde decidió asentarse para dejar que sus raíces penetren sus colinas y barrancas. Un reconocimiento que va de la buena comida de sus tres restaurantes, pasa por su actividad político-empresarial que la ha recibido en su seno ahora como líder y, principalmente, el reconocimiento que le da el medio artístico cultural del Estado. Valga esta introducción para poder empezar a hablar de su colección de arte porque, en este caso, es imposible separar a la coleccionista de la obra que atesora.
El nacimiento de la colección
Desde el año 2008 Griselda Hurtado comenzó a adquirir obra. Su intuición la llevó a reunir poco a poco piezas de artistas que han influido en el desarrollo plástico y estético en México, de quienes tienen una madura trayectoria y, sobre todo, de creadores jóvenes de la entidad. Cuenta que tiene en su acervo unas mil piezas, por lo que solo unas pocas pueden estar a la vista. Los muros de sus restaurantes, que son orgullosamente fondas, están habitados por obras de creadores locales, nacionales y de otros países que han pasado por aquí, reconocidos o en vías de serlo.
Cada par de meses, además, expone obra en la pequeña galería de Casa Tikal sin cobrar por ventas hechas y, junto con su pareja, Cisco Jiménez, ha creado un espacio que es parte inseparable de la vida cultural de la ciudad. La fortaleza de la pareja, como nodo de atracción y de encuentro, se une a su gastronomía. Artistas como Daniel Lezama, Ray Smith o Leonel Maciel son asiduos, y quienes llegan de visita a la eterna primavera no pueden evitar pasar por uno de sus restaurantes y ser alimentados al cobijo de obras de arte para tener una experiencia sinestésica.

En la colección, más allá de nombres y trayectorias, reconocimiento o lugar de residencia, lo que a Griselda le importa es el intercambio con las personas, ―ya sean sus comensales, o quienes pintan, tallan madera, hacen cerámica o video, imprimen en papel guarro o en amate― y, al hacerlo, generar comunidad.
Quiere abrir puertas no solo para las demás personas, sino para ella misma cada vez que la atrapa y cuestiona una obra, cada vez que percibe su esencia y decide sumarla a su colección, con la que ha ido creando un archivo vital de lo producido en esta parte del planeta, valorizando un cuerpo múltiple de vigorosas obras de arte. Su colección es, además, lúdica como ella. Rompe reglas y provoca. Va duro y a la cabeza y se muere de la risa.
Ahí están las mismas piezas de Cisco, a pie de barrio, el video tan pertinente en estos tiempos anti-prietos de Javier Ocampo, las arañas en pecera de Diana Tamez. A Griselda le gustan las obras que cuentan historias, así como lo exuberante y sensual, lo muy vivo, como los ambientes que crea a su alrededor, tal como lo sugiere el retrato que le hizo Javier de la Garza, rodeada de la iconografía que le es natural. Y, entre todo ello, pervive una espiritualidad que funge como conexión entre la tierra y el cielo, conectando con ese México profundo que nos la ha dado.
Tanto en las obras, como en el acto de coleccionarlas, existe un declarado rompimiento con el paradigma colonial/global del arte. Los procesos del arte son sutiles pero profundos, son reflejos de la realidad, pero también provocadores de ella. Esta colección es de arte culturalmente específico a México, a Morelos, a Cuernavaca, y por lo tanto universal. Un arte que conlleva en sí la memoria y la significación de una cultura particular y su lugar en el mundo, a sabiendas de que su especificidad no limita ni su valor ni su calidad estética ni su importancia, sino que su pura existencia es declaración de realidad y resistencia.
La coleccionista -de rosa- en medio de su colección y espectadores. Foto: Cortesía

