Alaíde Vences Estudillo*

La Colonia Emiliano Zapata de Jojutla no lleva ese nombre en vano, fue llamada así en memoria del líder insurrecto cuyo lema —la tierra es de quienes la trabajan— ha sido crucial en la lucha por la justicia y redistribución social para el campesinado. La colonia tiene una arraigada historia comunitaria ligada al campo que se reaviva año con año, el 3 de mayo, con su fiesta patronal de la Santa Cruz. Las fiestas patronales tienen una función importante en la gestión de la armonía comunitaria, en ellas se despliegan saberes cooperativos para darle un lugar simbólico a la vida en colectividad.

La Zapata fue fundada como parte del prometido reparto agrario. Sus primeros pobladores fueron jornaleros sin tierra, provenientes de Guerrero, que habían participado en la revolución. A través de un decreto publicado en 1925, el gobierno asignó un lote de 800 metros cuadrados a cada una de las familias fundadoras para que establecieran sus viviendas, además de una parcela de cultivo.

A través de la memoria oral que he registrado a partir de los testimonios de ancianas y ancianos de la localidad, ubico que en 1930 se trasladó a la colonia Zapata un grupo de avecindados asentados en el Momoxtle (palabra nahuatl que denomina un lugar sagrado o de culto, ubicado donde actualmente se localiza la secundaria Benito Juárez en Jojutla). Allá en el Momoxtle dentro del grueso tronco de un viejo guamúchil había incrustada una cruz de madera y cada 3 de Mayo celebraban fiestas en su honor. Estos vecinos trajeron a la Zapata la celebración de la Santa Cruz, una práctica ritual prehispánica mezclada con costumbres católicas. En esencia es un ritual para pedir buen temporal y bendecir la preparación del ciclo de siembra.

La cruz en la tradición mesoamericana simboliza las cuatro energías (Nahuiolin), que a su vez comprende un ciclo cósmico, en constante transformación y se manifiesta a través de los cuatro movimientos del sol en el horizonte (los solsticios de verano e invierno), los cuatro puntos cardinales y los cuatro elementos que mantienen la vida en el universo (la tierra, el agua, el aire y el fuego). En la religión católica la Cruz es símbolo de la muerte y resurrección de Cristo, lo que de cierta manera coincide con la mística mesoamericana sobre la periodicidad cíclica de la vida que se transforma, o sea, cambio e inicio de períodos constantes.

La fiesta de la Santa Cruz también ha ido transformándose por los cambios suscitados en el paisaje social, cultural y económico. Antes de que los habitantes de la colonia construyeran la capilla que lleva por nombre la Santa Cruz, la celebración del 3 de Mayo se realizaba dentro del amplio patio de la casa de doña Chona “La Arrocera”, así conocida por que vendía atole de arroz con leche. Ella se había traído la cruz del Momoxtle.

Construida la capilla de la Santa Cruz, alrededor de 1940, se instauró la misa del 3 de mayo, a la que acuden los ejidatarios y sus familias, así como otros avecindados a bendecir sus cruces, las cuales, al término de la ceremonia religiosa, llevan a sus solares como parte del ritual para pedir que haya buena siembra. La capilla de la Santa Cruz fue construida en terrenos donados por ejidatarios. La construcción duró casi una década, los vecinos organizaron bailes y kermeses para recolectar dinero.

Durante aproximadamente cuarenta años, la colonia Zapata fue Ayudantía Municipal. Los vecinos elegían en asamblea al Ayudante con sus respectivos comités como por ejemplo el de rondas de vigilancia, algo parecido a policía de barrio. Nombraban comités para servicios básicos y de la festividad del 3 de Mayo, día de la Santa Cruz en la que algunos vecinos colaboraban por convicción, como es el caso de los integrantes de la Danza de Tecuanes, en esta danza actuaban niños disfrazados de zopilotes. Destacaba el papel desempeñado por los esposos Natalia Guerrero y Ángel Cruz quienes con meses de anticipación preparaban la Danza de las Pastoras; ellos no solo enseñaban los pasos a las niñas, sino que también adornaban los bastones. Para la fiesta también se organizaba la Mojiganga que incluía una tortuga gigante de cabeza móvil y caparazón hecho de carrizo forrado con tela pintada, un torito (cajón con cola y cuernos reales), el diablo, la calaca y hombres disfrazados de mujer. En faena comunal, con madera, morillos y reatas aportados por mucha gente se levantaba el corral de toros donde hoy funciona el kínder y antes fue campo de futbol. Había Palo Ensebado y celebraban la danza de Moros y Cristianos. Era impresionante la capacidad autogestiva, las voluntades y el dinamismo que la organización de la fiesta requería.

