De las tragedias, siempre surge lo mejor y lo peor de la condición humana. La historia nacional y regional puede dar cuenta de incontables acontecimientos que nos llenan de orgullo, pero a su vez, también no están exentas las páginas de vergüenza. El lamentable suceso en torno al Buque Escuela ARM Cuauhtémoc en Nueva York no es la excepción y sin temor a exagerar puede ser el más grave accidente de la Armada de México en tiempos de paz. Por un lado, se han visto manifestaciones de solidaridad y de orgullo nacional ante la muerte de dos jóvenes miembros de la dotación del buque, así como el deseo de pronta recuperación para los heridos y la reparación de los daños a la embarcación. Existe también un sentimiento de pena por el daño que pueda recibir la imagen institucional de México ante el funesto acontecimiento.

Pero también han surgido los desafortunados comentarios festinando la tragedia, quienes han politizado lo ocurrido para sacar raja en su propio beneficio, así como las bromas y burlas francamente inaceptables, de igual forma, fue un insulto para todos los mexicanos ver previo al incidente, a los adeptos de Lenia Batres, haciendo un burdo proselitismo a favor de la mal denominada “Ministra del pueblo” en la cubierta del velero. Las causas del accidente están aún por determinarse, ello corresponderá a los peritos, expertos de la Marina mexicana e internacionales. De existir alguna conducta que perseguir, quienes resulten responsables deberán ser sancionados.

Pero ante la tragedia, queda también hacernos grandes, y tener presente el prestigio y el honor de la Armada de México como una de las instituciones más antiguas y queridas en nuestro país. El grado de adiestramiento y profesionalización de los marinos de guerra es muy destacado y a la par de garantizar la soberanía en el mar territorial y litorales nacionales, también sobresalen auxiliando a la población con el “Plan Marina” y combatiendo al crimen organizado, no en vano el propio sábado en Michoacán, la Infantería de Marina abatió y desarticuló a una numerosa columna de sicarios. Los marinos en suma, honran con creces su lema de servir a México: “en el mar, en el aire, en la tierra”

Pero no se puede entender a la Secretaría de Marina-Armada de México, sin tomar en consideración su trayectoria histórica, así como a la columna que representa el Sistema Educativo Naval, crisol de la juventud naval mexicana. A la naciente Armada de México, le correspondió la gloria de consumar en definitiva la independencia nacional, al tomar San Juan de Ulúa el 23 de noviembre de 1825, la escuadrilla que lo hizo estuvo al mando del Capitán Pedro Sainz de Baranda, coincidentemente padre del general Pedro Baranda, primer gobernador de Morelos en 1869.

En 1823 nació la educación militar en México, con la fundación de la Academia de Cadetes y de manera inmediata el Colegio Militar. En un principio los cadetes navales se formaron junto con sus pares del Ejército. En 1824, cuando el Colegio Militar estuvo en Perote, se comisionó a los primeros cadetes de la Armada para instruirse navalmente en Tlacotalpan. De cualquier forma, los cadetes navales continuaron en el Colegio Militar hasta 1897, cuando Don Porfirio ordenó por decreto la creación de la Escuela Naval Militar, el general Díaz también creó las Escuelas Náuticas para formación de marinos mercantes. Como testimonio del paso de los marinos por el Colegio Militar, hasta 1897, el escudo del heroico plantel contó con un ancla marinera al centro del cestón de artillería.

La revolución primordialmente se desarrolló en tierra, pero esto no evitó la participación de destacados marinos como Adolfo Bassó y los Rodríguez Malpica. Sin embargo, la página de mayor gloria para la Armada de México, la representa la defensa de la Escuela Naval Militar el 21 de abril de 1914, cuando los jóvenes cadetes plantaron cara a los invasores, cayeron ahí el Teniente José Azueta y el Cadete Virgilio Uribe, quienes hoy comparten el mismo sitio de honor que los Héroes de Chapultepec.

A partir de 1952, la Heroica Escuela Naval Militar se mudó a las magníficas instalaciones en Antón Lizardo, el viejo edificio en Veracruz es hoy un soberbio museo naval. La Heroica Escuela Naval Militar, tiene como misión formar con excelencia a los oficiales y futuros comandantes de la Armada, los cadetes concluyen sus estudios precisamente con las prácticas en el Cuauhtémoc. Sin temor a exagerar, el legado histórico de dos siglos y el espíritu de los jóvenes hombres y mujeres que forman la juventud naval mexicana, serán los buenos vientos que sabrán llevar a la Armada de México, a buen puerto tras la tormenta del sábado pasado.

*Escritor y cronista morelense.

Roberto Abe Camil