
El principio de un viaje contado desde su final. Primera parte de la celebración de un cumpleaños
Como espero que recuerden, tenía prometido relatar este viaje de atrás para adelante, es decir, empezando con la crónica de los últimos días en Francia hasta esta entrega que dará cuenta de sus inicios.
Estas increíbles travesías que terminaron en París comenzaron la tarde de un sábado 14 de septiembre con la llegada a Madrid. Me encontré con Laura en el hotel, pues ella había llegado en un vuelo anterior ese mismo día. Lo primero que deseaba era ir en busca de alguna taberna con sabor madrileño y el hoster del hotel nos recomendó una que quedaba cerca. Después de caminar unas cuadras llegamos a la taberna en cuya calle, sobre la banqueta, se había montado un mercadillo ambulante y sabatino que ofrecía libros, pinturas, fotografías y algunas artesanías y donde lo interesante era que los artistas eran los mismos que vendían sus obras. Conversé con dos escritores a quienes les compré sus libros —uno de éstos titulado Callejeando por Madrid y que merece una reseña próxima—. Con ese gusto me recibió la ciudad.
El domingo 15 de septiembre Laura tenía preparada una comida para celebrar mi cumpleaños, planeada cuatro meses antes desde México. El lugar seleccionado, los invitados y el menú no podían haber sido mejores, fue una trifecta perfecta, como se dice en las carreras de caballos.
Esa mañana, mientras comía un bocadillo de lomo ibérico y bebía una caña, intentaba escribir las palabras que iba a decir en la celebración de mi cumpleaños 75 a la hora de los brindis. Para inspirarme me senté en la Cervecería Santa Bárbara, en la mesa donde a principios del siglo pasado bebía sus vasos de cerveza Pérez Galdós. Frente a la fotografía que daba cuenta de cuando el escritor pedía su bebida, terminé mi breve pero no improvisado texto y me fui al hotel donde Laura ya estaba lista para dirigirnos a la Casa de Campo.

En el restaurante El Urogallo, a la orilla del lago de la Casa de Campo de Madrid, un grupo de entrañables amigos bebimos, comimos y, sobre todo, reímos. En las dos largas mesas dispuestas estuvieron junto al homenajeado Fabrice y Mariana, que vinieron desde París para esta fiesta; Rogelio Olmedo quien lo hizo de no tan lejos, pero sí de una isla, llegó con su inconfundible sonrisa desde Palma de Mallorca; Maribel vino de su casa de Torrelodones, que varias veces se ha vuelto la mía cuando la he visitado; el poeta Miguel Sánchez, Diego Cordera y Rocío arribaron de las lejanías madrileñas del municipio de Tres Cantos. Los demás invitados no recorrieron tanto para llegar: mi sobrina Gisela y su marido Raúl —quien es fanático del Real Madrid, aunque es de origen andaluz— y su hija Sofi, que viven en Barrio de Vicálvaro; Alberto Agudo llegó andando por sólo cinco minutos desde Pozuelo, pero no desde cualquier sitio, sino desde la calle donde vive la cual lleva por nombre Picasso. Los otros tres invitados, Marta Cebollada, Úrsula y Pau Costa, llegaron en su auto desde la Plaza de Conde Casal, de los rumbos del Pacífico-Retiro.
El menú y los regalos recibidos no pueden faltar en esta nota de sociales que reseña el banquete de un biólogo y bailarín tropical. De entrantes se sirvió ensaladilla rusa, calamarcitos a la andaluza y ensalada de tomate pelado con ventresca y cebolla; de plato principal, a elegir, el tradicional cachopo asturiano o merluza a la gallega. Los vinos tintos eran uno de la Rioja Alta, otro de la Ribera del Duero y el blanco fue un Rueda Verdejo. Por supuesto, hubo ginebra, whisky, ron y vermut a la libre disposición de los comensales.