No se sabe con exactitud cuándo a la celebración de la Santa Cruz se integró la Entrada de Flores, procesión que sale el 2 de mayo (en la víspera) de la iglesia de San Miguel Arcángel rumbo a la capilla de la Santa Cruz. Durante el recorrido los vecinos del barrio de las calaveras salen de sus casas a donar flores y velas a los peregrinos, como una forma de apoyo mutuo entre barrios. La procesión de barrio a barrio también unía a la colonia Zapata con el pueblo de Panchimalco, en la fiesta patronal de este. Don Fernando Flores, mejor conocido como “El Negro”, recuerda que cuando él era niño ya existía la Entrada de Flores y que antes los ejidatarios se cooperaban para cubrir los gastos: elaboración de una cruz a base de flores naturales y unas cruces hechas con flores de papel, banda de viento, cohetes. Siendo un adolescente, “El Negro” fue guardatierra y desde entonces asumió la tarea de organizar la Entrada de Flores y refiere que, con el paso de los años, cada vez son muy pocos los ejidatarios que cooperan y él asume buena parte de los gastos porque no quiere que la tradición desaparezca.

Entre muchos de los gestos comunitarios que conmueven y que tienen lugar en esta fiesta, resalta la labor de la familia Manjarrez, quien desde hace sesenta años reparte agua fresca afuera de la capilla a los peregrinos que llegan con la Entrada de Flores desde el barrio de las calaveras.

La nutrida participación vecinal que sostenía la fiesta fue desapareciendo, a partir de que la Zapata dejó de ser Ayudantía y paso a ser otra colonia más del municipio de Jojutla. Actualmente ya no hay tecuanes, pastoras, palo encabado ni danza de Moros y Cristianos. Todavía a mí me tocó siendo una niña ver las últimas veces que danzaron los tecuanes. En los últimos años, la Entrada de Flores ha sido cada vez más reducida, pocas personas acuden. La misa del 3 de mayo, la mojiganga y el baile al término de los festejos siguen siendo concurridos.

El 3 de mayo, a primera hora, cuando sale el sol, la banda de viento toca las tradicionales mañanitas en la capilla de la Santa Cruz de la Zapata. La misa se oficia a medio día y los ejidatarios llevan cruces para que el padre las bendiga. En una ocasión a un padre se le ocurrió cambiar para la tarde la misa porque él tenía un compromiso a medio día. Las vecinas encargadas del mantenimiento de la Capilla y organizadoras de la celebración no lo permitieron porque el cambio de horario iba en contra de la tradición de que al término de la misa los ejidatarios, sus familia y amistades llevan su respectiva cruz bendecida a su campo. Ese mismo padre regañó a la gente, durante la misa, diciéndoles que la cruz no merece rezos, que debían rezarle a Dios, que la cruz era solo una imagen que nos recordaba la crucifixión y el sacrificio de Dios por todos nosotros. Sin embargo, nadie le hizo caso, a la misa del 3 de mayo siguen llegando los ejidatarios y sus familias con sus cruces y le siguen rezando. Ese afán inquisitorio del padre me recordó a los monjes católicos que en la época de la colonia prohibieron a los indígenas adorar sus dioses. A más de 500 años, a los pueblos mestizos e indígenas, no se les ha podido arrebatar su cosmogonía. La fiesta de la Santa Cruz es una fiesta a la prosperidad, a la vida, en la que también se agradece lo recibido y se hace comunidad.

