

El conservadurismo nacional
Ver al pasado es igual o más importante que ver al futuro. Este no es un pensamiento de almas nostálgicas que esconden su temor a confrontar la cruda realidad del presente, o que son incapaces de generar escenarios futuros deseables como caminos de salida del inasible e instantáneo presente.
Ver al pasado es hacer y conocer la Historia. Los motivos para ello son esenciales para una existencia humana digna de ser vivida. Marco Tulio Cicerón (106 a.C. – 43 a.C.), filósofo, escritor y orador romano, formuló según unos, e inspiró según otros, la famosa frase de que “la Historia es la maestra de la vida”, en su obra De Oratore, escrita en el siglo primero de nuestra era. Su idea central es que la Historia es una fuente de experiencias, de conocimientos, y de sabiduría. Nos muestra lo más sublime de la condición humana, pero también lo más detestable. Es una radiografía de la sociedad en todas sus épocas, gracias a la cual constatamos que el ser humano ha sido siempre el mismo, y lo que cambia son las escenografías.
Esta introducción es a propósito de la necesidad de recordar acontecimientos pasados y entenderlos a la luz del presente. En ese sentido un día 19 de mayo como hoy, pero del año 1822, Agustín Cosme Damián de Iturbide y Arámburu (1783-1824), militar y político criollo nacido en Valladolid, ahora Morelia, es proclamado por un grupo de mexicanos como “emperador constitucional del Imperio Mexicano”, bajo el nombre de Agustín I.
Hay que recordar que México fue el único país que adoptó, aunque de manera efímera, el régimen monárquico, una vez decretada su independencia de España. En efecto, contra el sentir de muchos republicanos independentistas, el primer imperio mexicano corrió desde 1821, con la firma de los Tratados de Córdoba, hasta el año 1823, en que se proclamó el Plan de Casa Mata, y la instauración de la República Federal de los Estados Unidos Mexicanos, formalizada en 1824, con la firma del Acta Constitutiva de la Federación, y la promulgación de la primera Constitución Federal.
La suerte del primer emperador mexicano se consumó con su abdicación en marzo de 1823, su exilio a España, y su retorno a México a inicios del año siguiente. Fue aprehendido al desembarcar en Soto la Marina, Tamaulipas, y fusilado pocos días después, en razón de un decreto en su contra que lo declaraba “traidor y fuera de la ley”.

Este capítulo de la historia mexicana bien puede quedar sólo recordado como una serie de hechos, con las respectivas anécdotas que los rodean, o bien como un retablo que nos permite analizar los múltiples detalles que lo componen y estructuran. Señalemos alguno de ellos, relevantes a la luz de la actualidad:
El debate por el modelo de gobierno: después del fallido primer imperio, nos constituimos como república federal (1824), posteriormente, cambiamos a república centralista durante un corto periodo (1835-1846). En eso estábamos, cuando se constituyó el segundo imperio mexicano (1864-1867), y finamente se dio el movimiento juarista de restauración de la República. De esta forma, llevamos 158 años continuos constituidos formalmente como una república federal; sin embargo, en los hechos, operamos como una república centralista, en donde el Poder Ejecutivo Federal sigue siendo el referente en el actuar gubernamental. Es de señalar que, en ese entonces, los defensores del centralismo eran los conservadores, conformados por el alto clero, los militares, los comerciantes, y los terratenientes, ya que consideraban que la modalidad de república centralista favorecía más la defensa de sus fortunas acumuladas y sus privilegios adquiridos. ¿Ha cambiado acaso el pensamiento conservador actual en sus preferencias de modelo de gobierno? Creo que no.
A esta ambigüedad sobre la formalidad y la realidad del modelo republicano en nuestro ser nacional, se ha de añadir las contradicciones del sistema electoral, cuyos resultados del 2024 dan pie a que la patética y desfigurada actual oposición política partidista de México señale que nuestro país está en proceso de convertirse en una dictadura de corte socialista. Lo sustentan en el hecho en que el partido político que ganó prácticamente todo el Poder Ejecutivo y el Poder Legislativo federal y estatal privilegie y ponga en práctica la plataforma electoral que los electores aceptaron con su voto. De no ser así, entonces ¿cuál es entonces el sentido de la competencia electoral? Dicha oposición llega al absurdo de señalar que el voto mayoritario es antidemocrático.
El conservadurismo político es más una postura de defensa de los propios intereses y prerrogativas personales y grupales, que una visión de cómo debe organizarse una sociedad para que se procure el bienestar de todos sus habitantes. Ese conservadurismo es en esencia el mismo ahora, que el del siglo XIX.
La llamada cuarta transformación que conduce el gobierno actual es un anhelo de justicia social y soberanía, pero dista mucho de estar creando las condiciones objetivas para que eso realmente suceda. El modelo económico actual sigue siendo en esencia conservador, aunque con algunos retoques, y, por consiguiente, el modelo político está aún lleno de ambigüedades y contradicciones.
Falta mucha reflexión y diálogo nacional sobre el tipo de país que queremos ser, a la luz de las actuales transformaciones mundiales. Por ejemplo, ¿qué están haciendo las universidades, sobre todo las públicas, en este sentido? La impresión es que duermen, con lo cual hacen irrelevante la educación que ofrecen; y ya ni se diga, el inexplicable miedo que el gobierno le tiene a los concesionarios privados de los medios electrónicos de comunicación, cuyo papel está siendo el sabotear el quehacer del propio gobierno, hacer dinero como pueden, y no el de servir a la verdad y a la sociedad. La transformación de México está aún muy lejana.
*Interesado en temas de construcción de ciudadanía.

Imagen cortesía del autor