Los regalos los repartía nuestra pequeña sobrina-nieta Sofi, después de la tarta de queso y el hojaldre relleno de queso y nata que fueron los postres. Estos presentes fueron unas viandas de delicatessen para comer y beber. Algunas de tales conservas fueron traídas hasta México y aún reposan en los estantes de la despensa de Cuernavaca; entre otras delicias, unos berberechos, almejas, mejillones, pulpo en aceite de oliva, un frasco de rabo de toro preparado al vino y también viajaron algunas variedades de aceitunas. Los licores y vinos obsequiados no llegaron tan lejos, ya que fueron compartidos por esos días en otras fiestas.
También fueron recibidos varios libros, entre estos uno de Robert Capa, que contiene decenas de impresionantes placas tomadas por ese gran fotógrafo y corresponsal de guerra; una bufanda de mi equipo, el Atlético de Madrid, que me dio Diego Cordera, un colchonero de corazón; Alberto y el poeta Miguel Sánchez me obsequiaron un increíble estuche colgante de piel para mi iPad, que lleva grabada una discreta placa metálica con mi sobrenombre, “El Biólogo” Hernández —ese estuche tan fino no lo uso en las calles de la Ciudad de México, no vayan a creer que soy rico—. Y la persona más madrileña de todas, Maribel Suárez, me hizo ponerme durante toda la fiesta su regalo, una cachucha de tela de las que usan los hombres para bailar en las verbenas de Madrid, sobre todo, en las fiestas de San Isidro, llamada gorra de chulapo o de pichi. Vale decir que todos y cada uno de estos grandes amigos han pasado lista de presente en mis Andanzas, Travesías y no pocas veces en mis Vagancias.
Al día siguiente de esa gran fiesta, el lunes, combatimos ahora sí los efectos del jet lag con la búsqueda de una de las promesas de este viaje. El barrio de Chueca quedaba cerca del hotel, así que pasando su plaza principal encontré en la calle Libertad núm. 16 lo que buscaba, la Taberna La Carmencita, fundada en 1884 y en la cual “se inspiraron, por sus guisos, nuestros mejores poetas”, como nos dice Carlos Osorio en su espléndido libro, ya comentado en textos anteriores, Tabernas y tapas en Madrid de la editorial La Librería. Esa tarde esperamos hasta podernos sentar en una de las mesas donde los miembros de la Generación del 27 comían los guisos preparados por Carmencita. Ahí estuvieron Federico García Lorca, Pablo Neruda, Rafael Alberti y Miguel Hernández quien se sentaba a escribir en una mesa que hasta ahora permanece junto a la puerta, es decir, la misma que ocupamos Laura y yo esa tarde.
Al día siguiente las fiestas de mi cumpleaños no acababan. El cariño que nos tienen los padres de Marta Cebollada provocó que llegaran desde Zaragoza para invitarnos a una comida. El lugar de la cita no podía tener mejor nombre, el restaurante se llama La Vinatera. Me fue fácil llegar puesto que queda a sólo unas cuadras de la Plaza Conde Casal, lugar por donde he andado muchas veces. Ya en la mesa, el primer plato fueron unos torreznos de Soria, esa delicia de panceta o tocino adobado que se fríe hasta que la piel queda crujiente; más tarde, de plato fuerte, tostado en una parrilla, un chuletón de vaca reposado por 40 días, según leí en el menú. Estuvimos gozando esta convivencia Emilia y Fernando, padres de Marta y abuelos de Julia y María, además nos acompañaron Úrsula y su hija Camila; a esta reunión llegó otro amigo de siempre, el querido Santos Ruesga quien, como un acto de contrición por haber faltado a la fiesta del domingo al confundir la fecha, me trajo de regalo la novela Ordesa del narrador y poeta catalán Manuel Vilas.
Para terminar el día, después de la comida, hicimos una caminata por el barrio a fin de conocer la casa de Marta en donde planeamos los festejos del día siguiente, que era el mero día de mi cumpleaños. Los invito a ese recorrido en la próxima entrega.
*Bailarín tropical, apasionado de viajes, bares y cantinas, que desea que estas Vagancias semanales sean una bocanada de oxígeno, un remanso divertido de la cotidianidad.