Hace tres años, al término de la misa llegó un grupo de chavos que bailan música K-pop. Presentaron varios números de baile. Al término de su presentación dijeron que su misión al bailar era crear espacios de esparcimiento para las juventudes y de esta manera prevenir o ayudar a que muchos chavos salgan de las adicciones. Ciertamente, en el barrio llevamos ya casi más de una década lidiando con problemas de drogadicción, jóvenes que desaparecen o terminan asesinados, un juvenicido que ha dejado heridas muy dolorosas para muchas las familias. Muy pocos son los jóvenes que participan como asistentes u organizadores de los festejos del 3 de mayo, lo que me genera angustia sobre el devenir de estos festejos en los siguientes años.

Tres años consecutivos he acompañado a don Frenando y a su familia a dejar la cruz al campo, después de la tradicional misa del 3 de mayo. Él construyó un nicho para la cruz, lo limpia y pinta cada año. Al llegar al nicho e instalar la cruz, se hace un rezo. El año anterior, Ino, una vecina que acompañó a don Fernando y a su familia, hizo el rezo. Recuerdo que don Fernando le pidió: “Ino, échate un rezo bien bonito, rézale bonito a la cruz, para que este año llueva y nos traiga buena cosecha, porque el año anterior perdimos mucha caña”. Este año, don Frenando contrató una banda de viento que nos acompañó hasta su solar y de su solar a la casa de su hija Mari, quien año con año prepara comida para celebrar con toda la familia. Muchas de las familias del barrio preparan comida para recibir a sus amigos y seres queridos, sacan mesas y sillas a la calle, algunos contratan luz y sonido, otros, como don Fernando, contrata banda de viento. Son momentos de gran regocijo, de encuentro y se comparte como ofrenda y en esa misma medida se espera que lo que se reciba sea una buena cosecha.

Mi vecina Pola, año con año, cada 3 de mayo pedía cooperación a los vecinos de la calle 20 de noviembre para pintar y adornar el nicho de la Santa Cruz del camellón y hacía una comida y para todo el que deseara y en especial a necesitados, llegaban teporochos y pobres del barrio. Falleció Pola y este año, Diana, su hija, preparó la comida. Pola fue una tejedora comunitaria extraordinaria, en su tienda fiaba a quien lo necesitaba, gran amiga y confidente, todo mundo llegaba a contarle sus penas, participaba activamente en las fiestas del barrio: las posadas, año nuevo o día del niño. Ella y mi tía Elena Camacho, tuvieron la idea de poner un nicho a la Santa Cruz en la esquina del camellón de nuestra calle, la 20 de noviembre. Un día Pola le dijo a mi prima Lety Gaffare que fuera la madrina del nicho y aceptó. Este año Lety mandó lavar y pintar el nicho y llevó la cruz a bendecir a la misa. Ese nicho es el sello que Pola dejó a sus vecinos, para recordarnos que se preocupaba por el bienestar de todos nosotros.

Aunque la dimensión del festejo ya no es igual que hace cincuenta años, el esfuerzo colectivo en la organización de cada una de las actividades, la misa, la entrada de flores, la mojiganga es sorprendente. Quienes participan en la organización lo hacen por amor a su terruño, sin esperar dinero a cambio. Nadie de los vecinos que participa de una u otra manera para la fiesta, espera ganar algo a cambio o para que le aplaudan. En tiempos electorales algunos políticos han querido aprovecharse y hacen contribuciones, pero para su infortunio, la gente le acepta, pero no les da el voto. Así como muchas tantas festividades comunitarias, la fiesta de la Santa Cruz, mientras se mantenga viva es reflejo de que lo comunitario, eso que nos vincula y que está anclado a nuestra tierra, sigue vivo.

*Doctorado en Paz y Conflictos por la Universidad de Manitoba, Canadá. Investigadora del Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social- Pacífico Sur.

Don Fernando, mejor conocido en la Zapata como el negro, organizador de la entrada de flores en los festejos de la Santa Cruz.

Nicho de la santa cruz en el solar de don Fernando.

Procesión de la entrada de flores, 2 de mayo del 2025.

Las cruces en la misa del 3 de mayo, capilla de la Santa Cruz de la Zapata

Mujeres de la familia Manjarrez, quienes año con año reparten agua al término de la entrada de flores.

Grupo de baile de K-pop

La Jornada Morelos