
Editorial
Más que la añorante nostalgia de una época no tan lejana, el recuerdo que la gente de Cuernavaca tiene de la convivencia con sus barrancas remite a paseos ribereños entre amates, pochotes, ahuehuetes, fresnos, hongos, cacomixtles, tlacuaches, ardillas, pájaros reloj, carpinteros, tecolotes, iguanas, cangrejitos barranqueños, y otras especies de flora y fauna de las más de 600 que han sido registradas en los pequeños acantilados que son parte de la geografía y la identidad de la ciudad.
Se trata de una biodiversidad privilegiada en las más de 50 barrancas que suman hasta 140 kilómetros de un complejo sistema que se extiende hasta Jiutepec en el sur oriente y a Xochicalco en el sur poniente, y que resulta fundamental para el equilibrio ecológico, la regulación del clima, la captación de aguas pluviales, y también el recreo y esparcimiento de las comunidades.
Pero la acción del ser humano ha sido especialmente dañina también en el caso de las barrancas de Cuernavaca, contaminadas por cientos de descargas pluviales, tiraderos informales de basura, invasiones urbanas y otras formas de depredación que han contribuido a disminuir la influencia positiva que el sistema de barrancas tuvo para la historia y la vida en la región.
Durante muchos años se habló de la urgencia de rescatar las barrancas de Cuernavaca y la región y debe reconocerse que algunas administraciones municipales hicieron lo poco que estuvo en sus manos para frenar la depredación en forma de campañas de limpieza de los acantilados y restricciones para el crecimiento de la mancha urbana cerca de las depresiones geográficas. Los esfuerzos fueron limitados por las capacidades jurídicas, políticas y económicas de los ayuntamientos, y también por la corrupción que parte la sociedad y parte el funcionariado practicaron y que generó una contaminación ya insostenible.
Por primera vez en décadas, la gubernatura de Morelos, ahora a cargo de Margarita González Saravia, ha decidido tener buena relación con el ayuntamiento de Cuernavaca, a cargo de José Luis Urióstegui Salgado. Más allá de la simpatía y buena relación entre ambos ha sido evidente la voluntad del Ejecutivo por desarrollar políticas públicas en conjunto con la capital del estado y a favor de sus habitantes. El respaldo ha sido evidente en materia económica, turística, agropecuaria, política, de infraestructura y ahora también ambiental.

Debe verse con optimismo el convenio que el gobierno estatal y el ayuntamiento de la ciudad han firmado con el fin de proteger las barrancas de la ciudad porque no solo es una traza de buenas intenciones. El documento incluye intervenciones específicas en Chalchihuapan, Amanalco y Chapultepec; la rehabilitación de las plantas de tratamiento de aguas residuales ubicadas en Ahuatlán, Lázaro Cárdenas y Arboleda Chipitlán, que alcanzarán capacidades de hasta 2.6 millones de litros diarios en la primera de ellas y la restauración de Puente Blanco, Barranca Seca y las barrancas ubicadas en el centro de la ciudad.
También se contempla el monitoreo de fauna silvestre, programas de educación ambiental, plataformas digitales informativas, en coordinación con la Facultad de Ciencias Biológicas de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos.
El aterrizaje del proyecto de rescate depende de las instituciones involucradas, gobierno de Morelos, ayuntamiento de Cuernavaca y UAEM; pero nadie debe perder de vista que la remediación y conservación de las barrancas corresponde a todos los habitantes y visitantes de la región obligados por civismo, decencia, nivel de vida y hasta supervivencia, a convertir su relación con la naturaleza en una de cohabitación y nunca más de explotación ni subordinación. En eso nos va la vida.

