

La 4T y el gobierno de Morelos, han apostado en este sexenio por la calidad de la educación, incluso mencionan la excelencia como uno de sus objetivos educativos. Eso es imposible de lograr, si al contratar al profesorado, domina el criterio de amiguismo, nepotismo, o clientelar, del sindicato correspondiente, justo lo que ha sucedido en los últimos diez años en esa universidad, a partir de la imposición del maestro Aroldo Aguirre.
Dejémoslo claro de una vez, su designación no pasó por una convocatoria, o por una votación, no hubo calificación de mayoría en su favor y contra lo pactado desde la base académica de la UPN Morelos en el año 2000, en el sentido de que los directores duraran en el cargo sólo tres años, el último produjo un cacicazgo, al durar diez años por lo menos, con el silencio cómplice de quienes ahora “claman por la democracia, por una convocatoria y por una decisión de mayoría”.
Quien pretenda entrar de base el profesorado en cualquier nivel, debiera hacerlo por la puerta grande de la dignidad, por el concurso de oposición, no por la puerta trasera de componendas, del amiguismo, compadrazgo, nepotismo o clientelismo. Incluso semestre a semestre, aunque no haya concurso de oposición, las instituciones del nivel superior han creado el concurso de méritos, un recurso para el ingreso temporal de profesoras/es, por méritos, hasta con vigilancia externa de cumplimiento de los requisitos de calidad más estrictos para los tiempos que corren. Nada de eso se produjo en los últimos diez años, todo lo contrario: secrecía, cesión al sindicato y sobre todo a administrativos de puestos académicos, como las peores prácticas del normalismo de antaño, con la “herencia de las plazas”. ¿Quiénes pierden con esas pésimas prácticas, reprobables?, ¡las y los estudiantes! ¡Morelos!, ¡el país!, al no permitir sino impedir, la mejora institucional, del estudiantado, dejando a las instituciones educativas en manos de quienes no han probado merecerlo, pero sí están listos para arrebatar los puestos disponibles o vacantes.
Cuando uno entra al servicio público académico, hace un compromiso con la verdad, con la práctica del conocimiento científico y, por lo tanto, con la honestidad intelectual. Acabo de escuchar a tres académicos(as) expresar una mentira gigante, al afirmar que desde el 2000 la designación de quién dirige la UPN ha sido democrática. Lo hicieron participantes en una conferencia de prensa que circula en las redes. Eso es totalmente falso: durante los últimos diez años: a) no hubo convocatoria para esa designación; b) no hubo elección; c) no hubo terna; d) hubo sí el silencio cómplice de quienes, con ayuda de la delegación sindical, se hicieron de plazas académicas sin un proceso abierto de méritos o de concurso abierto, porque les convenía el silencio para tal distribución; en esos años no les convenía la democracia.
Pero ahora quienes no tienen a un director a modo, para negociar esa distribución de las plazas académicas, se les ocurre “llamar a la democracia”, cuando la pisotearon por diez años, por lo menos.
¿Está más claro por qué se movilizan y paran la UPN Morelos algunos miembros del personal académico y administrativo? Y ¿por qué sella la dirección de esa universidad la delegación sindical como si tuviera vela en el entierro? ¿Desde cuándo las normas educativas de UPN Morelos dan al sindicato, sea delegación o sección, esa atribución? Es una aberración que eso ocurra, está envalentonada esa delegación, metiéndose en asuntos de gobierno, faltando a las normas aplicables, conducta que debe sancionarse, junto con el nepotismo y el clientelismo que le dan vida y espacio.

Los estudiantes no se han creído el cuento de los paristas, saben y han vivido daños en estos últimos años, desatención a sus legítimas demandas y denuncias de acoso. Tienen toda la razón para hacer valer su voz y reclamar un mejor servicio, y por supuesto, mejor profesorado. De eso se trata. Es un derecho también de la ciudadanía en extenso, de infantes y jóvenes también interesados en su mejora educativa.


