

Claudia Hernández del Valle-Arizpe fue mi compañera en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM mientras cursamos la Licenciatura en Letras Hispánicas y disfrutamos de maestros extraordinarios como Salvador Elizondo, Juan José Arreola, Margarita Peña, Eugenia Revueltas y, entre otros, Huberto Batis. Éste último nos arrojó a mediados de los años 80´s a las páginas del suplemento Sábado y las del diario Unomásuno para ver si naufragábamos o sobrevivíamos a las aterradoras sesiones de corrección de estilo que hacía de nuestras endebles cuartillas hasta dejarlas como un Frankenstein tachonado. A Claudia siempre le fue mejor, la poeta ya estaba instalada y la crueldad hubertina (su piadoso sadismo que nos obligó a aprender) se rendía ante la incipiente escritora. Para sus compañeros, amén de ser heredera de su tío abuelo el escritor Artemio del Valle-Arizpe, también era la hija del señor gobernador de Hidalgo, casado con la actriz que hiciera famosa Buñuel. Sin embargo, a ella los títulos de su parentela no le inflaban el ego en absoluto. Siempre sencilla, hermosa y levemente etérea por la ligereza instalada en su cuerpo por los años el estudio de ballet.
Después de una veintena de libros de poesía (y cocina) y de premios como el Efraín Huerta (1997), el Jaime Sabines (2010) y, entre otros, el Sor Juana Inés de la Cruz del Bicentenario (2016), a fines de 2024 ha visto la luz su primera novela: Como gato mirando un pájaro, en Editorial Trajín que dirige exitosamente el querido Arturo Texcahua, también compañero de banca de Filosofía y Letras. Y si comencé esta nota con elementos memoriosos es porque la novela se inscribe en la corriente que Serge Doubrovsky instalara como posibilidad narrativa en 1977: la autoficción. Subgénero con un pie entre la autobiografía y otro pie en la ficción, en él se instaura un nuevo “pacto” con el lector, poniendo en jaque los pactos tradicionales.
En la autobiografía, el receptor transita las páginas con la certeza de que todo aquello que contienen éstas es verídico y comprobable y que quien narra es plenamente fiable y comprometido con la certeza de los hechos. El narrador, pues, asume contarse desde una sinceridad que el lector, en principio, no tiene ni la mínima tentación de poner en duda. A menos, claro, que sea un personaje demasiado conocido y controvertido que puede ser contrastado por otras biografías, artículos o leyendas negras. En cambio, en la ficción, el pacto es otro pues el escritor se escinde del narrador (omnisciente, testigo o protagonista) y el lector asume que, si bien puede tener rasgos afines o citas del autor, está en el territorio de lo no verídico o de la imaginación. En la autoficción, en cambio, el pacto se torna ambiguo, equívoco, pues quien narra es el autor que no está dispuesto o juega con no decir toda la verdad para que el lector-receptor haga sus apuestas sobre qué cosas sí pasaron en realidad y cuales no.
Confieso que, a pesar de haberle seguido la pista a la vida de Claudia Hernández del Valle-Arizpe muy de lejos luego de abandonar los estudios literarios, el conocer parte de su biografía me convierte en un lector más que interesado por desvelar ese doble juego -o lectura del pacto ambiguo- que nos plantea la estupenda novela Como gato mirando a un pájaro. La autora no se conforma con el mecanismo elegido de la autoficción sino que, amén de jugar con escenarios múltiples (Alemania, Francia, Bélgica, China, República Dominicana, Brasil, Panamá, Michoacán, Ciudad de México, Yucatán, etcétera), los juegos con el tiempo son fantásticos y exigen al navegante de sus páginas a una lectura atenta para no sólo no perderse en las analepsis y las prolepsis (flashback y flashforward) sino que lo somete a un importante ejercicio de restitución de la historia en términos de cronología. Y, como pide Umberto Eco en Seis paseos por los bosques narrativos, Claudia Hernández nos invita a que rellenemos los espacios en blanco que deja deliberadamente como novelista.
Las narraciones de Beatriz (Claudia) con su esposo Iván y su decadente padre Favio se van entrecruzando para desvelarnos además una historia donde las similitudes y diferencias entre México y Dominicana con otros países se vuelven un comparativo recurrente mientras asistimos a la caída en la demencia del gran patriarca que perteneció al priísmo de los años 1960 al 2000, antes de su colapso. Es también una gran reflexión sobre la demencia, la vejez y la indefensión de quien saboreo y poseyó el poder; ese Favio de excesos que terminará pagando la factura con la lucidez ausente.
“La conducta del loco, querámoslo o no, nos revela algo de nosotros mismos. El loco descubre las verdades que apenas vislumbra el que responde a los cánones sociales. Y las otras preguntas: ¿Es más feliz el demente? ¿O es, por lo menos, más libre? Y la respuesta empírica: si no está consciente de su condición, tampoco está consciente de su <libertad>. […] Eso será cuando dejes atrás la fase inicial de tu demencia y te acoja de lleno el mundo horrible de la inconsciencia, de esas fases intermedia y avanzada en las que el bien y el mal ni entran”, piensa Beatriz de ese su padre violento que además fue también violentado por un padre violento. De ese padre que es capaz de perderse en los pasillos archisabidos de la sede del ex partido en el poder, de ese PRI de antaño que podía transitar en sus momentos de gloria con los ojos cerrados y ahora lo confunden en este su invierno del patriarca.

Novela imperdible de Claudia Hernández del Valle-Arizpe que pueden conseguir bajo el sello de la pujante editorial Trajín tanto en librerías como por internet.


