Durante el XV Congreso Nacional de la Asociación Mexicana de Estudios Rurales (AMER 2025), se presentó la ponencia “Sembrando Vida: avances y desafíos en la reorganización productiva de los sistemas agroforestales”, a cargo de las investigadoras Fleur Gouttefanjat, Estela Martínez Borrego, Janett Vallejo Román, Itzel Hernández Lara y Yoame Ramírez Ramos. El equipo, conformado por académicas con amplia experiencia en estudios rurales, compartió los resultados de una investigación profunda sobre los efectos del programa Sembrando Vida en comunidades campesinas del sureste del país. La investigadora Fleur Gouttefanjat, politóloga y colaboradora en La Jornada Morelos, ha seguido de cerca el programa desde una mirada crítica y comprometida, interesada en sus impactos sociales, territoriales y ambientales.

¿Qué es Sembrando vida?

Sembrando Vida es una política pública federal implementada desde 2019, cuyo objetivo central es combatir la pobreza rural y la degradación ambiental a través del trabajo directo con campesinas y campesinos. El programa promueve prácticas agroecológicas y de reforestación, apoyando con recursos económicos y asesoría técnica a quienes cultivan sus tierras. Pero más allá de sus metas productivas, Sembrando Vida ha servido como un punto de encuentro para repensar colectivamente el desarrollo rural. Para entender cómo se transforma la vida en comunidad a partir de este tipo de iniciativas, los estudios regionales desempeñan un papel clave: permiten acercarse al territorio, reconocer las particularidades locales y recuperar las voces de quienes viven el programa desde dentro.

La investigación realizada por el equipo se centró en cuatro estados emblemáticos: Chiapas, Tabasco, Veracruz y Guerrero. Estos territorios fueron elegidos no solo por haber sido de los primeros en donde se aplicó el programa, sino también porque ya existían relaciones de trabajo previas o trayectorias académicas que facilitaron el acceso a las comunidades.

Compartiendo experiencias

En cada sitio se analizaron las experiencias de las Comunidades de Aprendizaje Campesino (CAC), que son grupos organizados de sembradores donde se combina la producción con procesos de capacitación, toma de decisiones colectiva y organización comunitaria. Las investigadoras realizaron trabajo de campo, entrevistas, observación y recuperación de testimonios. “Fue un proceso lleno de desafíos, porque tuvimos que enfrentar incluso prejuicios sobre el proyecto, como si estuviéramos ideologizadas, cuando en realidad lo que queríamos era documentar lo que ahí estaba ocurriendo”, compartieron.

Entre los logros más visibles del programa, se encuentra el impulso a la economía solidaria a través de espacios como los mercaditos comunitarios, donde los productores venden directamente sus cosechas sin intermediarios. Esto ha permitido mejorar los ingresos familiares y fortalecer redes de intercambio entre comunidades. Además, los CAC han funcionado como espacios donde se recuperan saberes tradicionales y se generan formas de organización que permiten mantener acuerdos, como el control colectivo de precios: “El que rompe el acuerdo va para afuera”, comentaron, explicando que en varios casos los propios sembradores decidieron excluir a quienes buscaban aprovecharse de la colectividad.

Otro acierto fue visibilizar el rol de las mujeres dentro de estas estructuras. Muchas de ellas llegaron al programa por herencia o por concesión, pero su participación ha sido clave. Hoy lideran viveros, coordinan jornadas de producción y sostienen varias de las tareas fundamentales del campo y el hogar. “Ahora no son tres jornadas, son cuatro o cinco”, mencionaron, destacando la carga, pero también la agencia que han tomado en sus comunidades.

En cuanto a las implicaciones sociales, el estudio reveló que Sembrando Vida ha contribuido a reconstruir el tejido comunitario en zonas que arrastraban tensiones históricas. En regiones con conflictos previos, el programa logró abrir espacios de diálogo, cooperación y reconciliación. Faenas comunitarias, limpiezas y aportaciones económicas voluntarias han permitido que incluso quienes no forman parte directa del programa se vean beneficiados. Sin embargo, también se enfrentaron a limitaciones estructurales: resistencias institucionales, burocracia, estigmatización de las investigaciones académicas y diferencias en la aplicación del programa según las regiones. Además, como señalaron las investigadoras, “hay jerarquías que se replican y otras que se transforman”, lo que implica una constante negociación de roles, poder y responsabilidades dentro de los grupos de trabajo.

Finalmente, las investigadoras subrayaron la importancia de que existan políticas integrales como Sembrando Vida, que no solo se enfoquen en producir, sino que impulsen procesos organizativos, generen autonomía y fortalezcan la vida en comunidad. “Este no es solo un programa productivo ni económico. Es un proyecto social, profundamente político en el mejor sentido: pone en el centro a las personas, sus vínculos, sus decisiones y sus saberes”. En un país donde el campo ha sido históricamente marginado, experiencias como esta nos recuerdan que sembrar vida también es sembrar futuro, dignidad y organización colectiva.

Las investigadoras Fleur Gouttefanjat, Estela Martínez Borrego, Janett Vallejo Román, Itzel Hernández Lara y Yoame Ramírez Ramos presentaron en el XV Congreso Nacional de la AMER los avances y desafíos del programa Sembrando Vida, destacando su impacto social, económico y organizativo en comunidades campesinas del sureste mexicano.

Un grupo de personas posando para una foto en un pared

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Jazmin Aguilar